Run like hell

Los aborrecidos villancicos que aún retumban el último día de diciembre se confunden con el solitario estallido de la pólvora, aunque esté prohibida. El licor ha corrido desde la tarde para asegurar la tradicional borrachera de fin de año, mientras que la música revienta en cada cuadra para crear un excesivo ambiente festivo que desconoce los límites y no permite un espacio para la reflexión. La barahúnda crea un espacio sórdido donde la concentración es un trabajo arduo para tener la mente en claro y así elaborar una sesuda lista de deseos para el año nuevo. Afloran la reflexiones autocompasivas y esperanzadoras, la lista inicia con los deseos tradicionales de encontrar un mejor empleo, viajar a lugares espléndidos y esas interminables razones que darán sentido a la vida durante los próximos 366 días. Aparece un compromiso ineludible: correr la media maratón de Bogotá, el 27 de julio parece tan distante que resulta una aspiración que se puede posponer. Finalmente la fecha se aproxima y la ansiedad se hace una compañera que me animará durante la carrera, con el riesgo de no saberla manejar el día de la competencia y malgastar mis energías.
Al mirar atrás y revisar el cronograma de entrenamiento, cumplido al pie de la letra, surgen recuerdos y motivos. En mi mente trato de reconstruir la historia que me tiene aquí, en medio de una multitud de atletas, esperando la hora de salida para correr junto a cerca de las 45 mil personas que corren este año. La película que rueda en mi mente a toda velocidad, mientras que la adrenalina fluye hasta el punto de percibir el crecimiento de los árboles sembrados en la carrera séptima, es en realidad un filme muy malo. No tiene ninguna escena épica, ni secuencias de entrenamiento como las de Rocky, ni mucho menos un complejo drama psicológico que obliga al protagonista a soslayarse con la sangre de mininos callejeros. El personaje resulta ser un personaje anodino, normal y muy aburrido que se levanta a correr en las madrugadas, se alimenta para mejorar su rendimiento, trabaja, almuerza, estudia, llega a su casa con pan, leche y huevos para el desayuno, lee un rato antes de acostarse, se lava los dientes y repasa lo que el programa de entrenamiento le tiene preparado para el siguiente día. Esporádicamente va al cine cuando algo le llama la atención y bebe ocasionalmente. De semejante personaje no se puede hacer una historia truculenta, pues el exceso es atractivo en la morbosa actualidad. Sin embargo está allí, sintiéndose un ser plenamente feliz, debido a que se sabe entrenado a conciencia; además ya tiene un deseo que tachar de la lista de marras.
El “llamado del atletismo” no llegó por una revelación divina o manifestación teológica, simplemente fue una actividad que surgió por una serie de evento afortunados que lo hacen decir con orgullo “soy atleta”. Al crecer se dejan actividades y actitudes juveniles que se creían vitales para la existencia, la rumba y la vida nocturna era una de esas cosas que consideraba inegociables cuando fuera adulto. No fue una decisión que tomara con plena conciencia, más bien fueron una serie de circunstancias que lo llevaron a tomar distancia de un mundo estancado y egocéntrico, como lo es el mundo de la noche. Al verse reflejado en hombres de 40 años comportándose como adolescentes, sintió un pesado horror existencial y pasó del bando de los epicúreos (cuya existencia tiene como centro el placer) para mutar en el lobo estepario de Hesse.
Circunspecto y taciturno, el hecho de estar desempleado lo obligó a medir cada uno de sus gastos, y fue el sector de la rumba el primero en sufrir el recorte. Los miles de amigos que creía tener desaparecieron simultáneamente con el apretón presupuestal de las finanzas, la verdad, era solamente un cómplice nocturno que era aceptado por el hecho de estar allí, pero nunca recibí una llamada preguntando acerca de mi salud, si existía aún o me había convertido a alguna iglesia con telepredicador incluido.
Cuando el destino cruzaba su camino con alguno de ellos simplemente le hacían sentir en tono burlón que aún era aceptado. Aparece entonces una propuesta loca: jugar fútbol los domingos. Si algo le gusta en esta vida es el fútbol. Siempre lo ha vivido con respeto y le gusta jugarlo intensamente, aunque fuera trasnochado y con el sol a plena intensidad durante dos horas. Basados en estos hechos, comenzó a trotar en las mañanas para poder correr más, recordaba las rutinas de entrenamiento en la universidad con la profe Miryam Guerrero y llegaba a su casa pletórico de júbilo por haber corrido dos kilómetros. Al siguiente año apareció una propuesta más irracional que la anterior: jugar fútbol los domingos a las seis de la mañana. La loca sugerencia vino de Edwin Vera, el primo que ha estado junto a él, tal vez sin saberlo, en los momentos más difíciles de su vida; solamente espera poder estar a su altura cuando él lo necesite.
La primera mañana de fútbol madrugador fue particularmente extraña. La ciudad amanece distinta tras la noche sabatina de sodoma y gomorra. Los borrachines que están en las esquinas dormidos en sus pies, las putas amanecidas y ebrias que desean encontrar un último compañero que invite desayuno, los gorilas de los amanecederos calmando a los buscapleitos de último momento y el taxista que busca pescar un último cliente, contrastan con los policías perfumados y las enfermeras con rostro inexpresivo que buscan trabajar un domingo sin mayores sobresaltos, pero por lo visto en las zonas rosas, es una posibilidad lejana. Al terminar el partido solamente se preguntaba: “que estoy haciendo”. Sin proponérselo, estaba comenzando a razonar como adulto, ya no era más un jovenzuelo despreocupado. Una de las nuevas responsabilidades era la de tener un buen estado físico, pues Raúl, el policía, y José Manuel, un ejecutivo de multinacional, tenían una buena resistencia y técnica, mientras que yo pasaba el Niágara en bicicleta para contenerlos y de paso soportar la gritería del “Yoryi”, el líder del grupo.
Pasado el tiempo, su hermana llegó del rural con un regalo especial para él: una bicicleta, que a pesar de ser artesanal y carecer de cambios es actualmente una de sus posesiones más preciadas. La bicicleta le permitió recorres varios sitios para encontrar un lugar donde correr, hasta que finalmente encontró el Parque Timiza. Sus primeras visitas allí fueron en un trote suave, estiramientos y abdominales; pasados algunos meses ya tenía una rutina de ejercicios que acabaron con la barriga que asomó en él. Por aquella época mi hermana entró en la etapa de hacer ejercicio y entramos a un gimnasio, donde potencializó muchas de las cosas que actualmente pone en práctica durante los entrenamientos. Pero a pesar de tener cierta cultura deportiva no encontraba una plena satisfacción en el gimnasio, tal vez el exceso de musculaturas y rubias artificiales van en contravía de esa característica reflexiva e introspectiva de su carácter. No juzgo las motivaciones que llevan a unos u a otras a los gimnasios, pues soy el primero que aplaude a una persona que dedique algún tiempo de sus día a alguna actividad física; tal vez era una incompatibilidad de caracteres, usado para excusar un matrimonio fallido. Al vencer los tres meses volví al parque con la intención de no perder mi estado físico.
Allí aparecería en parque nuevamente con sus puertas abiertas, reconocía con facilidad los habituales visitantes y volvía a trotar nuevamente es sus pistas. Iniciaba el 2007 y la única motivación para correr era el cotejo dominguero, mientras que con el paso de los meses comenzaba a sentir los avances en mi cuerpo. Apareció la posibilidad de correr por primera vez una carrera, y que mejor oportunidad que la carrera del último domingo de julio. Al llenar en recibo de consignación no señalé lo que quería correr, así que tomé la decisión frente a la persona que me atendió ese día: 10 kilómetros, pues la media maratón se hacía imposible de cumplir. Al leer las vallas que dicen “hace un año no podía terminar, ahora no puedo parar”, sonríe con un plena y confesa complicidad.
Ahora el protagonista era yo. Aquella primera carrera la recuerdo con más cariño que la mejor de las fiestas, y tal vez aún sienta los efectos de la adrenalina de ese día, pero recuerdo minuciosamente cada uno de los detalles de ese día: el desayuno, la curiosidad, la primiparada de ir al baño cinco minutos antes de la partida y las lágrimas que deshielan el alma cuando se llega a la meta. El efecto de la endorfina perdura un año después y me anima cuando faltan menos de cinco minutos para las diez y las ganas de arrancar es un deseo colectivo en medio de esta mancha multicolor.
En el segundo semestre del 2007 aparecieron otras competencias atléticas patrocinadas por reconocidas marcas deportivas, en las que se aprende algo nuevo y se va adquiriendo la experiencia necesaria para entender el lenguaje del propio cuerpo, que a pesar de ser nuestro vehículo de contacto con el mundo, lo desconocemos por completo. A esa altura del año el entrenamiento era una cita ineludible, incluso había llegado al extremo–y no exagero- de ser dominado por mis piernas o la adicción a la endorfina. Correr se ha convertido en parte vital de mi vida, la egolatría se ha transformado en la responsabilidad con mi propio cuerpo y mi salud. No se que sería de mí sin el atletismo, pues se ha constituido en un refugio para mi mente en tiempos aciagos, un espacio íntimo en el cual estoy conmigo mismo y la naturaleza, un rato en el que reflexiono acerca de muchas cosas, donde trato de ordenar las ideas y una actividad que me hace sonreír a pesar de las bofetadas de la vida. Mientras que el aire helado de la mañana penetra mi cuerpo, siento que a pesar de las adversidades vivo todavía y la aventura de la vida se construye cada día. El peso de los problemas me demuestra que soy más fuerte de lo que creía, pero también hay momentos de inestabilidad y fragilidad en los que la cautela y la discreción son una orden de obligatorio cumplimiento.
Esa fragilidad se manifestó con una aguda infección intestinal en la semana anterior al ascenso a la Torre Colpatria, el edificio más alto de Colombia. Porfiado y contumaz, llegué a la cita con el juramento de abandonar la subida de escaleras si me sentía mal. Al llegar a la terraza comprendí lo que era la grandeza, el espíritu amenazaba con salírseme por boca y nariz, mientras que , casi sin notarlo, mis pies tocaban ligeramente el suelo y veía que de mis tobillos aparecían unas alitas que me llevarían al Olimpo como mensajero de los dioses. Simplemente lo había logrado, el tiempo era lo de menos. La ciudad estaba bajo mis pies, pero era necesario descansar y disfrutar del fin de año.
La lista de deseos para el año que inicia ya tenía una nueva responsabilidad y restaban tan sólo dos minutos para a añadir un logro más en aquella lista colmada de ilusión. La pésima película inicia con las primeras mañanas del mes de enero de este año, donde por una enfermedad asociada al estrés, estuve sometido a una serie de intensos controles y exámenes médicos que confirmaron que tenía una tensión emocional. Con la acumulación de kilómetros esa tensión desapareció de la misma forma en que llegó: imperceptible, mis preocupaciones se diluyeron en el ácido láctico. Tenía algo más que las ganas de entrenar: unas zapatillas nuevas y la idea de correr por una causa. Las zapatillas eran las alitas de Hermes, la idea de correr por una causa fue una sugerencia que apareció en un mensaje de facebook que me caló profundamente, pues había encontrado una vía para concretar una antigua aspiración: ayudar a quien lo necesita. Hay dos cosas que detesto en aquellos que posan de ser revolucionarios y contestarios: la terquedad y quedarse cruzados de brazos. Mientras que la personalidad de un atleta es crítica, analítica e introspectiva, porque conocen el valor del proceso, el método y la evaluación, otras persona son impulsivas e irreflexivas y se niegan a reconocer sus equivocaciones porque confunden carácter con contumacia y se arraigan en el error.
“Correr por una causa” es la oportunidad de compartir algo que disfruto tanto como un buen libro; actividades que a pesar de ser solitarias, siempre se está dispuesto a compartirlas con la humanidad. Sin embargo, el apoyo de las personas es uno de los elementos más difíciles de lograr, ya que se cree que siempre va a desaparecer alguna parte del dinero. Razones no les sobran al ver el manejo de los dineros públicos, pero es un reto que asumo con cariño por el bienestar de todos.
El entrenamiento se va convirtiendo en un hábito fundamental de la vida. El correr a diario se fue colando con inusual sigilo en las costumbres diarias. Todo comienza a girar alrededor de las dos horas de carrera: las actividades comunes se acomodan a los horarios de entrenamiento, la comida está pensada en el desarrollo físico y en que se convierta en el complemento perfecto de los ejercicios del día, desaparecen el licor y el tabaco, las consultas en Internet están dedicadas a leer información que permita mejorar el ritmo de carrera, el sueño y el descanso son parte fundamental del entrenamiento y la justa recompensa a un día de trabajo. Al sonar el despertador es obligatorio observar el cielo para determinar la ropa adecuada para ese día, el frugal desayuno es un ritual tan importante como las oraciones para los religiosos y la llegada al parque determina un día más en el calendario de entrenamiento. Cuando llega la llovizna durante la carrera y se disfruta de ella o cualquier tramo es bueno para caminarlo, ya se puede decir que se es un corredor.
Como se dijo al principio, en la película no hay escenas entrenamiento sobrenatural ni secuencias en cámara lenta, pero alojo la esperanza de subir por las míticas escaleras de Filadelfia, aquéllas que inmortalizaron al Stallone boxeador hace ya treinta años. Cada semana tenía su pequeño desafío, desde ese mañana en que hice el primer fondo de 50 minutos continuos hasta los 21 kilómetros en solitario. Cada domingo, o lunes festivo, exploraba nuevas rutas, tomaba tiempos sistemáticamente hasta llegar a detestar a ni muñeca izquierda por unirse al enemigo con cronómetro y pulso de caucho que se rehusaba a decirme tiernas mentiras. De no ser por la inobjetable verdad del tiempo, nunca habría mejorado para atreverme a correr la media maratón.
Sin embargo, las novatadas estaban al orden del día. El precio en ampollas que tuve que pagar por estrenar unas zapatillas nuevas es algo que mis pies aún no olvidan, las noches en que trasnochaba e insistía en entrenar para terminar al borde del colapso en plena reunión con decano y junta directiva, los dolores en las piernas por creer que el estiramiento no era tan importante como mi cansancio o la leyenda atlética del “sobreentrenamiento” que se hizo realidad en los días previos a la carrera, son detalles que más que recordarlos con resentimiento, los rememoro con sorna. Retumba en mi cabeza el coro incesante que grita ¡NOVATO!, solamente se acalla cuando se escucha el disparo de partida.
La multitud avanza lentamente pero excitada, las sonrisas y los gritos de batalla van animando las primeras zancadas. Retumban los tambores de Totó La Momposina cuando cruzo por el punto de partida mientras el reloj me advierte que los delanteros me llevan más de tres minutos de ventaja. Las zancadas son cancinas y cortitas, parece que trato de imitar a un bebé dando sus primeros pasos en la larga carrera de la existencia, símil recurrente en mi vida que me recuerda que la filosofía atlética está insertada en mi forma de vivir. Me agrada ver tanto público a lo largo del recorrido, saber que se puede inspirar a un sedentario a salir a caminar mañana temprano y mejorar sus hábitos de vida, es otra forma de ayudar a la humanidad a partir de una vida. Cuando el sol se hace presente, trato de ubicar la cabeza de carrera, pero sólo veo un río multicolor que busca una meta lejana. Es la hora de correr, aunque se siente el lastre de la última semana donde se hizo un leve trote debido a una dolencia en mi rodilla izquierda y un amago de pubalgia que prefiero no descuidar.
La hidratación es una parada obligatoria ante la fuerte presencia del sol, que se manifiesta con su tradicional aporte de calor de los domingos en la mañana. A la altura de la calle 45 aparece mi entrañable amiga Sonia, quien junto a su hija Valentina, grita a mi paso (otro detalle de ella, que con su tierno carácter me anima a no abandonar el camino de vida que llevo y quien, además, me ayuda silenciosamente a seguir adelante siendo fiel a mí mismo). El tiempo ha pasado a ser lo de menos, pero al girar en la calle 72 sé que no llevo un buen tiempo. Hay mucha gente, el calor junto con el dolor de la rodilla me obligan a controlar el paso, pues la meta aun está lejos. El la glorieta de la calle 100 el calor es duro, el agua y la carpa de Gatorade son objetivos ineludibles durante el resto de la carrera. Al llegar a las calle 122 he completado la hora de carrera, debo reducir el ritmo y buscar un segundo aire. Al estar dentro de este rebaño atlético se siente el antiguo sentido de comunidad que permitió al ser humano convertirse en el animal dominante del planeta, pero paradójicamente, el dolor en las piernas y la espalda me demuestran que no somos invencibles, que la humildad está tan perdida que ya parece un mito más. Al tomar la última gran recta, de más de cinco kilómetros, el sol de medio día se abalanza sobre todos aquellos atletas que solamente buscan llegar a la meta, que resignados buscan su propia meta y romper su propia marca, según dice el lema de la carrera de este año. Inevitable es ignorar aquella voz interior que te dice: que estás haciendo aquí, si no vas a ganar nada, detente y abandona, pero el recuerdo de esas madrugadas gélidas, lluviosas, brumosas y la cara de satisfacción después de superar los días más adversos, agilizan las zancadas y ponen la mente en las piernas. El mensaje es claro: Ya vamos a llegar. Aparece a los lejos la maldita rueda de Chicago, se ve tan lejana que los pasos no son suficientes para alcanzarla, se necesita algo más que correr, solamente la persistencia y la paciencia otorgarán a los atletas esa bendición que emerge como un paliativo terminal: ÚLTIMO KILÓMETRO.
Ya no es necesario mirar atrás, solamente pienso en todos aquellos espontáneos que ayudaban a repartir el agua –en especial los niños-, en las ancianas que gritaban con mayor vigor que muchos jóvenes que estarían durmiendo el guayabo, en aquellos dos atletas que corrían sin zapatillas y contradecían la tiranía de las casas deportivas que lanzan la última tecnología para mejorar la eficiencia deportiva a unos precios exorbitantes, en ese ícono de las carreras que se disfraza del Chapulín Colorado, en los scouts que animaban en el último kilómetro, en mis abuelas que me acompañan desde el cielo. En los últimos cien metros pensé que este dolor no era comparable con el de los secuestrados que están pudriéndose en la selva, ni con aquellos para quienes la vida es una prueba diaria más ardua que los 21 kilómetros. No resta espacio para la soberbia ni rencores, el dolor de mis piernas y el agotamiento que siento al pasar la meta me demuestran lo fatuo de estos sentimientos; la vanidad se hace inútil y mi ego ha comprendido que hace parte de un gran universo que seguirá su camino si yo desaparezco.
El descanso es lo único que busco, un estiramiento y el banquete que tengo en la maleta son mi única preocupación. Al llegar a casa recibo el cariño de mi familia y un buen almuerzo tras el baño son mi mejor premiación. El agotamiento me tiene bloqueada la mente para escribir. Al día siguiente, entre el común dolor de piernas y el retorno a la rutina semanal, despierto extrañado al no sentir mi pecho hinchado por correr, sino más bien me siento ligero. No veo a nadie debajo de mí, soy conciente de que tan sólo soy un atleta aficionado que disfruta corriendo, pero esto no me hace mejor ser humano ni más admirable, simplemente es una parte de mi ser que está incrustada en mí como las costillas o mi obsesión con ser fiel a lo que pienso. Creo que más allá del tiempo de carrera (1:43:14), una medalla y una bonita camiseta, gané en calidad humana durante este año. Comprendí que se debe mejorar día tras día, que toda meta es el fin de un proceso y el inicio de otra aventura, tal vez romper la marca de este año o atreverme a correr la maratón con sus 42.192 metros. Pero si duda alguna, mi gran premio fue el de haberme conectado con mi esencia para saber que las metas en la vida se logran paso tras paso, reconociendo las limitaciones y obstáculos que puedan surgir. Solamente me queda un agradecimiento con el hecho de correr: cada paso que daba me alejaba de la locura y la desesperación, comencé huyendo de muchas cosas, ahora busco nuevas metas.
Soundtrack: Run Like Hell. Pink Floyd y Where the streets have not name de U2
Fotos: Mario Mesa y Conexion Colombia
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Un pensamiento en “Run like hell

  1. Yairsito como estas?? nos separan algunos kilómetros, pero he seguido casi todos tus pasos en la carrera, te felicito, desde mi lindo país te mando un besito, y deseo que sigas adelante con todas las metas que te traces de aquí en adelante..Estoy planeando ir el proximo año a fines de julio, espero que te dejes ver no? byepaola villar

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