Transmilenio, vergozoso ejemlo nacional

Frente a estos absurdos consejos surgen las dudas acerca del sarcasmo o la idiotez de las mediocres élites criollas
Caer en lugares comunes es la pesadilla recurrente para cualquier escritor que pose de ser medianamente serio, pero es un riesgo entre los múltiples a los que está expuesto quien se atreve a exponer su opinión mediante la escritura en Colombia. A pesar de ser el menor de los peligros y estar ligado al rigor intelectual, es una forma rápida de encontrar un tema que inspire un escrito con tono editorial, mas si se tiene en cuenta el variopinto escenario que ofrece la realidad colombiana, tratar un único tema es un verdadero desafío.
La compleja red de informaciones, chismes, incautaciones, enfrentamientos armados, políticos presos, pírricas actuaciones deportivas, corrupción y matrimonios con tanta alcurnia que vaticinan no una tercera elección sino el establecimiento de una monarquía (“Los Ubérrimos” esboza algún sello), representan para quien escribe un gran obstáculo, pues sabe que debe tratar solamente un tema. Son tantas las cosas que se callan en medio de las estampida noticiosa, los datos que se omiten y tanta idea que se queda engatillada en la libreta de apuntes o frente a las pantalla del computador, no por el miedo o la omisión lisonjera, sino por la barahúnda de hechos que es capaz de aniquilar en un instante la noticia al inicio de la semana.
He seguido comedidamente la llamada “Reforma Política” que con tanto orgullo preside el gobierno actual, inspirada en un destacado grupo de personas que se hacen llamar con desparpajo “Los Notables”, denotando un espíritu soberbio que no representa ningún peligro para las tradicionales clases dominantes del país. Dicha reforma (así, en minúscula) resultó ser un adefesio que no pasa de ser un esperpento retórico que no toca siquiera los temas neurálgicos que han afectado tradicionalmente al país. Frente a temas tan coyunturales como el de la “parapolítica”, que se presenta como una oportunidad única e irrepetible para dar un cambio revitalizante y digno a la política nacional, los notables prefieren “hacerse pasito” con sus coetáneos, alegando que no se debe arriesgar la estabilidad de las instituciones y la democracia. Frente a estos absurdos consejos surgen las dudas acerca del sarcasmo o la idiotez de las mediocres élites criollas. Mientras tanto, la Presidencia aplaude a rabiar estos rescoldos de sabiduría y enfila al ministro del interior Valencia Cossio para que le ponga la cara al asunto, así su cutis necesite un tratamiento con igual urgencia que la ética del actual congreso.
Valencia Cossio, que siempre ha sido servidor público, sabe que en la política más la burocracia es más fuerte que las ideas. Él conoce los resabios de esta cáfila de políticos que apoyan incondicionalmente la gestión de Uribe sin importar conceptos como “equilibrio de poderes”, “estado laico”, “respeto a los derechos humanos” o “desarrollo económico”, e incluso llegan a groseros casos de lambonería como el de la saliente presidenta del Senado, Nancy Patricia Gutiérrez, en su discurso del pasado 20 de julio, donde propone sin ruborizarse el tercer mandato de Uribe Vélez. Valencia Cossio sabe que la voracidad de los congresistas no se compara a la de Gargantúa, pero tiene el manejo del estado para calmar su glotonería burocrática. Sabe que para sacar adelante las “reforma que la patria necesita” solamente basta con aplicar el sistema Trasmilenio. Lo que importa es que todos lleguen a un mismo destino sin importar que falte el oxígeno, ni que se incremente el gasto público en tiempos donde la economía mundial pronostica tiempos difíciles. Los buses articulados son presentados como la solución del transporte que vino de la excelsa mente de Peñalosa, pero una ciudad con más de siete millones de habitantes y con una precaria infraestructura vial necesita de una solución más eficiente: el metro. Esta comparación sirve para demostrar que ante los momentos cruciales, donde las decisiones son el resultado de varias cavilaciones y propuestas, el país evita los cambios drásticos; se opta por dejar las cosas como están y dejar la solución para las generaciones futuras, quienes terminaron conformando grupos guerrilleros, paramilitares y mafias narcotraficantes.
Tal vez es esa ideología evasiva es la que tiene a Uribe en el curibito de las encuestas, pues la capacidad de la sociedad civil se limita a dejar en manos del presidente las decisiones, a vociferar cualquier arenga nacionalista –que se está haciendo insoportable- o marchar apoyando cualquier causa con tufo gobiernista. Esa misma sociedad es a la que no le importa que muchos de los políticos presos por la “parapolítica” hayan apoyado a Uribe, que las oscuras maniobras de Yidis y Teodolindo hubieran sido tejidas por funcionarios del Gobierno, que cada vez que se conocen más detalles de la operación “Jaque” crezca la figura del “Crimen de Guerra” que significó el uso de los emblemas de la Cruz Roja, que el paro camionero afecte sus bolsillos, ni que se manipule la justicia para que esos políticos que llegaron al Congreso con la sangre de muchos colombianos estén nuevamente es sus curules reclamando sus onerosos sueldos.

In extremis: Si Íngrid Betancurt se fijó en la figura del Ché Guevara que tenían algunos de los miembros de la operación de rescate, ¿tampoco se fijó en el emblema de la Cruz Roja, del cual negó su presencia durante el Consejo Comunal en el que terminó su rescate y el de los demás secuestrados?

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