Otra marcha antiséptica

Sobresale en estas marchas la algarabía y ese ambiente festivo, que caracteriza eso que es ser colombiano, ante la ausencia de compromisos reales e ideas efectivas y ajustadas a la compleja realidad nacional
Nuevamente la sociedad se manifiesta en las calles y balbucea un mensaje inobjetable: No más secuestros. Es imposible oponerse a un mensaje tan claro y una idea tan básica. El día siguiente la nación caminará oronda entre la desesperación y la falta de un proyecto común que marque distancias con la violencia; mientras que el orgullo patriótico servirá de patente de corso para que muchos otros continúen la idea de “refundar la patria” como lo propuso el ideario paramilitar.
Esa misma sociedad no debería contentarse con un par de manifestaciones masivas al año, sino que las protestas serían casi diarias, pues las profundas heridas que tiene el país se agudizan con la indiferencia en las calles y la inoperancia del gobierno nacional y local. Porque esa es otra característica de esta nación adolescente colombiana, que pretende expiar sus problemas con una cómoda marcha el domingo de la fiesta de Independencia, sin involucrarse a fondo en las problemáticas sociales que alimentan el clima de violencia que acompaña la nación desde su conformación, cuando llegaron los conquistadores españoles en la feroz búsqueda de El Dorado y arrasaron estas tierras. Antes que las FARC o el ELN se constituyeran en esa absurda máquina del terror que no ve colmada su voracidad, hubo la Guerra de los Mil Días, la época de la Violencia y todas esas microguerras de tipo partidista. Pero claro, como buen adolescente solamente importa el presente, sin mirar el pasado ni medir las consecuencias en el futuro, siempre desde la cómoda posición de señalar los problemas (si acaso un pobre asomo de compasión) y continuar adelante sin reparar en los problemas, fiel al refranero popular: pa lante ni pa coger impulso.
Aparecen con descarado oportunismo artistas que se jactan de ser colombianos, pero viven en Miami o España desconectados de las múltiples realidades del país, sufriendo el hecho de ser colombianos de una manera higiénica, pues evitan conocer los problemas y se tranquilizan con los mensajes que traen los amigos que han visitado la tierrita recientemente. Esas multitudes de personas que se denomina gente bien son la misma cáfila de compatriotas que sueña con trabajar incansablemente en el extranjero y para ocupar esa amplia franja de la clase media en España, Australia, Inglaterra y Estados Unidos, cuyo arribismo los desconecta de las realidades que se pueden palpar en cada esquina o semáforo de cualquier ciudad, en fin que viven en un mundo donde solamente se pueden relacionar con gente bien, igual que ellos, en las mismas marchas antisépticas que no se untan de sangre, miedo ni pobreza, que solamente busca la garantía de poder disfrutar de unas vacaciones por carreteras que destacan por tener un derrumbe en cada curva.
Sobresale en estas marchas la algarabía y ese ambiente festivo, que caracteriza eso que es ser colombiano, ante la ausencia de compromisos reales e ideas efectivas y ajustadas a la compleja realidad nacional, para combatir la injusticia social que genera hambre y miseria, los dos elementos que tradicionalmente han aportado la mayor cuota de violencia y muerte a la historia del país. Aunque es reiterada la idea, siempre va a ser necesario reconocer que acabadas las guerrillas y los paramilitares, es de obligatorio cumplimiento luchar con las injusticias sociales que alimentan incesablemente la guerra en el país.
Hay otras voces que se unen a la de los secuestrados: Las voces de los desaparecidos de los paramilitares extraditado de los que nunca se sabrá su paradero, de los miembros masacrados en el genocidio de la UP, de aquellas víctimas de la violencia estatal que, al sentirse legitimada con estas fatuas marchas, acuden a cualquier método para acabar con los guerrilleros, las voces de los campesinos acosados a diario por el miedo a la guerrilla para callar o servir de puente de inteligencia, de los niños que entran a las filas de cualquier ejército irregular porque no hay mejor futuro, de las familias que ante el acoso de la miseria abandonan la yuca y el maíz por la coca, la voz del medio ambiente que recibe 65 gramos de residuos tóxicos por cada gramo de cocaína elaborada en las selvas del país, las voces de miles de mujeres abandonadas y sus hijos que crecerán resentidos por no conocer su padre, de los niños violados y maltratados en sus hogares y la voz de aquellos que sienten que no todo está bien, que tienen un miedo latente por este ambiente unanimista que proscribirá la crítica y la duda.

In extremis: ¿Alguien está cansándose de la “Ingridmania y del molesto ambiente clasista que se está formando en torno a ella? Agradezco cualquier respuesta.

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