Archivo | junio 2008

La resurección del fútbol

Lejos de cualquier fecha religiosa, en un lugar con pocas referencias místicas, pero en medio de una multitud ansiosa, desesperada y sin esperanza, una luz avivó la fe en esos seguidores dominicales que sentían el Apocalipsis de su credo. Cuatro años atrás, la selección griega se proclamó campeona en la Eurocopa realizada en Portugal, basados en un esquema defensivo, y ese mismo año, el Once Caldas se erigía como campeón de América con el mismo planteamiento de los griegos. Hace solo un par de años, Italia, aquel equipo para el que la defensiva es una irrenunciable tradición, levantaba la Copa Mundial del fútbol en Alemania. No era necesario ser Nostradamus para sentir que el fin del fútbol estaba cerca, pero los fieles, siempre escépticos –acaso demasiado confiados en los milagros del último minuto-, confiaban en la resurrección en medio del mercantilismo, la táctica, las marcas, chismes de vestuario y ese afán de vender hasta la vida íntima de los jugadores.
Mientras se despedía uno de los mejores jugadores de los últimos diez años como Zinedine Zidane, al mismo tiempo se desmoronaba la figura de Ronaldinho. El trono del “mejor jugador del mundo” pasa por la intensa guerra comercial en la que luchan Adidas y Nike, mientras que el talento se debe limitar a un esquema o una identidad de juego. La Eurocopa llamó la atención como el evento donde se definiría el nombre del mejor jugador. El portugués Cristiano Ronaldo, el sueco Ibrahimovivh, el alemán Ballack o Ribery por los franceses, eran los candidatos que llegaban con mejor prensa. Tras calmarse la espuma de la victoria y los festejos, el análisis, aunque no designa un nuevo monarca que opaque el incuestionable talento de los mencionados jugadores, deja un alivio en las expectativas de los hinchas.
Sin dudas, el ganador es el fútbol alegre, del toque preciso, de la táctica ofensiva que inicia desde la forma en que de defiende; en últimas, vuelven a ganar esos hinchas que deliran con un taquito, con un regate, con certeros pases de primera intención y con un planteamiento que cree que el ataque se gesta desde la manera de defenderse. España es el justo campeón porque mostró un juego alegre, frontal, con desborde por las bandas, orden y equilibrio defensivo y una paciente actitud ofensiva. Si bien son relevantes los goles de David Villa y la seguridad que proporciona un arquero como Iker Casillas, son Marcos Senna y Xavi Hernández los jugadores destacados de esta selección campeona. El equilibrio que proporcionan en el medio campo estos jugadores, es la base de la campaña que terminó con la victoria ante Alemania por 1-0. Luis Aragonés es el cerebro, que con su precisa lectura de los partidos y esa obcecación común en los técnicos cuando el periodismo arrecia con su virulenta e insípida verborrea, que le arrebató el trono a la avaricia futbolera con su selección.
Aragonés se va ganador y deja atrás un conflicto mediático orquestado por el malévolo Real Madrid, que parece fiel a las rancias prácticas franquistas. Con la negativa de llamara a Raúl, renovó el ataque español y le dio la oportunidad a una camada de goleadores que vienen siendo figuras en sus clubes. Ungido con el título de Campeón europeo irá a Turquía a ganar en dos años, lo que la Real Federación le pagaría en diez. La gran paradoja de España es que el técnico no se fue, ni se quedará cuando la prensa se lo pedía. Sin dudas, así como el corrompido poder del periodismo deportivo desconoce el límite de la mediocridad, tampoco distingue nacionalidades; tenemos la desventura de asistir a una pandemia laboral mediática de alcances globales.
A parte de los periodistas, el fútbol pertenece a los jugadores y los hinchas. Se vieron escenarios colmados de alegría, color, respeto y entusiasmo por el juego, sin distinguir el color de la camiseta o de la piel. Gracias a la ausencia de Inglaterra los hooligans no se llevaron el triste protagonismo en una fiesta deportiva. Ojalá que muchos jugadores del torneo criollo hayan visto estos partidos donde no se protestaba airadamente un saque de banda, se le demostraba al contrario quien tenía mejor disposición para el matoneo o quien merecía el premio a la mejor actuación tras la disputa de un balón, en la cual, tras ser atendido por los médicos, recobraba milagrosamente la salud y disposición para reintegrarse al juego.
Justo ganador España porque gana el fútbol ofensivo y de buen trato al balón. Destacadísimas las actuaciones de Croacia, Turquía,, Holanda (que debe adherir el gen ganador a su ADN futbolero) y una Alemania que se encuentra en la transición de encontrar una nueva forma de jugar que vaya más allá de la fortaleza física. Grata sorpresa Rusia, que de la mano de Guus Hiddink, ratifica que lo hecho por el Zenith, al ganar la Copa UEFA, no fue resultado del azar. Francia queda ante el reto de superar esa generación que ganó el mundial y la euro, para encontrar una manera de jugar. Un Cristiano Ronaldo, que a pesar de su inmejorable condición técnica, debe ratificar el sello de mejor jugador como lo han hecho los mejores jugadores de la historia: en los momentos decisivos; que también debe concentrarse mejor en el juego que en las tradicionales tentaciones mercenarias del Real.
La esperanza revive de cara al mundial de Sudáfrica en dos larguísimos años. Las banderas aguardarán impacientes el pitazo inicial de la fiesta del balón. Mientras tanto, habrá que esperar al campeón de la Copa Libertadores jugando ese fútbol ofensivo que volvió a ser protagonista. Por nuestra tierra, habrá que seguir viendo la marrullería y eso que algunos denominan equivocadamente “tener cancha”, esperar a Preciado vestido de azul y el partido de despedida de Aristizábal. Triste resaca aguarda a los hinchas colombianos que rompieron su rutina por ver la Euro 2008.

Sin hoja de ruta

La sociedad, asustada y perdida en el miedo, será presa de aquellos que tienen respuestas fáciles.
Más que un símbolo o un territorio colmado de gente linda, Colombia es un país perdido en el dolor de la violencia que carece de una sociedad con claros objetivos comunes. Así como el nacionalismo norteamericano surgió tras las guerras mundiales y se fortaleció como respuesta a la amenaza comunista o como los alemanes rememoran el otrora imperio de lejanas épocas, es importante encontrar un objetivo común, sin personalismos ni sesgos, que de a la sociedad el valor para sentir como propia la nación.
Dentro del espíritu de la inclusión, resulta inadmisible, una afrenta a la igualdad y equilibrio, que se pretendan penalizar las ventas callejeras en los semáforos. La sanción, dirigida a los conductores que adquieran algunas de las baratijas que se encuentran en las esquinas, afectará seriamente a quienes deciden aventurarse en medio del sol, la lluvia, el frío, el humo, el tránsito y demás adversidades callejeras, para ganarse un sustento diario. Estas personas no están allí por gusto propio, sino que se vieron avocadas a esa faena que significa trabajar en las calles como último recurso antes de violar la ley o perder su dignidad.
La alocada iniciativa que emana de un Congreso que se ufana de promulgar leyes a un ritmo industrial, contrasta con la frustrada “Reforma Política” que brindaba al ejecutivo la oportunidad de resarcirse ante la crisis de legitimidad que lo cubre. Tristemente se repite el aforismo criollo que recuerda que las leyes son aplicadas para los de ruana. La representatividad que usurpan muchos congresistas, permite que salgan estas iniciativas en el país de leyes –leguleyistas por tradición-, donde la pobreza se acaba por decreto mientras llegan indígenas desplazados a la Capital.
La participación de la sociedad se manifiesta en iniciativas para re-reelegir al caudillo sibilino o cualquier motivo para reformar la maltrecha Constitución del 91. La recolección de firmas para condenar a cadena perpetua a los violadores de menores de edad es una iniciativa desesperada e inmediatista con un claro objetivo populista. Pero no siempre la mayoría tiene la razón, pues las tradicionales cifras de impunidad y los costos de mantener a una persona de por vida en una jaula, despiertan las dudas acerca de la efectividad de esta medida. Muchas de estas propuestas cívicas parecen ser termómetros para medir el clima de la re-reelección y otros adefesios jurídicos que resquebrajan el Estado de Derecho. La revisión que pide la Corte Suprema de Justicia a la Corte Constitucional del trámite de la reforma que tiene a Uribe en el Palacio de Nariño, como resultado de la investigación a Yidis Medina, ratifica que la popularidad no otorga la legitimidad.
Los pretendidos cambios en el “manzanillismo” –la única forma de hacer política- que prometió el entonces candidato Uribe Vélez han encontrado su epítome en el nombramiento de Fabio Valencia Cossio como ministro de Interior y Justicia. El antiguo –y único- Alto Consejero para la Competitividad llega al ministerio tras ser contendor político de Uribe en Antioquia y embajador en Italia. Valencia Cossio representa al tradicional cacique política para quien las ideas varían según los puestos disponibles en la feria burocrática; eso que algunos denominan eufemísticamente “pragmatismo”. En el gobierno de la “meritocracia” resulta paradójico que este funcionario llegue a un ministerio, mientras que la competitividad del país se ve retrasada por las coloniales vías de comunicación que sufren cada vez que hay invierno, el atraso de algunos puertos y aeropuertos, la inoperancia del sistema fluvial o el desempleo campante.
Pero para alivio de muchos, esta Consejería cerrará sus puertas. Con el megáfono mediático que tiene el mandatario Uribe, anunción que recortaría el gasto estatal para sofocar la crisis económica que vive el país mediante el cierre de oficinas inoperantes, entre ellas, la del actual Ministro. Pero ese recorte del presupuesto no toca las partidas destinadas al gasto militar, pues la “seguridá (sic) democrática” es el caballito de guerra para los seis años que restan ala actual gobierno. Los cambios realizados no son más que el arraigo de los males del país, que van más allá de los nuevos narcos o los que relevan a “Tirofijo”, aquellos mismos que sirvieron a Uribe para llegar al solio de Bolívar, mientras que la sociedad, asustada y perdida en el miedo, será presa de aquellos que tienen respuestas fáciles.

Tropicalismo Mutante

El pensamiento está subvalorado, casi proscrito, en una sociedad mercantilizada que se acostumbró sin pena a tasar el precio de las personas, de sus ideas o de sus propias vidas
La sociedad colombiana presencia cada noche un espectáculo mediático saturado del triste legado del narcotráfico, del que parece enorgullecerse y hasta añorarlo. Los capos opulentos y violentos, el poder estatal corrompido, las mujeres siliconadas y oxigenadas que encontraron la plusvalía de la belleza exuberante, las armas como justificación final ante la carencia de ideas y esas grotescas demostraciones de la alcaloide abundancia, han penetrado el inconsciente colectivo de la sociedad. Estos estandartes sociales son, erradamente, las nuevas características de la identidad nacional; de esa ambigua identidad tropical que insistimos en buscar en Miami.
Aparecen series donde los protagonistas son los mismos narcotraficantes, ya sea asesinados, presos o viviendo los beneficios de un trato con la DEA. Por ninguna parte se ven los testimonios de las víctimas, las familias desintegradas por el miedo y la desolación, los líderes asesinados que los enfrentaron con valor y dignidad. Sus testimonios son tristes anécdotas que no pasan del melodrama ante lo que significa la penetración cultural de los traquetos. Muchos desean imitarlos, sus corridos suenan en las tiendas de barrio como hazañas dignas de imitar y aquel que tiene la forma de hacerlo, hace un despliegue ruidoso de su poder lumpen, ya sea en una discoteca, centro comercial, un semáforo o la fila de un banco. El respeto por los derechos de los demás son violados por estas personas con una grosería desafiante, justificados en sus armas, escoltas, camionetas, mujeres, vestimenta y lenguaje. Tan importante ha sido su influencia que son imitados por militares, políticos y hasta el mismísimo presidente de Colombia se comporta como tal. (El caso de la “auto-chuzada” donde afirmaba “le doy en la cara, marica” es elocuente)
Las víctimas siempre serán una cifra, un grupo etéreo que siempre está luchando solitario, sin rostros ni voz. Para un periodista como Guillermo Cano Isaza hubiese sido inaceptable la política periodística de RCN, la “para-política” o el oscuro episodio de Yidis y Teodolindo. Pero Guillermo Cano es un recuerdo para los periodistas y su familia, pues la sociedad difícilmente recuerda la importancia que tienen estas personas para la sociedad. La consigna para este tipo de personas es “Pienso, luego exilio”.
El pensamiento está subvalorado, casi proscrito, en una sociedad mercantilizada que se acostumbró sin pena a tasar el precio de las personas, de sus ideas o de sus propias vidas. El inmediatismo heredado por esa nefasta ralea de maleantes, ha permeado las actuales generaciones; todo lo quieren rápido, sin importar las consecuencias ni lo que haya que hacer, así esto signifique traspasar los propios valores, las leyes o las barreras éticas. El aprecio por el trabajo es una extendida virtud social si no aparece una oportunidad de hacer dinero rápido.
Más allá de las miles de disertaciones que pueden surgir a partir del fenómeno del narcotráfico, es hora de plantear una nueva forma de mirar y afrontar nuestro destino como sociedad, frente a un mundo más globalizado y pobre; donde en cada rincón del planeta parece estallar una crisis que amenaza con expandirse. El paradigma del narcotráfico es un triste sino en nuestra historia, pero es el momento de sobreponerse a él y comenzar la construcción de una sociedad autocrítica, encaminada en un gran proyecto nacional, esa idea que ronda desde la década anterior que se resume en el “acuerdo sobre lo fundamental”, que no es más que el respeto por la vida, aquello que desdeñó el narcotráfico, desde Escobar, hasta Rojas, ese coleccionista de manos.

Un naufragio anunciado

La caída de la reforma política para depurar la influencia terrorista en el Congreso, pone en evidencia la incapacidad de las mayorías gobiernistas para tomar distancia de los votos, manchados de sangre, que los llevaron al Capitolio

Alojar esperanzas ante situaciones adversas y devastadoras, casi apocalípticas, es síntoma de estupidez y carencia de sensatez. La suerte de la reforma política estaba sentenciada desde la semana anterior; se sabía que no pasaría el debate en las comisiones ni llegaría a la plenaria. Sin embargo, al no sorprender la muerte del proyecto, tampoco deja de lamentarse el hecho de perder una inmejorable oportunidad para corregir el camino en el que se ha desviado la democracia colombiana.
La caída de la reforma política para depurar la influencia terrorista en el Congreso, pone en evidencia la incapacidad de las mayorías gobiernistas para tomar distancia de los votos, manchados de sangre, que los llevaron al Capitolio. Queda en claro que el gobierno ni su brazo parlamentario están dispuestos a perder el poder que detentan con cinismo, pues les permite manejar el país como mejor convenga a sus oscuros intereses e ignorando la independencia de los poderes.
Aseguradas las mayorías, pasará la re-reelección que desajusta el equilibrio democrático, sin importar las sospechas que existen sobre dicha bancada y los partidos que la conforman. Se salvarán partidos como Colombia Democrática, del primo de Uribe Vélez, Convergencia Ciudadana, cuyo actual presidente (Samuel Arrieta) se ausentó durante el último debate, Alas-Equipo Colombia, con muchos de sus parlamentarios vinculados con la “parapolítica” y por supuesto Cambio radical y el Partido de la U. Con el terreno legislativo allanado, pasarán alevosamente todos los adefesios y abominaciones que de allí puedan emanar para romper el equilibrio de los poderes.
Radicalizadas las posiciones, el debate se hace monótono, pues las ideas desaparecen y son reemplazadas por provocadores disparates que atraen los micrófonos y desvían la atención de lo esencial. Ejemplo de esto son las infortunadas palabras de Piedad Córdoba, quien elevó al Olimpo de los próceres al mismísimo “Tirofijo”, allá mismo donde está empecinado en llevar José Obdulio Gaviria a Uribe Vélez II.
Tampoco hay voluntad de los partidos por depurarse, ya que esto va en contra se la naturaleza de las maquinarias electoreras que aprovechan la ventaja de arroparse bajo la égida del caudillo sibilino. Los rancios resabios politiqueros y electorales tomarán mayor fuerza al sentirse legitimados por un gobierno que prometió acabarlos, lo que terminará en beneficio de la insensata re-reelección.
La reforma política, si bien no era la solución mágica para acabar con la actual crisis, permitía un espacio para la evaluación al int6erior de los partidos que generara una reflexión encaminada a enaltecer la democracia, es decir la representación de los habitantes de la nación. Como sociedad, Colombia es un país incapaz de evaluarse ni confrontarse, que no asume la responsabilidad de sus actos, inmersa en el medioevo gubernamental que se vive desde hace seis años.

Foto: Diego Caucayo-EL TIEMPO