Archivo | marzo 2008

Homenaje a un Quijote colombiano

Frente al desolador panorama que reverencia los impulsos irracionales, que mira con soslayo la vida intelectual y no pierde la oportunidad para ofenderla, existen fuerzas para alentar el estudio y el aprecio por la cultura y el arte en todas sus manifestaciones, que, en un mundo dominado por la irracionalidad adolescente, es una verdadera emancipación.

La avalancha de hechos que ocurren en Colombia no permite el análisis ni la oportunidad de hacer evaluaciones profundas a esta alocada realidad nacional. La crisis diplomática que tuvo un oportuno efecto mediático con más ingredientes extraídos del melodrama que de la sensatez, o la muerte de un importante miembro del Secretariado de las FARC a manos de un macabro personaje que ha puesto al país a pensar en la ética del conflicto, son sucesos que han colocado en el olvido temas de hace tres semanas. La reflexión y el análisis para comprender estos hechos son un ejercicio inútil en una sociedad inmediatista que sólo piensa en el corto plazo. El pensamiento es considerado un pesado e incómodo elemento en la vida cotidiana de la nación.
Frente al desolador panorama que reverencia los impulsos irracionales, que mira con soslayo la vida intelectual y no pierde la oportunidad para ofenderla, existen fuerzas para alentar el estudio y el aprecio por la cultura y el arte en todas sus manifestaciones, que, en un mundo dominado por la irracionalidad adolescente, es una verdadera emancipación.
Esa obstinación ha llevado a la Biblioteca Luis Ángel Arango a cumplir 50 años al servicio de la ciudad. En su magnífico esfuerzo por ofrecer algo más que 1.5 millones de libros, se ha consolidado como punto de referencia para la vida cultural de Bogotá. Es una hazaña digna de los más altos reconocimientos, pues ha sabido estar a la vanguardia tecnológica, artística y desarrollo arquitectónico.
Uno de sus grandes aciertos es la respetuosa y comprometida de cada director, sin el afán megalómano de pasar forzosamente a la historia. En una ciudad donde los espacios públicos son cada vez más privados y restringidos, la “Luis Ángel” se abrió a los habitantes, estudiantes, curiosos y lectores consumados. Con los préstamos externos se puso a prueba el vínculo que tiene los lectores con este orgullo nacional, aunque no ha faltado quien ignore la responsabilidad de cuidar el bien público que representa un libro.
En épocas de introspección o aburrimiento sus libros me han acompañado fielmente con la única condición de ser devueltos a su casa en buen estado. En otras ocasiones, me ha mostrado la belleza humana en sus salas de conciertos. En su rica colección de música, en una silla de un auditorio o en un libro de poemas de Witman; en resumen, me devuelve periódicamente la esperanza en la humanidad.
Este sitio es uno de los íconos de la ciudad es uno de mis lugares favoritos de ella. Su arquitectura respetuosa del centro histórico de la ciudad, el curioso ambiente que se respira en cada una sus salas, la esmerada atención de sus funcionarios y la disposición para acercar la cultura al ciudadano del común, son razones más que suficientes para sentir un profundo afecto por la biblioteca.
Sin duda llegarán al centenario con mejores servicios, más libros y mejores espacios para el estudio, la investigación y el ocio literario. Seguirán, tozudamente, desafiando a la ignorancia mediática, a la irracionalidad de la violencia y el desprecio por la cultura, mediante la apertura de sus espacios a nuevas propuestas. Tendrán en mí un aliado incondicional en esa batalla de dignidad, pues la revolución de las ideas evita la tiranía histórica de la muerte y estimula la madurez de la sociedad que permite apreciar los matices de la humanidad.

Víctimas Visibles

Tampoco hay que pasar por alto la simpatía de un amplio sector de la sociedad con el paramilitarismo, que lo considera como un mal menor en la lucha contrainsurgente y justifica todas las acciones enfocadas a este objetivo, así sean ilegales.

Las víctimas se están haciendo visibles, así sean desaparecidos enterrados en fosas comunes, torturados cruelmente o agonizando bajo la selva. Las voces de sus familias se elevan para sensibilizar una sociedad furibunda que no admite diferencias a la verdad oficial y ve en las armas el único camino hacia la solución del conflicto. Se sabe que el fin de las FARC no acabará con el origen de la violencia: pobreza, injusticia e inequidad.
La marcha del 6 de marzo tuvo una menos convocatoria que la de febrero porque las víctimas son invisibles y consideradas como un obstáculo para la “pax paraca”, que se han transformado en bandas criminales que se resisten a abandonar el poder obtenido mediante la muerte y el terror. Tampoco hay que pasar por alto la simpatía de un amplio sector de la sociedad con el paramilitarismo, que lo considera como un mal menor en la lucha contrainsurgente y justifica todas las acciones enfocadas a este objetivo, así sean ilegales.
Repugnan las celebraciones tras la muerte de “Raúl Reyes pero tampoco lamento la desaparición de un personaje tan lesivo para el país, que llenó de terror miedo e impotencia a muchas personas que solamente desean vivir en paz. Tras la baja de este destacado miembro del secretariado, que es el golpe que se estaba esperando del gobierno desde hace tiempo, es evidente el apresurado manejo mediático de la guerra. El grotesco espectáculo de exhibir el cadáver de Reyes, como un macabro botín de guerra que trae a la mente la cercanía del hombre primitivo en momentos de euforia, y el indelicado manejo que se le dio a los datos encontrados en los computadores, pues era responsabilidad de la Cancillería o el Ministerio de Defensa mas no del General Naranjo, prueba que falta mayor serenidad para asimilar este golpe por parte del Gobierno.
La euforia tampoco permitió un manejo inteligente de las pruebas que demostraron la pasividad cómplice de los gobiernos fronterizos, que desencadenó una crisis diplomática sin antecedentes.
Debilitadas las FARC, mal harían en recrudecer la guerra o sacar algún beneficio diplomático en Europa a costa del sufrimiento de los secuestrados. La solución política empieza a ser una alternativa frente al narcotráfico, la extorsión y le secuestro. La opción militar de los guerrilleros alentaría las prácticas contrainsurgentes que victimizan la población civil, como ocurrió en el Urabá antioqueño en la década de los noventa, cuando los paramilitares se hicieron al control de esta zona con la complicidad de miembros de las Fuerzas Militares, cuando el Gobernador de Antioquia era el actual Presidente de Colombia. En el Valle del Cauca, los secuestros masivos sirvieron de patente de corso para que las autodefensas incursionaran en esta región y de paso entraron a controlar el negocio del narcotráfico por el Cañón de las Garrapatas.
Amparados en el hilarante argumento norteamericano de “legítima defensa” no se puede crear tanta tensión en le vecindario, pues sobran las razones económicas, políticas y comerciales. La marcha de rechazo a las FARC no era un respaldo a las tácticas de guerra que violan la ley, así como la marcha del jueves no era un respaldo al grupo guerrillero, sino la legítima voz de quienes piensan diferente y quienes sufren la violencia en todas sus manifestaciones.
Fotos de Mateo Cardona.