El encuentro final

son incapaces de considerar el diálogo como fin legítimo de la guerra o como una muestra se sensatez, causada a lo mejor por la fatiga de la batalla. Es más valioso que una victoria militar.
El momento final ha llegado. Tras muchos años de búsquedas y evasiva, la última compañera lo halló en la selva, aquella vasta y espesa cárcel donde se refugio para hacerse dictador. Pacientemente y sin desesperación, aguardó por la inaplazable cita que tienen todos los hombres al final de sus días. Fue un momento doloroso el encuentro de la muerte con “Tirofijo”, pues ya eran cómplices en la triste historia de Colombia.
Su relación de había hecho rutinaria desde esos lejanos días de los bombardeos a Marquetalia, cuando otro presidente había prometido la guerra frontal para acabar con bandoleros y chusmeros. Cayeron “Chispas”, “Sangrenegra”, Guadalupe Salcedo y todos esos hombres que se rebelaron ante el gobierno de turno. La guerra en Colombia tiene su origen en la inequidad, en la grosera opulencia de una camioneta 4X4 esperando el cambio de luz en una esquina mientras que en la acera hay una familia desplazada, hambrienta y miedosa, par quienes su única posesión real es amanecer con vida.
Tantos años de lucha fueron restando romanticismo a la imagen del rancio revolucionario que terminó sus días obcecado con la idea de una revolución contumaz, ataviada con la ilegitimidad del narcotráfico, el secuestro, la extorsión y el terrorismo. Los recuerdos de la revolución son ecos de un pasado colmado de ideales que contrasta con la figura de los hermanos Castro en Cuba, pero que aún resultan atractivos para algunas sociedades europeas. Tantos años de lucha lo hicieron más beligerante, intolerante y guerrerista; en vez de optar por la sabiduría y la humildad para reconocer sus errores.
Una muestra contundente de la inutilidad de su lucha fue el desperdicio de dos oportunidades de hacerse al poder: La crisis del gobierno de Ernesto Samper y la excesiva ambición de Pastrana de pasar a la historia en un proceso laxo y hasta sumiso. Los diálogos en San Vicente del Caguán fueron usados como refugio para incrementar su poder destructivo y, de paso, darle una alevosa bofetada a la sociedad. Esa terquedad beligerante es la que tiene a Uribe en el poder indefinidamente (hasta que no se demuestre lo contrario).
La muerte sabe que con el vieja de Pedro Antonio Marín no terminarán las condiciones que alimentan la guerra. La violencia ejercida por el poder tradicional, que se traduce en hambre, desnutrición, ignorancia, falta de oportunidades y todas esas situaciones que siempre están aliadas para engendrar nuevamente a “Tirofijo”, Pablo Escobar, Mexicanos y Macacos. Aparecen analistas que posan de independientes y críticos sospechosamente neutrales que repiten teorías dictadas desde los cuarteles, quienes vaticinan el inminente fin de las FARC; pero son incapaces de considerar el diálogo como fin legítimo de la guerra o como una muestra se sensatez, causada a lo mejor por la fatiga de la batalla. Es más valioso que una victoria militar.
El hecho de que la muerte de “Tirofijo” sea aprovechada políticamente, le despreocupa a la nívea parca. Tampoco le desvela que sea instaurada la ley de “seguridad democrática” para desmontar la Constitución del 91 y desconocer la separación de poderes (eje de la democracia) en beneficio del caudillo sibilino, con quien le aguarda una cita.
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