Hidra Colombiana

El conflicto armado que vive el país no terminará si no se atacan las profundas inequidades sociales. De nada bastará matar los protagonistas de la guerra como el “Negro Acacio”, quienes resucitarán con otro nombre en otra miserable región, eso sí, armado y con una mayor crueldad.
No es un secreto que el alimento de ese voraz monstruo que azota el país desde hace más de un siglo es el desequilibrio social. Mientras algunos aplauden que las ganancias de los bancos durante el presente año se hayan incrementado en un 33%, voltean a mirar a otro lado en los semáforos para no ver a los desplazados ni vendedores informales y no contemplan la idea de mirar al sur de los cerros de la ciudad. La pobreza en Colombia es evidente en cada esquina, donde las paradojas resultan groseras.
Si en las ciudades es clara esta situación de miseria, en el campo es dramática, pues allí solamente hace presencia el Estado con las botas y los fusiles. El narcotráfico, la guerrilla o el paramilitarismo son las únicas bolsas de empleo en esas zonas, que son reconocidas por un país idiotizado cuando estalla la violencia como paréntesis entre goles y siliconas en los noticieros de televisión.
La muerte de personajes como el “Negro Acacio” es un golpe mediático positivo para el oportunista y polémico Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, cuya gestión es cuestionada hasta por los simpatizantes del gobierno, por los enredos de los falsos positivos y la interceptación ilegal de llamadas. Pero la utilidad táctica de esta muerte es inútil, pues aparecerán los sucesores aun más violentos y crueles que su antecesor.
En una espiral de violencia interminable, aparecieron los sucesores de los bandoleros “Desquite” y “Sangrenegra”, de los Castaño y Tirofijo. Como la mitológica Hidra, monstruo de múltiples cabezas del que salían dos nuevas cuando le era decapitada una, los tristes protagonistas de esta tragedia simplemente reencarnarán en otra persona.
Una guerrilla vetusta, ilegítima al enarbolar la bandera de la revolución, que hiere al país con su violencia irracional, su terquedad política, su sesgo ideológico, que ha privilegiado el elemento militar para justificar el narcotráfico y el secuestro, y que ha dice luchar por un pueblo que le teme, le hace un daño inconmensurable a aquellos sectores críticos del gobierno, que no duda en señalarlos con incómodos rótulos como “enemigos de la democracia” y “simpatizantes del terrorismo”.
Las causas del conflicto son políticas y su solución dista del camino militar. Hay que hallar la salida política y atacar su fuente: las inequidades, ignoradas por la élite mediocre y egoísta del país, que hizo de ella la fuente de sus privilegios.
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