El cierre de un paréntesis

Se cree erróneamente que la democracia es el gobierno de la mayoría; es, ciertamente, el respeto a las minorías amparadas bajo una ley –que en Colombia es la Constitución- el pilar fundamental de cualquier nación que de proclame democrática. La popularidad, disparada por la liberación de Ingrid Betancourt y el grupo de militares, no debe ser usada por Uribe para paras sobre la ley, esa que ha jurado respetar dos veces. Un tercer juramento y se cumplirá la profecía que vaticina la crucifixión del Estado de Derecho.

La ansiedad ha sido calmada por la alegría. La felicidad de escribir el feliz retorno a la libertad de 15 secuestrados no se puede describir en la inmensidad de esta hoja. El regocijo de saberlos vivos a pesar de la crueldad de sus captores obnubila la reflexión; el análisis se transforma en una labor titánica debido a la impaciente espera para verlos caminando, llorando, riendo, tratando de retomar la vida en el momento donde la dejaron, de cerrar un tristísimo paréntesis que se asemeja a la peor de la pesadillas.
El retorno a la libertad, imperceptible, frágil e invisible, se hace tan valiosa como la misma vida. El certero golpe que terminó con la liberación de 15 secuestrados, custodiados por unos de los frentes de las FARC que están bajo el mando de “Mono Jojoy”, destacado por seguir la línea guerrerista, es un ataque letal a uno de los punto neurálgicos de la estructura de las FARC. El golpe resquebraja seriamente la nueva estructura del Secretariado que está desde hace menos de tres meses bajo el comando de Alfonso Cano, y que además, ha perdido a tres de sus miembros.
La sagacidad y astucia con la que se planeó y ejecutó la acción de inteligencia, trajo desde los confines de las selvas la felicidad a 15 familias. Esta operación militar afecta seriamente la estrategia militar y el ánimo de las tropas insurgentes. A la desaparición de figuras relevantes como “Alfonso Cano”, “Negro Acasio”, “Iván Ríos” y “Manuel Marulanda”, se suma la deserción de “Karina”; hechos que seguramente tendrán a los miembros del grupo guerrillero contemplando varias opciones. Ojalá que entre aquellas posibilidades esté la salida negociada al conflicto, pues cuatro décadas de guerra no los han llevado a la anhelada toma del poder popular, sino que por el contrario, se dejaron seducir de la extorsión, el secuestro y el narcotráfico.
El rescate desnudó serios problemas en el interior de la estructura de las FARC como la incomunicación de su estructura central, el debilitamiento de las tropas por el acoso de las Fuerzas Militares (FFMM), que ha atacado dramáticamente la distribución de suministros, medicamentos y armamento. Esta situación debe afectar seriamente la moral de las tropas guerrilleras, que están unidas más por el miedo del fusilamiento revolucionario que por las rancias ideas que las inspiraron. Una desventaja de este golpe es la creciente desconfianza de los mandos medios del grupo armado, que los hará aún más recelosos con cualquier intervención extranjera o cualquier mediación internacional. La tensión dentro de los campamentos podría ser fatal para los que aún permanecen secuestrados.
Sin embardo, resulta paradójico que mientras las FFMM defienden la democracia con actos tan heroicos, Uribe, comandante supremo, la resquebraje. Aún retumba la absurda propuesta del referendo para repetir las elecciones presidenciales del 2006, como un acto de megalomanía caudillista, donde el líder se siente blindado por el poder del pueblo para erigirse como el mesías que acabó con el mal, mientras que el vulgo legitimará cualquier exceso para exterminar –según palabras de Holguín Sardi- a las FARC. El triunfo militar ha restado protagonismo al episodio de la “yidis-política”, tema en el cual coinciden la oposición y el Gobierno: su actuación como congresista siempre ha sido rechazada. Pero la mesura debería prevalecer en medio de la euforia patriótica que surge en estas ocasiones, que tendrá su epítome el próximo 20 de julio. El nacionalismo no aflora como un sentimiento de pertenencia e identificación a unos claros principios éticos y sociales, sino que están unidos a la tragedia y la guerra.
Se cree erróneamente que la democracia es el gobierno de la mayoría; es, ciertamente, el respeto a las minorías amparadas bajo una ley –que en Colombia es la Constitución- el pilar fundamental de cualquier nación que de proclame democrática. La popularidad, disparada por la liberación de Ingrid Betancourt y el grupo de militares, no debe ser usada por Uribe para paras sobre la ley, esa que ha jurado respetar dos veces. Un tercer juramento y se cumplirá la profecía que vaticina la crucifixión del Estado de Derecho.
El drama de los secuestrados aún persiste, debido a que muchos continúan allá en medio de las selvas y montañas, a la espera de que llegue la buena suerte antes que la muerte. Esa tragedia, que se ha difundido por medio de los programas radiales sin protagonismo o lástima, buscan brindar un espacio de comunión entre los secuestrados y sus familias; y ha visibilizado el drama que viven estas personas. La radio ha sido un constante compañero para aquellas personas que ríen en la oscuridad de la selva, encadenados a un árbol, como lo relató Ingrid. Mientras que en la otra orilla mediática, el cubrimiento de la noticia se destacó por la reiterativa verborrea que se propaga como virus en los periodistas, donde se hace evidente la falta de formación, autocrítica y discreción. El “síndrome de la chiva” deteriora la capacidad de análisis, la mesura en los comentarios y no permite al periodista ver el árbol, pues el bosque noticioso no se lo permite.
Mientras que aparecen más reflexiones y baja la espuma de la euforia, la guerrilla seguirá con mayores incertidumbres, desconfianzas y terquedad. El Secretariado seguirá aferrado a las pocas fichas que le restan para tomar relevancia internacional y contemplará una salida dialogada y negociada. Sin embargo, la sociedad colombiana no debe seguir el ejemplo de las FARC, porfiada en la idea de creer que una vez desmovilizada la guerrilla, el país será un remanso de paz. Es importante atacar las desigualdades sociales que crearon semejante monstruo hace cuarenta años: el hambre, la ignorancia, la desigualdad e injusticia no pueden prevalecer en una nación que de dice democrática.
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