No es por aguar la fiesta

Equivocados están los que piensan que el país sin guerrilla sería el paraíso. Esta visión simplista ignora los profundos problemas sociales, culturales y económicos que incubaron y alimentan esta guerra.

Hay momentos coyunturales que la ser vividos se tiene la sensación de estar ocupando un privilegiado lugar dentro de un punto de giro en la historia. Tal vez por esta razón la marcha de pasado cuatro de febrero, convocada para manifestar el rechazo de la sociedad colombiana a las FARC, tuvo tan numerosa acogida. Sin embargo, la del lunes anterior es una perla más en el rosario de marchas y actos de paz que se están haciendo rutinarias y repetitivas en el país. Esta última tiene un peligroso unanimismo político e ignora el origen del conflicto armado.
Las marchas son una constate histórica en el país. Marcharon los Comuneros hacia la capital para enfrentar a la Corona que los tenía acogotados con impuestos inútiles y fueron traicionados, marcharon los seguidores de Gaitán y el caudillo fue asesinado, marcharon los estudiantes para exigir la salida del gobierno de Rojas Pinilla y se estableció el Frente Nacional con sus funestas consecuencias, se pintaron palomas por iniciativa de Belisario y luego vino la toma del Palacio de Justicia, acuden a las urnas nueve millones de personas en 1997 para exigir la paz y Pastrana concede la zona de despeje en el Caguán, finalmente, se apagó la luz por un minuto en rechazo al secuestro y llega Pacho Santos a la vicepresidencia.
Seguramente la marcha será recordada porque surgió desde la red social de Internet llamada Facebook, por la convocatoria que tuvo y el tradicional respaldo de los grandes medios de comunicación. Las FARC conservarán su grosera indiferencia ante la sociedad civil, contradiciendo el falaz apellido que usurpan en su insignia: Ejército del pueblo. El apoyo local de las FARC no existe, pero con la ayuda de Chávez y la diplomacia europea insisten den defender un proyecto político que se desvaneció en la voracidad mercantil del narcotráfico y la guerra. Los secuestrados son el único camino que poseen para conservar presencia internacional y no ser vistos como el único ejército narcotraficante del mundo, junto con los sobrevivientes talibanes de Afganistán que comercian con heroína.
Equivocados están los que piensan que el país sin guerrilla sería el paraíso. Esta visión simplista ignora los profundos problemas sociales, culturales y económicos que incubaron y alimentan esta guerra. Desaparecida la guerrilla, el campo seguirá mostrando niveles de pobreza alarmantes, los jóvenes de barrios miserables encontrarán en la delincuencia una única manera de vivir y la corrupción seguirá desfilando, desvergonzada, en los terrenos del “Alto Turmequé”. Los pobres deben existir para trabajar servilmente a la aristocracia que insiste en que aquí no hay conflicto armado, entonces ¿por qué la marcha?
El clima de la marcha, aunque en medio de himnos y algazara tuvo un tono polarizado y con la intervención de oportunos sectores políticos que simpatizan con el actual gobierno. “Regeneración o Catástrofe” era el fantasma del pasado que paseaba entre camisetas blancas y banderas tricolores, pero actualmente sería Uribe o las FARC. En la marcha se vieron carteles en contra de Chávez, Piedad Córdoba, despeje y el acuerdo humanitario. Que exasperan el patriotismo hasta terrenos peligrosos y que serán aprovechados por los políticos para mostrarse como los mejores sucesores de Uribe II, a quien no le bastó un periodo presidencial para derrotar a la guerrilla, y en la segunda parte tampoco lo va a lograr.
Más allá de lo emocional y anecdótico del anterior cuatro de febrero, es necesario hacer acuerdos sobre lo fundamenta para lograr la paz, como el respeto por los Derechos Humanos o un acuerdo nacional que encamine todos los propósitos hacia un destino común de bienestar para la sociedad, sin detenerse a mirar milimétricamente las diferencias. UN proyecto muy distinto al de “refundar la patria” que impulsó Mancuso y que le pareció “conveniente” al ministro Holguín Sardi. La marcha no es una patente de corso para legitimar cualquier método para acabar con las FARC.
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