Tropicalismo Mutante

El pensamiento está subvalorado, casi proscrito, en una sociedad mercantilizada que se acostumbró sin pena a tasar el precio de las personas, de sus ideas o de sus propias vidas
La sociedad colombiana presencia cada noche un espectáculo mediático saturado del triste legado del narcotráfico, del que parece enorgullecerse y hasta añorarlo. Los capos opulentos y violentos, el poder estatal corrompido, las mujeres siliconadas y oxigenadas que encontraron la plusvalía de la belleza exuberante, las armas como justificación final ante la carencia de ideas y esas grotescas demostraciones de la alcaloide abundancia, han penetrado el inconsciente colectivo de la sociedad. Estos estandartes sociales son, erradamente, las nuevas características de la identidad nacional; de esa ambigua identidad tropical que insistimos en buscar en Miami.
Aparecen series donde los protagonistas son los mismos narcotraficantes, ya sea asesinados, presos o viviendo los beneficios de un trato con la DEA. Por ninguna parte se ven los testimonios de las víctimas, las familias desintegradas por el miedo y la desolación, los líderes asesinados que los enfrentaron con valor y dignidad. Sus testimonios son tristes anécdotas que no pasan del melodrama ante lo que significa la penetración cultural de los traquetos. Muchos desean imitarlos, sus corridos suenan en las tiendas de barrio como hazañas dignas de imitar y aquel que tiene la forma de hacerlo, hace un despliegue ruidoso de su poder lumpen, ya sea en una discoteca, centro comercial, un semáforo o la fila de un banco. El respeto por los derechos de los demás son violados por estas personas con una grosería desafiante, justificados en sus armas, escoltas, camionetas, mujeres, vestimenta y lenguaje. Tan importante ha sido su influencia que son imitados por militares, políticos y hasta el mismísimo presidente de Colombia se comporta como tal. (El caso de la “auto-chuzada” donde afirmaba “le doy en la cara, marica” es elocuente)
Las víctimas siempre serán una cifra, un grupo etéreo que siempre está luchando solitario, sin rostros ni voz. Para un periodista como Guillermo Cano Isaza hubiese sido inaceptable la política periodística de RCN, la “para-política” o el oscuro episodio de Yidis y Teodolindo. Pero Guillermo Cano es un recuerdo para los periodistas y su familia, pues la sociedad difícilmente recuerda la importancia que tienen estas personas para la sociedad. La consigna para este tipo de personas es “Pienso, luego exilio”.
El pensamiento está subvalorado, casi proscrito, en una sociedad mercantilizada que se acostumbró sin pena a tasar el precio de las personas, de sus ideas o de sus propias vidas. El inmediatismo heredado por esa nefasta ralea de maleantes, ha permeado las actuales generaciones; todo lo quieren rápido, sin importar las consecuencias ni lo que haya que hacer, así esto signifique traspasar los propios valores, las leyes o las barreras éticas. El aprecio por el trabajo es una extendida virtud social si no aparece una oportunidad de hacer dinero rápido.
Más allá de las miles de disertaciones que pueden surgir a partir del fenómeno del narcotráfico, es hora de plantear una nueva forma de mirar y afrontar nuestro destino como sociedad, frente a un mundo más globalizado y pobre; donde en cada rincón del planeta parece estallar una crisis que amenaza con expandirse. El paradigma del narcotráfico es un triste sino en nuestra historia, pero es el momento de sobreponerse a él y comenzar la construcción de una sociedad autocrítica, encaminada en un gran proyecto nacional, esa idea que ronda desde la década anterior que se resume en el “acuerdo sobre lo fundamental”, que no es más que el respeto por la vida, aquello que desdeñó el narcotráfico, desde Escobar, hasta Rojas, ese coleccionista de manos.
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