Esteroides democráticos

La democracia es el escenario donde la voz del pueblo se hace sentir, pero no significa necesariamente que éste tenga la razón. Con el índice de abstención que se aproxima al 60% y una notoria incidencia de los grupos armados ilegales, el panorama democrático del país se presenta lleno de dudas e incertidumbres.
Los planes programáticos de los partidos brillan por su ausencia, solamente aparecen vacuas ideas condensadas en un eslogan publicitario. Frases carentes de creatividad, fotografías semejantes a las de una agencia matrimonial y una avalancha de vallas, camisetas, carteles, chaquetas, calcomanías, afiches y demás invenciones de la publicidad política, hacen evidente la aridez de las ideas en las cabezotas de los que se hacen llamar “creativos”, o al menos posan de serlo mientras que llenan sus bolsillos.
Contradiciendo las más elementales leyes de la economía clásica, a mayor oferta de candidatos para los cargos de elección popular, menor es el beneficio para el consumidor, es decir el elector.
Aparece una variopinta oferta de candidatos. La mayoría de ellos oscilan entre lo pintoresco y la falta de atractivo, no aportan una idea atractiva y sensata al proceso electoral ni a la democracia. Por las calles se ven dos personajes que evidencian la eficacia de esta epidemia electoral. El primero es un tipo disfrazado de dictador tropical que se proclama “El General de la Paz”, un discurso prostituído y manoseado más allá de la decencia y el sentido común (cosa que definitivamente no tienen los políticos), quien por su peculiar indumentaria hace recordar obligatoriamente a aquel panameño rey de aquel pegajoso y monótono ruido conocido como “el meneíto”(maldito antecesor del reguetón) que respondía al nombre de Edgardo Franco, reconocido como “El General”; así, simple como sus letras pero no confundirlo con el generalísimo Franco. El segundo personaje, registra en su hoja de vida dos apariciones en el libro de récord Guinnes por elaborar zapatos de gran tamaño y se presenta ante el electorado con el noble principio de hacer un edificio zapato(!), seria afrenta para el déficit de vivienda de interés social. De ser elegido, nada tendríamos los colombianos que envididiarle a ciudades como New York, Bilbao, Sydney o Barcelona con los museos Guggenheim, el Teatro de la Ópera o el legado de Antonio Gaudí.
Para cualquier colombiano es atractivo un trabajo con un sueldo de 12 millos de pesos mensuales, cuatro meses de vacaciones, carro propio con sus gastos pagos durante cuatro años y la seguridad de devengar una honrosa pensión de vejes antes de los 55 años. También se deben tener en cuenta los incentivos particulares por ayudar a aprobar ciertas leyes. Es allí donde la corrupción encuentra el camino allanado para caminar sin vergüenza por las oficinas públicas. Si caen en la tentación los curtidos políticos que envejecen en el Congreso, cómo no lo harían los debutantes.
Más allá del discurso demagógico que se sustenta en argumentos clasistas, se hace necesario que la sociedad obligue a los políticos de oficio a darle altura a la contienda electoral y así enriquecer la democracia. Con sesudos debates las ideas actúan en el pueblo como los esteroides en los atletas, haciéndolos crecer; más aun cuando nuestra democracia y el sistema electoral presentan graves fallas. Se trata de que a las corporaciones públicas lleguen las personas más capaces y mejor preparadas, con una madurez política que los haga resistentes a las prácticas de los politiqueros y corruptos, y con un claro compromiso de servicio al bienestar de sus ciudades.
Tristemente predominan los advenedizos, tienterillo, leguleyos, marrulleros y manzanillos que llegan a desilusionar hasta el más insoportable de los optimistas (Sí, usted, Jorge Duque Linares), quienes prolongan la corrupción y viejos resabios politiqueros para perpetuarse en el poder. Son estos personajes los que restan legitimidad en el electorado, cuya desesperanza se manifiesta el los altísimos índices de abstención.
Contrariamente a la falta de ideas abundan los partidos políticos que no defienden una idea sino el culto a un personaje de ínfulas mesiánicas. No se distinguen entre si, aunque todos se proclaman netos uribistas. La izquierda está opacada por la bellaquería de las FARC y el choque de egos en su interior. Personajes brillantes, sensatos, analítico y serios que resisten a radicalizarse con rotulados como “personas sin carácter” se diluyen en la confusión creada por el aparatoso ritmo de las noticias que van de nota en nota buscando el próximo escándalo y el confuso código electoral.
Cuando las ideas no son centro de discusión y el impacto mediático importa más que las convicciones políticas, el terreno para que aquellos que por medio de las armas, la muerte y el terror se hace más fácil de recorrer. Tristemente se repetirá la influencia de los grupos paramilitares (falsamente desmontados) por otros cuatro años, y el país seguirá pendiente de los escándalos y las capturas que del valor de las ideas.
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