Archivo | noviembre 2007

El Corralito de la indiferencia

Cartagena es el epicentro nacional en esta semana, realizando el sueño de Rafael Núñez de convertir la ciudad amurallada en la capital del país, al menos por las primeras dos semanas de noviembre. Las fuertes lluvias que han caído en gran parte del territorio de la nación, con mayor intensidad en el norte, inundaron varias poblaciones, y la heroica no fue la excepción. Los miles de damnificados que aparecen como víctimas de la discriminación, la violencia y la corrupción, no justifican la suspensión del Reinado Nacional de la Belleza, pese a los dramáticos hechos históricos como los del Palacio de Justicia, la avalancha de Armero y la masacre de Segovia en Antioquia.
En solidaridad con las personas que tienen el agua hasta el cuello, autoridades y directivas decidieron trasladar los eventos públicos a espacios cerrados. Hasta el mismo Presidente de la República, quien gobierna desde Cartagena por esta época para no contradecir la tendencia dominante, ratifica y apoya la decisión del Distrito Turístico. Los pobres de la ciudad no tendrán la oportunidad de celebrar las fiestas novembrinas, pues el clima y los aristócratas cartageneros así lo ha determinado.
Para los medios de comunicación, la decisión de suspender eventos como la batalla de flores y el desfile de balleneras es un gran acto de solidaridad. Medios que tuvieron la oportunidad de hacer un “Reality Show” con la tragedia de estas personas, que se prolonga por hace ya muchos años atrás. Los noticieros hacen un amplísimo despliegue de un evento que sobre el cual se extiende el velo de lo superficial, en un país donde los problemas crecen con alarmante velocidad ante la indiferencia de la sociedad. Cubren un evento donde demuestran con desparpajo que son la voz de aquellos que tiene el poder y no la de aquellos que necesitan ser escuchados.
Declarar la suspensión de las fiestas sería un acto de sensatez, entre lo sórdido y lo banal, pero realmente es un acto demagógico y oportunista. Desde hace más de tres meses la red hospitalaria de Cartagena venía pidiendo la cancelación de las fiestas, pues por esta época crece la cifra de heridos y personas que necesitan atención médica, y hasta se declara tradicionalmente la alerta naranja en los hospitales. Previendo la falta de recursos para el funcionamiento de los centros médicos, junto al desinterés del gobierno local y nacional por solucionar esta situación, la alerta estaba encendida desde hacía ya mucho tiempo atrás. Era una tragedia anunciada.
Contrasta ver la Cartagena colonial con la actual: (aquí la palabra modernidad no tiene espacio) Lujosos hoteles, calles empedradas, ciudad amurallada, camionetas 4X4 con vidrios polarizados, modelos ofreciendo cariño a cambio de varios millones, caravanas de escoltas, cientos de anunciantes disputando un lugar de privilegio en el reinado y las figuras de la farándula son el antípoda de la Cartagena de la champeta, el barro, el sudor, la piel negra, la pobreza y el desinterés social.
Una ciudad distante que ha sufrido en carne propia por varias generaciones la corrupción del gobierno de turno, que gasta el dinero de los acueductos, las escuelas, vías y centros de salud, en estas fiestas a las que sus habitantes no están invitados. Han sufrido la violencia. Los desplazados que huyen del terror asesino para salvar lo más valioso y lo único que les queda: su propia vida. Y han sufrido también la discriminación de la oligarquía local, preocupada por atender “lo más destacado de la sociedad” y por pavonearse entre tan selecto grupo.
Prevalecen las reinas, sus siliconas y sus respuestas eufóricas, carentes de astucia e inteligencia. Aparecen muy bien peinadas y vestidas para desfilar entre niños descalzos que a duras penas tienen una desgastada pantaloneta, sin perder la banda que las identifica, esa que comienza en el lado contrario del corazón. La banda no se desacomoda ni para hacer ejercicio. Todos ayudan, todos sacan a relucir la palabra solidaridad, todos tiene una frase humanitaria que decir, no para ayudar sino para figurar y es allí donde se desvanece el sentido filantrópico.
Lo más destacado de esta lamentable tragedia es la generosidad de cientos de personas del común. Personas que se escandalizan por el precio que puede llegar a tener un solo vestido de alguna candidata. Personas que les duele ver como se roban el país. Un país con personas de gran corazón, donde los que hace la violencia son unos pocos. Mientras tanto, cada año la tragedia invernal se repetirá para que se aprovechada por políticos de turno (o el eterno presidente), las reinas de moda que persisten en ser famosas a cualquier precio y algún otro artista cuyo sentido filantrópico despierta con el lanzamiento de un nuevo trabajo.
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