La economía del hambre

La economía del hambre creará sociedades desesperadas e irracionales que terminarán como organizaciones de tipo feudal.

A pesar de los significativos avances tecnológicos del último siglo, no se ha logrado acabar con el hambre ni la sed, que se están convirtiendo en peligrosos detonantes de violencia en muchas partes del mundo. La economía del hambre creará sociedades desesperadas e irracionales que terminarán como organizaciones de tipo feudal.
En los años recientes el precio de los alimentos ha presentado un aumento preocupante que ha generado brotes de violencia en países de América Latina, África y Asia. Revueltas como las que se han presentado en Haití o Egipto por el precio de los cereales, añaden nuevos cuestionamientos al neoliberalismo y generan serios retos de cara al futuro próximo.
El alza de los precios está justificado en el crecimiento económico asiático y el valor del petróleo. La prosperidad que ostenta China e India (cuyas poblaciones reunidas representan una tercera parte de la humanidad) ha elevado el nivel de vida de sus habitantes, quienes consumen más alimentos. Se sabe que al aumentar la demanda el precio también lo hace. Este hecho hace que estas naciones sean un destino atractivo para los exportadores, quienes generan escasez en otras zonas para atender la demanda asiática.
La crisis del petróleo, que ha llevado el precio del barril encima de los U$100, ha elevado los precios de los fletes, transportes e insumos agrícolas como fertilizantes y pesticidas. La cura que se presentó en un principio resultó ser peor que la enfermedad: Los biocombustibles (eufemismo que es mejor reemplazar por agrocombustibles) terminaron por disparar el precio de los alimentos, aunque es u negocio amparado por la égida de la ecología. Los agrocombustibles se obtienen a partir de alimentos como el maíz, caña de azúcar o la palma de aceite, que se traducen para el consumidor en incrementos en el precio de productos básicos de su dieta como el pan, la panela y el aceite. Las revueltas que surgirán cuando se dispare el precio del aguardiente prometen no ser calmadas por la ley seca.
Otra arista del problema es la crisis del agua, que se agudiza con el calentamiento global. Mientras que unas regiones padecen feroces sequías, en otras, los inviernos avisan de un segundo diluvio que acabará definitivamente con la humanidad.
Los agrocombustibles y la crisis de alimentos benefician a la más grande nación productora de cereales: Estados Unidos, que con los gigantescos subsidios agrícolas parece estar aplicando una macabra geopolítica del hambre. El tema de la seguridad alimentaria de la nación es un asunto de poca importancia para los férreos defensores locales del TLC, quienes tienen el futuro asegurado con un empleo en algún organismo económico internacional, verbigracia, Jorge Botero, exministro de Industria y Comercio de Uribe I.
El hambre es un terreno propicio para que surjan peligrosos movimientos populares de corte dictatorial. La tierra será el bien más apreciado por los dueños, resurgirá el oscurantismo medieval que no permite la crítica y proscribe el disenso. Para los que no tienen tierra, los cultivos hidropónicos y las pequeñas huertas (hasta las materas serán útiles) son una alternativa que está a la vuelta de los días.
Caricatura tomada de El Tiempo. 16 de abril de 2008
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