La dulce ruptura

Los hábitos son una compleja armadura contra la locura que produce la desesperanza; al sentir que se tiene el control de la propia vida frente a la adversidad, la sensación de saberse el único responsable de la existencia otorga una inusitada tranquilidad en medio de la angustia de ver un nuevo amanecer con el corazón henchido por el pesimismo.
De manera imperceptible, los hábitos van encasillando los aspectos más sencillos del diario vivir hasta moldear, soterradamente, los horarios y costumbres que toman una importancia vital para la existencia. Al fallar alguno de esos detallitos, la rutina se hace extraña, distante y lejana; se llega al extremo de sentirse en una vida ajena. Por supuesto que hay costumbres que no afectan más allá del fuero personal, como el compulsivo cepillado de los dientes, la fascinación que produce en otros el mirarse al espejo o el solitario placer onanista. Algunos espectadores de vidas extrañas juzgarán con términos como locura, rareza, organizado o siciorígido; pero cada quien tiene la decisión de optar por el camino que mejor le parezca o aquel que la vida va esculpiendo al paso de los días.
Cada cual encuentra una satisfacción en el seguimiento dogmático de su propio esquema; muchos, incluso llegan a descubrir por esta vía una forma de sentirse bien, agradecido consigo mismo por alejarse de la locura. En mi caso, la lejanía con la locura se puede medir por los kilómetros corridos cada mañana. La rutina otorga una sensación de dominio y control sobre la propia vida, la cual se hace sagrada y se convierte en la más preciada posesión de quien no tiene nada más que perder.
De pronto, como un gran estruendo que retumba a lo lejos en un día soleado de fin de semana, el mensaje de que no se puede tener todo bajo control, llega con un tono apocalíptico. Hay sucesos trágicos que cambian inevitablemente el carácter de una persona, profundos golpes que penetran los más inhóspitos rincones del alma para demostrar que vida y muerte caminan juntas; otros sucesos, en cambio, son tan serenos y tranquilos que su sigilosa presencia cambia la forma de ver la vida sin darse cuenta. Un día cualquiera se conmueve el alma al ver como el agua emana destellos luminosos con la luz del sol, mientras que el viento toca una sinfonía natural en las copas de los árboles reverdecidos, al tiempo que crea eriza sutilmente la superficie del agua, el aire frío congela la piel de la cara que luego el tibio sol de la mañana disipa cortésmente. Pequeños sucesos como estos animan a emprender la batalla diaria, sin fijarse detenidamente en los obstáculos o el mal genio, aquélla pandemia cultural que está extendida a manera de símbolo de estatus social. Porque estar ocupado es sentirse importante.
Dentro de este perfecto esquema de hábitos, costumbres y rutinas, aparece la más dulce manera de romper el orden establecido: Ella. Su voz. Su sonrisa. Su aroma. Su cabello. Su mirada propicia para naufragar. Sus labios colmados de esa temible amalgama de ternura y pasión. Sus manos ansiosa por acariciar. Su forma de sentir la vida que ratifica la idea que martilla en mi cráneo: mi corazón busca, equivocadamente, un alma gemela –igual a si misma-, donde no hay espacio para alguien distinto a mí. Con un beso o una mirada furtiva entre la multitud, se presenta ante mí como un cosmos diferente, ansiosa por sentirse centro de cariño y ternura. Queda desarmada toda prevención ante ella; ante ese universo concentrado en una mujer que trastoca todo el andamiaje; donde mas que víctima soy cómplice.
Confieso sin rubor que disfruto de esa dulce ruptura, que no hay espacio para el miedo o la duda, que volví a despertar en las madrugadas pensando en ella y retomo mi sueño con su recuerdo, que volví a ver el arcoiris en medio de la lluvia, el lodo y la polución ambiental. Confiesa mi corazón que delira con cada detalle de su ser, que celebra en cada error su naturaleza humana, que en sus labios el tiempo se hace lento. Confieso que al ver sus ojos mirarme, veo en lo profundo mi propia ternura, de la cual ella es dueña.
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