Un naufragio anunciado

La caída de la reforma política para depurar la influencia terrorista en el Congreso, pone en evidencia la incapacidad de las mayorías gobiernistas para tomar distancia de los votos, manchados de sangre, que los llevaron al Capitolio

Alojar esperanzas ante situaciones adversas y devastadoras, casi apocalípticas, es síntoma de estupidez y carencia de sensatez. La suerte de la reforma política estaba sentenciada desde la semana anterior; se sabía que no pasaría el debate en las comisiones ni llegaría a la plenaria. Sin embargo, al no sorprender la muerte del proyecto, tampoco deja de lamentarse el hecho de perder una inmejorable oportunidad para corregir el camino en el que se ha desviado la democracia colombiana.
La caída de la reforma política para depurar la influencia terrorista en el Congreso, pone en evidencia la incapacidad de las mayorías gobiernistas para tomar distancia de los votos, manchados de sangre, que los llevaron al Capitolio. Queda en claro que el gobierno ni su brazo parlamentario están dispuestos a perder el poder que detentan con cinismo, pues les permite manejar el país como mejor convenga a sus oscuros intereses e ignorando la independencia de los poderes.
Aseguradas las mayorías, pasará la re-reelección que desajusta el equilibrio democrático, sin importar las sospechas que existen sobre dicha bancada y los partidos que la conforman. Se salvarán partidos como Colombia Democrática, del primo de Uribe Vélez, Convergencia Ciudadana, cuyo actual presidente (Samuel Arrieta) se ausentó durante el último debate, Alas-Equipo Colombia, con muchos de sus parlamentarios vinculados con la “parapolítica” y por supuesto Cambio radical y el Partido de la U. Con el terreno legislativo allanado, pasarán alevosamente todos los adefesios y abominaciones que de allí puedan emanar para romper el equilibrio de los poderes.
Radicalizadas las posiciones, el debate se hace monótono, pues las ideas desaparecen y son reemplazadas por provocadores disparates que atraen los micrófonos y desvían la atención de lo esencial. Ejemplo de esto son las infortunadas palabras de Piedad Córdoba, quien elevó al Olimpo de los próceres al mismísimo “Tirofijo”, allá mismo donde está empecinado en llevar José Obdulio Gaviria a Uribe Vélez II.
Tampoco hay voluntad de los partidos por depurarse, ya que esto va en contra se la naturaleza de las maquinarias electoreras que aprovechan la ventaja de arroparse bajo la égida del caudillo sibilino. Los rancios resabios politiqueros y electorales tomarán mayor fuerza al sentirse legitimados por un gobierno que prometió acabarlos, lo que terminará en beneficio de la insensata re-reelección.
La reforma política, si bien no era la solución mágica para acabar con la actual crisis, permitía un espacio para la evaluación al int6erior de los partidos que generara una reflexión encaminada a enaltecer la democracia, es decir la representación de los habitantes de la nación. Como sociedad, Colombia es un país incapaz de evaluarse ni confrontarse, que no asume la responsabilidad de sus actos, inmersa en el medioevo gubernamental que se vive desde hace seis años.

Foto: Diego Caucayo-EL TIEMPO
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