Archivo | febrero 2007

Cavilación automotriz

En esta semana se llevó a cabo en Bogotá la novena jornada del “día sin carro”, que se realiza el primer jueves de febrero y que fue aprobada por los habitantes de la ciudad en la consulta popular de 2000. Durante esta día no pueden circular autos particulares por la ciudad durante 14 horas aproximadamente. El objetivo fundamental de la jornada es hacer que las personas tomen conciencia de las ventajas ecológicas, sociales, económicas y cívicas que tiene usar el transporte público o los medios alternativos de transporte. Sin embargo, la jornada que fue un espacio festivo y reflexivo en sus primeras versiones, ha pasado a ser un día más dentro del año que genera serias reflexiones acerca de la movilidad en la Capital del país.

  1. El nombre del “día sin carro” está desgastado y fuera de contexto, se debería llamar el “día del taxi” o el “yellow day” –de paso se puede convertir en atractivo turístico- por la mancha amarilla que se ve por cualquier avenida de la ciudad. Es evidente la sobreoferta de taxis en la ciudad, ya sea por la piratería o por la voracidad de las empresas de taxis que sólo ven en cada carro el dinero del cupo, que puede ser de seis a diez millos de pesos según la empresa, sin que les importe la movilidad de los demás taxis.
    Aunque en las troncales de Transmilenio el pecho se henchía de orgullo al ver en las esquinas la bandera de Bogotá en sus tonalidades rojo Trasmilleno y amarillo 1111111.
  2. Quienes defienden las ventajas ecológicas que tiene esta jornada deberían estar más atentos al cielo que a los reportes de las máquinas y el papel. El fantasma contaminante que descansa sobre la ciudad, que en otras latitudes se conoce como smog, no se vio afectado por la ausencia de carros particulares. De poco sirve promover el transporte público si andan por la calles sendas fumarolas atestadas de personas con las caras largas desde la mañana; más si se tiene en cuenta que el 75% de la población de la ciudad utiliza el transporte público, mientras que el 19% lo hace en sus vehículos particulares.
  3. El transporte público en un falso eufemismo en la ciudad, porque las empresas están en manos privadas que se comportan como mafias. Es un servicio ineficiente, desordenado, sucio, contaminante y peligroso por la precariedad de las condiciones mecánicas de muchas de esas antigüedades, que cobijados en la mampara de la “repotenciación” violan la ley y ponen en peligro la vida de los pasajeros. Muchos de los accidentes que involucran buses, busetas y colectivos se presentan por fallas mecánicas.
  4. Transmilenio funciona a tope todos los días, incluso los fines de semana, sólo reporta un incremento del 3% con respecto al flujo de pasajeros en otros días. Las ciclurutas, aunque son un espacio importante dentro de la ciudad, no están conectadas entre sí, por los que los ciclistas deben arriesgarse a utilizar las vías con los demás carros y buses.
  5. Los comerciantes, como plañideras económicas, siempre hablan del desastre económico de ese día. Las estaciones de gasolina ven reducidas sus ventas cuando el precio del combustible está cerca del precio internacional, los parqueaderos están en su mínima ocupación, sin embargo cobran por fracciones de 15 minutos y en muchos aumentaron escandalosamente los precios para hacer más rentable su negocio. El 75% de la población utiliza el transporte público, esos vehículos se mueven por combustible diesel o gas natural; así que los “gasolineros” no tiene porqué llorar. Los comerciantes aún están disfrutando de las ganancias de diciembre, (que según datos de FENALCO presentaron un incremento del 35%, con respecto a la temporada navideña anterior), pero gimotean por los miles de clientes que usan el carro para hacer compras un día laboral.
  6. El precario estado de las vías de la ciudad resta velocidad a la movilidad de la ciudad. Si bien entraron 80 mil carros nuevos a la ciudad el años pasado, las vías son insuficientes para tanto vehículo. No se trata de estigmatizar el uso de carros particular, sino estimular el uso del transporte público, atractivo para la ciudadanía en términos de rapidez, puntualidad, compromiso con el aire puro y eficiencia de las rutas. Si para los ciclista es un calvario encontrar un parqueadero, la seguridad es un milagro excepcional que desestimula el uso de la bicicleta.

Son muchos los enemigos de la masificación del transporte público, tienen en dinero y el poder para manejar las políticas de movilidad. Se necesita del compromiso serio de los gobernantes para sacar adelante ese ideal de ciudad que todos quieren, una ciudad amable, vital y limpia.

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La rentabilidad del miedo

Dentro del actual proceso de desmovilización de los grupos paramilitares y su sometimiento a la justicia, los jefes de estos grupos toman un inusitado protagonismo por la confesión de sus macabros hechos. Para muchos miembros de la sociedad, la confesión es un grandioso inicio para la reconciliación de un país fragmentado por la guerra y un pequeño asomo de justicia en el tradicional ambiente de impunidad. Pero no puede existir justicia dentro de un proceso donde los aplausos se los lleva el verdugo, mientras que las víctimas son consideradas como escollos dentro del mismo.
Muchas de las víctimas desean solamente saber la verdad, conocer la triste suerte de las personas por las que sufren y recuerdan con amargura. Estas personas necesitan del duelo para poder salir de la incertidumbre que no les permite seguir con sus vidas, y poder hacer lo posible para dejar esos terribles recuerdos en el pasado. El olvido no es necesariamente un acto de misericordia personal, pero la verdad es necesaria para deshacerse de los rencores. En una triste semejanza con algún episodio Kafkaiano, las víctimas deben demostrar su condición de perseguidos por los grupos paramilitares, sometiéndolos una vez más a recordar esas historias que cambiaron sus vidas dramáticamente. Son obligados a reconocer que el miedo aún vive dentro de ellos, que se ha convertido en un elemento cotidiano dentro se sus vidas.
El miedo no puede ser la ley para estas personas, porque crea monstruos –armados con fusiles y motosierras- que creen estar legitimados con una ley que ellos mismo han impuesto. Éste es el principio básico de la tiranía. Es ampliamente conocido que en muchas regiones del país los grupos armados imponen la manera de vestir de las mujeres, el horario de trabajo para los locales comerciales, los precios de productos básicos como gasolina y comida, son mediadores de las rencillas entre pobladores y hasta la manera en que los hombres deben llevar el cabello. El miedo se ha impuesto por medio de la intimidación, las masacres, la crueldad y la sevicia contra los civiles.
Los grupos paramilitares no surgen por generación espontánea. Muchos sectores de la sociedad aceptaron su presencia y otros llegaron a patrocinarla, como reacción ante los embates de una guerrilla que en nada se distingue de las autodefensas. En otros casos no se tipifica el delito de sedición, pues no se rebelaron contra un estado, sino que encontraron en muchas ocasiones la ayuda de los batallones que vieron en la conformación de estos grupos una ruin herramienta para la lucha contrainsurgente; además muchas administraciones municipales fueron cómplices al desviar recursos a las arcas de los paramilitares. En una macabra simbiosis las autodefensas y los gobernantes locales terminaron beneficiándose mutuamente.
El gran beneficiario de esta alianza resultó ser el narcotráfico, que luego de 30 años aún sigue vivo. La influencia de su dinero se puede ver en la aparición de camionetas de lujo en exclusivas zonas de las ciudades, en la construcción de pomposas edificaciones y el milagroso repunte de muchos sectores de la economía como la explotación del oro, las piedras preciosas y el comercio enfocado a los estratos más altos de la sociedad. Mientras que el campo registró en el año 2005 un pingüe crecimiento del 1%, el coro de áulicos de turno alaban el crecimiento en las ventas del comercio, el turismo, la construcción y la industria. Probablemente la causa de semejante repunte sean los cerca de 10 mil millones de dólares que entraron a la economía nacional el año pasado. Y pensar que Julio Mario Santodomingo evadió 1200 millones de dólares por la venta de su cervecería..
La influencia del narcotráfico penetró y corrompió hasta el tuétano la sociedad colombiana hasta el punto de convertir a la figura del traqueto como un paradigma social, en especial de los sectores más pobres de la población, que en Colombia llega a ser más del 53%. El pícaro se ha convertido en un ejemplo a imitar y se cree que el dinero lo puede todo.
Esas grandes cantidades de dinero son atractivas para muchos mandos medios de los “narcoparamilitares”, quienes al tomar las riendas de sus negocios desean emular a sus antiguos patrones, que ahora están el la búsqueda de la legalidad y limpiar las fortunas que acumularon durante su época como delincuentes. Amparados en la estrategia del miedo como táctica de guerra buscan apoderarse del mundo de la ilegalidad. Se sabe que las mafias desde su génesis recurren a esta estrategia para fortalecer su ilegítimo poder. Prueba clara del vigente poder intimidador de los grupos paramilitares es el asesinato de Yolanda Izquierdo, la representante de la Asociación de Víctimas de las Autodefensas en el departamento de Córdoba.
El miedo sigue tan campante en las regiones azotadas por los grupos paramilitares como las estructuras mafiosas dedicadas a delinquir y al narcotráfico. Todos hablan y opinan acerca del proceso mientras que las víctimas asisten impávidos ante el espectáculo que se ha tejido con su dolor, terror y miedo. Los espíritus de estas personas que han sufrido los embates de la guerra necesitan descansar de esa aflicción que no es posible comprar con dinero.