Archivo | agosto 2007

El umbral laboral

Extosión laboral, esclavitud posmoderna y precariedad social

La necesidad es el espacio común donde se desvanecen los sueños, se derrumba el orgullo y la inmejorable oportunidad que los neoliberales ven con voracidad para aumentar sus amplios márgenes de utilidades. Atrás quedaron las cadenas, grilletes y látigos que obligaban a una persona a trabajar por el bien de unos pocos. Hoy, el miedo, los contratos injustos y esa insana costumbre de evadir las mínimas garantías laborales son los tristes baluartes de una nueva esclavitud.
El miedo ante el desempleo facilita que muchos desesperados acepten sin condiciones ni garantías cualquier camello, que los auxilie en medio de ese desierto que genera desesperanzas e incertidumbres. Habitar ese limbo está motivado por una profunda resignación, digna de aquel que ha perdido cualquier esperanza en el futuro, para quien el mañana es la próxima pesadilla que acecha constantemente, donde la suerte y el porvenir se desvanecen entre hojas de vida, entrevistas y la angustia de no escuchar el timbrar del teléfono.
Dentro se ese universo privilegiado que conforman los trabajadores, la inconformidad es un pecado del que está prohibido hablar, pues lo único que importe es mantenerse dentro de ese mundo y evitar fácilmente las penurias que implica estar cesante. Las frágiles amenazas intimidan el estómago ante el miedo de no tener un mañana asegurado. Todos los empleadores afirman que tras un empleo siempre habrán docenas de necesitados formados juiciosa y pacientemente, quines sufren esa lenta agonía de ver pasar los días entre los avisos clasificados y las promesas de alguien que consigue trabajo con hacer una llamada a alguno de sus amigos importantes.
Muchos se ven presionados mantener una familia. Para quienes la necesidad va más allá de su propio estómago y el orgullo es un lujo innecesario, el televisor, el DVD y demás artilugios tecnológicos que alejan el fantasma de la pobreza, se encargan perfectamente de crear una sensación de bienestar y conformismo, que llega a la ambición materialista. Allí la necesidad se convierte en una excusa servil que agradece las migajas de los patrones. Cuando el trabajo es un placer que los aleja de sus familias y hasta de sí mismos, la ausencia se rellena con regalos y dinero. Muchas de las carencias humanas de cualquier persona, serán concientes de la infamia de esa carrera consumista.
Sin embargo, el desempleo no es cuestión de orgullo o de unos férreos principios anárquicos. Los problemas que generan van más allá de los afanes económicos, pues afectan la autoestima, dificultan las relaciones interpersonales y genera sentimientos de angustia y culpa al no sentirse verdaderamente útiles (o competitivos para los economistas)
Más allá de lo económico, los problemas personales que genera el desempleo deberían ser tema de la salud pública. El incremento de suicidios entre la población desempleada y los crímenes asociados a tesa problemática llaman la atención, pues es evidente la profundidad y complejidad del asunto. Se pueden añadir problemas de pareja, más aun cuando persiste la imagen del hombre protector que garantiza el sostenimiento del hogar, quien al perder su papel protagónico siente debilidad, que se traduce en agresividad, alcoholismo y apatía hacia el círculo social. No participar en la dinámica consumista afecta gravemente la salud del hombre moderno, quien tiene unos umbrales altísimos de placer al utilizar su tarjeta plástica pero carece de sentido humano y solidario.
El hambre y la necesidad no pueden asfixiar la dignidad y el honor de la persona. Esos valores se pueden camuflar para atacar y protegerse cuando es preciso. Es en campo laboral donde serán puestos a prueba a diario para conocer su fortaleza e integridad.
La necesidad vuelve al hombre creativo y curioso. Lo obliga a forjar un destino propio y crear así un mejor ambiente para la sociedad, donde abundan los necesitados de esperanza, trabajo y mucho respeto.