Archivo | agosto 2008

El valor de la resistencia

La muerte por fin ha ganado la lucha al escritor ruso Alexander Soltzhenitzyn. Tras una lucha incansable, la ultima compañera la logrado el cometido de llevarse a este magnífico escritor. Es una afrenta tratar de resumir su vida en unas pocas líneas, mas si se tienen en cuenta las múltiples fuentes de información biográfica, literaria o ideológica, es un ejercicio al que reto al lector. Más allá de las consideraciones estéticas o artísticas, Soltzhenitzyn vivió en una constante lucha consigo mismo tratando de ser fiel a sus principios.
Fiel a la tradición literaria de Tolstoi y Dostoyevsky, Soltzhenitzyn penetró con su prosa en las infinitas y profundas contradicciones sociales de un sistema paquidérmico que alimentaba al pueblo ruso entre el miedo, el orgullo nacionalista y un eficiente sistema represivo, tan disímil del aparato burocrático de la Unión Soviética. La búsqueda de personajes que representaban a la perfección las vicisitudes del sistema comunista era, supongo, una labor sencilla, que se complicada seriamente al momento de ponerlos a interactuar como individuos de una misma nación. La diversidad de la antigua URSS solamente respondió a una estrategia geopolítica por el control de territorios estratégicos y sus recursos naturales, dentro de la Guerra Fría.
Tal variedad de personas se plasman en las novelas de Soltzhenitzyn, para demostrar las inequidades de un sistema que se preciaba de ser justo e imparcial, donde hasta la muerte estaba establecida como un terno proceso que se confundía entre las cartas, sellos oficiales y aprobaciones del funcionario –in-competente. La misma muerte vio como Soltzhenitzyn escapaba a su encuentro, aun cuando las circunstancias favorecían a la nívea adversaria.
Como prisionero sobrevivió a las penurias de ser un contradictor del sistema, de atreverse a señalar las deficiencias del Estado y las contradicciones ideológicas del Secretariado del Partido Comunista. Como contradictor se vio recluido en un Gulag, aquellos campos de concentración destinados a los desquiciados, inconformes y traidores que osaban señalar los errores del gobierno de turno, que para esta época era Stalin. Las cifras oficiales estima que fueron cerca de 10 millones de personas las que murieron en aquellos campos de exterminio, donde no solo se desvanecía la vida, sino también flaqueaban las ideas.
Tras sobrevivir al Gulag, Soltzhenitzyn sobrevivió al cáncer y a la tortura que significa ser atendido por un sistema de salud donde es más importante el gerente que el médico sabio o la enfermera curtida de conocimiento por los años. “El Pabellón de los Cancerosos” no recrea solamente el martirio al que se someten los enfermos, sino también las desavenencias de una serie de personas que provienen de cada rincón del imperio, perdidos en una lejana ciudad del interior de la Unión Soviética. Pero lo más apasionante es la manera en que en cada uno de sus personajes afloran cientos de sentimientos encontrados y llenos de contradicciones y conflictos, pues así es la naturaleza humana cotidiana. Tras sobrevivir a semejantes pruebas, aprovecha el juego de la Guerra Fría y se exilia en Estados Unidos.
Más allá de la experiencia de lucha ante la muerte, el premio Nobel de Literatura o su retorno a Rusia en 1994, exalto de Soltzhenitzyn el ejemplo de resistencia y se fidelidad a sus principios, el último refugio para aquellas almas que creen que la vida es algo más que la frenética carrera por acumular riquezas, escalar socialmente o llenar los vacíos existenciales con ideas de dios, nacionalismo, poder y fama. Paz para quien brindará compañía con sus libros a muchas almas que saben que lo último que puede traicionar una persona es su esencia.

Transmilenio, vergozoso ejemlo nacional

Frente a estos absurdos consejos surgen las dudas acerca del sarcasmo o la idiotez de las mediocres élites criollas
Caer en lugares comunes es la pesadilla recurrente para cualquier escritor que pose de ser medianamente serio, pero es un riesgo entre los múltiples a los que está expuesto quien se atreve a exponer su opinión mediante la escritura en Colombia. A pesar de ser el menor de los peligros y estar ligado al rigor intelectual, es una forma rápida de encontrar un tema que inspire un escrito con tono editorial, mas si se tiene en cuenta el variopinto escenario que ofrece la realidad colombiana, tratar un único tema es un verdadero desafío.
La compleja red de informaciones, chismes, incautaciones, enfrentamientos armados, políticos presos, pírricas actuaciones deportivas, corrupción y matrimonios con tanta alcurnia que vaticinan no una tercera elección sino el establecimiento de una monarquía (“Los Ubérrimos” esboza algún sello), representan para quien escribe un gran obstáculo, pues sabe que debe tratar solamente un tema. Son tantas las cosas que se callan en medio de las estampida noticiosa, los datos que se omiten y tanta idea que se queda engatillada en la libreta de apuntes o frente a las pantalla del computador, no por el miedo o la omisión lisonjera, sino por la barahúnda de hechos que es capaz de aniquilar en un instante la noticia al inicio de la semana.
He seguido comedidamente la llamada “Reforma Política” que con tanto orgullo preside el gobierno actual, inspirada en un destacado grupo de personas que se hacen llamar con desparpajo “Los Notables”, denotando un espíritu soberbio que no representa ningún peligro para las tradicionales clases dominantes del país. Dicha reforma (así, en minúscula) resultó ser un adefesio que no pasa de ser un esperpento retórico que no toca siquiera los temas neurálgicos que han afectado tradicionalmente al país. Frente a temas tan coyunturales como el de la “parapolítica”, que se presenta como una oportunidad única e irrepetible para dar un cambio revitalizante y digno a la política nacional, los notables prefieren “hacerse pasito” con sus coetáneos, alegando que no se debe arriesgar la estabilidad de las instituciones y la democracia. Frente a estos absurdos consejos surgen las dudas acerca del sarcasmo o la idiotez de las mediocres élites criollas. Mientras tanto, la Presidencia aplaude a rabiar estos rescoldos de sabiduría y enfila al ministro del interior Valencia Cossio para que le ponga la cara al asunto, así su cutis necesite un tratamiento con igual urgencia que la ética del actual congreso.
Valencia Cossio, que siempre ha sido servidor público, sabe que en la política más la burocracia es más fuerte que las ideas. Él conoce los resabios de esta cáfila de políticos que apoyan incondicionalmente la gestión de Uribe sin importar conceptos como “equilibrio de poderes”, “estado laico”, “respeto a los derechos humanos” o “desarrollo económico”, e incluso llegan a groseros casos de lambonería como el de la saliente presidenta del Senado, Nancy Patricia Gutiérrez, en su discurso del pasado 20 de julio, donde propone sin ruborizarse el tercer mandato de Uribe Vélez. Valencia Cossio sabe que la voracidad de los congresistas no se compara a la de Gargantúa, pero tiene el manejo del estado para calmar su glotonería burocrática. Sabe que para sacar adelante las “reforma que la patria necesita” solamente basta con aplicar el sistema Trasmilenio. Lo que importa es que todos lleguen a un mismo destino sin importar que falte el oxígeno, ni que se incremente el gasto público en tiempos donde la economía mundial pronostica tiempos difíciles. Los buses articulados son presentados como la solución del transporte que vino de la excelsa mente de Peñalosa, pero una ciudad con más de siete millones de habitantes y con una precaria infraestructura vial necesita de una solución más eficiente: el metro. Esta comparación sirve para demostrar que ante los momentos cruciales, donde las decisiones son el resultado de varias cavilaciones y propuestas, el país evita los cambios drásticos; se opta por dejar las cosas como están y dejar la solución para las generaciones futuras, quienes terminaron conformando grupos guerrilleros, paramilitares y mafias narcotraficantes.
Tal vez es esa ideología evasiva es la que tiene a Uribe en el curibito de las encuestas, pues la capacidad de la sociedad civil se limita a dejar en manos del presidente las decisiones, a vociferar cualquier arenga nacionalista –que se está haciendo insoportable- o marchar apoyando cualquier causa con tufo gobiernista. Esa misma sociedad es a la que no le importa que muchos de los políticos presos por la “parapolítica” hayan apoyado a Uribe, que las oscuras maniobras de Yidis y Teodolindo hubieran sido tejidas por funcionarios del Gobierno, que cada vez que se conocen más detalles de la operación “Jaque” crezca la figura del “Crimen de Guerra” que significó el uso de los emblemas de la Cruz Roja, que el paro camionero afecte sus bolsillos, ni que se manipule la justicia para que esos políticos que llegaron al Congreso con la sangre de muchos colombianos estén nuevamente es sus curules reclamando sus onerosos sueldos.

In extremis: Si Íngrid Betancurt se fijó en la figura del Ché Guevara que tenían algunos de los miembros de la operación de rescate, ¿tampoco se fijó en el emblema de la Cruz Roja, del cual negó su presencia durante el Consejo Comunal en el que terminó su rescate y el de los demás secuestrados?