La rentabilidad del miedo

Dentro del actual proceso de desmovilización de los grupos paramilitares y su sometimiento a la justicia, los jefes de estos grupos toman un inusitado protagonismo por la confesión de sus macabros hechos. Para muchos miembros de la sociedad, la confesión es un grandioso inicio para la reconciliación de un país fragmentado por la guerra y un pequeño asomo de justicia en el tradicional ambiente de impunidad. Pero no puede existir justicia dentro de un proceso donde los aplausos se los lleva el verdugo, mientras que las víctimas son consideradas como escollos dentro del mismo.
Muchas de las víctimas desean solamente saber la verdad, conocer la triste suerte de las personas por las que sufren y recuerdan con amargura. Estas personas necesitan del duelo para poder salir de la incertidumbre que no les permite seguir con sus vidas, y poder hacer lo posible para dejar esos terribles recuerdos en el pasado. El olvido no es necesariamente un acto de misericordia personal, pero la verdad es necesaria para deshacerse de los rencores. En una triste semejanza con algún episodio Kafkaiano, las víctimas deben demostrar su condición de perseguidos por los grupos paramilitares, sometiéndolos una vez más a recordar esas historias que cambiaron sus vidas dramáticamente. Son obligados a reconocer que el miedo aún vive dentro de ellos, que se ha convertido en un elemento cotidiano dentro se sus vidas.
El miedo no puede ser la ley para estas personas, porque crea monstruos –armados con fusiles y motosierras- que creen estar legitimados con una ley que ellos mismo han impuesto. Éste es el principio básico de la tiranía. Es ampliamente conocido que en muchas regiones del país los grupos armados imponen la manera de vestir de las mujeres, el horario de trabajo para los locales comerciales, los precios de productos básicos como gasolina y comida, son mediadores de las rencillas entre pobladores y hasta la manera en que los hombres deben llevar el cabello. El miedo se ha impuesto por medio de la intimidación, las masacres, la crueldad y la sevicia contra los civiles.
Los grupos paramilitares no surgen por generación espontánea. Muchos sectores de la sociedad aceptaron su presencia y otros llegaron a patrocinarla, como reacción ante los embates de una guerrilla que en nada se distingue de las autodefensas. En otros casos no se tipifica el delito de sedición, pues no se rebelaron contra un estado, sino que encontraron en muchas ocasiones la ayuda de los batallones que vieron en la conformación de estos grupos una ruin herramienta para la lucha contrainsurgente; además muchas administraciones municipales fueron cómplices al desviar recursos a las arcas de los paramilitares. En una macabra simbiosis las autodefensas y los gobernantes locales terminaron beneficiándose mutuamente.
El gran beneficiario de esta alianza resultó ser el narcotráfico, que luego de 30 años aún sigue vivo. La influencia de su dinero se puede ver en la aparición de camionetas de lujo en exclusivas zonas de las ciudades, en la construcción de pomposas edificaciones y el milagroso repunte de muchos sectores de la economía como la explotación del oro, las piedras preciosas y el comercio enfocado a los estratos más altos de la sociedad. Mientras que el campo registró en el año 2005 un pingüe crecimiento del 1%, el coro de áulicos de turno alaban el crecimiento en las ventas del comercio, el turismo, la construcción y la industria. Probablemente la causa de semejante repunte sean los cerca de 10 mil millones de dólares que entraron a la economía nacional el año pasado. Y pensar que Julio Mario Santodomingo evadió 1200 millones de dólares por la venta de su cervecería..
La influencia del narcotráfico penetró y corrompió hasta el tuétano la sociedad colombiana hasta el punto de convertir a la figura del traqueto como un paradigma social, en especial de los sectores más pobres de la población, que en Colombia llega a ser más del 53%. El pícaro se ha convertido en un ejemplo a imitar y se cree que el dinero lo puede todo.
Esas grandes cantidades de dinero son atractivas para muchos mandos medios de los “narcoparamilitares”, quienes al tomar las riendas de sus negocios desean emular a sus antiguos patrones, que ahora están el la búsqueda de la legalidad y limpiar las fortunas que acumularon durante su época como delincuentes. Amparados en la estrategia del miedo como táctica de guerra buscan apoderarse del mundo de la ilegalidad. Se sabe que las mafias desde su génesis recurren a esta estrategia para fortalecer su ilegítimo poder. Prueba clara del vigente poder intimidador de los grupos paramilitares es el asesinato de Yolanda Izquierdo, la representante de la Asociación de Víctimas de las Autodefensas en el departamento de Córdoba.
El miedo sigue tan campante en las regiones azotadas por los grupos paramilitares como las estructuras mafiosas dedicadas a delinquir y al narcotráfico. Todos hablan y opinan acerca del proceso mientras que las víctimas asisten impávidos ante el espectáculo que se ha tejido con su dolor, terror y miedo. Los espíritus de estas personas que han sufrido los embates de la guerra necesitan descansar de esa aflicción que no es posible comprar con dinero.
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