Entre la euforia y la depresión

El mundo en la actualidad parece ser muy distinto al que imaginaron los abuelos. Lejos de la panacea que prometían el progreso tecnológico y los avances de la ciencia, la humanidad está a la expectativa del cataclismo que marque el fin de una era, ante las desoladoras noticias que se generan en todas las partes del mundo. Hambrientos de signos que definan el rumbo hacia la sensatez y el bienestar colectivo de las sociedades, los hombres buscan con desesperación, y demasiada ingenuidad en muchas ocasiones, la solución mágica a los problemas que incrementan el peso de la angustia de vivir.
Luego de la caída del Muro de Berlín, que marcó el fin de la incertidumbre que significaron las cuatro décadas de Guerra Fría, no solamente el comunismo fue derrotado; paradójicamente la democracia fue derrotada para dar paso a la más brutal de forma de capitalismo. Tras la derrota del fantasma fascista que se desplegaba sobre Europa con sus doctrinas totalitarias, el mundo estaba en la balanza que suponía la disputa del Comunismo y el Capitalismo. Esta disputa tenía su escenario en el lugar del planeta que presentara una ventaja en el complejo juego geopolítico, en el que se disputaban los valiosos recursos naturales que aseguraban un desarrollo superior en la carrera industrial y armamentista, posiciones estratégicas para el control de vastos territorios y la posibilidad de abrir nuevos mercados para las gigantescas economías que estaban en contienda.
La democracia fue la gran damnificada tras la derrota del los países del Eje de la Segunda Guerra Mundial. Durante la Guerra Fría, tanto el capitalismo y el comunismo se dedicaron a auspiciar gobiernos que favorecieron sus intereses, sin medir las consecuencias de colocar en el gobierno personajes con una insaciable sed de poder inversamente proporcional a sus cualidades altruistas o filantrópicas. Uno de los ejemplos más contundentes es el de Estados Unidos cuando apoyó en la década de los ochenta a Afganistán contra la invasión rusa mediante el adiestramiento y entrenamiento de personajes como Osama Bin Laden, cabecilla del grupo terrorista que perpetró los atentados del 11 de septiembre de 2001. Esta fecha coincide con la trágica muerte de Salvador Allende en 1973, suceso que marcó el inicio de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile y la implantación del denominado “Plan Cóndor”, que buscaba frenar el despliegue del comunismo por la parte más al sur del continente americano[1]. La disputa ideológica que se desplegó por Europa, Asia y África poseía lamentables coincidencias como la instauración de regímenes totalitarios, la violación sistemática de los Derechos Humanos hasta llegar a extremos aberrantes y la proliferación de una campante corrupción que defendía los intereses de tradicionales círculos oligarcas.[2] El único vencedor en esta disputa es el libre mercado, la forma más salvaje de capitalismo.
Actualmente las señales del panorama mundial no son alentadoras ni presentan un panorama esperanzador de cara hacia al futuro. La inestabilidad del medio oriente es noticia constante a diario desde hace más de dos décadas, pues allí confluyen complejos intereses petroleros, armamentistas, religiosos y étnicos. La tragedia ambiental es inminente y en cualquier momento puede estallar una crisis económica que afectará como efecto dominó a las grandes y pequeñas naciones del orbe. Ante este panorama se hace comprensible el incremento del consumo de drogas contra la depresión en países industrializados como Estados Unidos.
A lo largo del transcurso de la historia se demuestra que el poder lo detentan las naciones que poseen un ejercito bien armado y entrenado, lo que cuestiona históricamente los ideales pacifistas, que son más bien resultado de ejemplos individuales y personalistas. El poder militar se ha basado en el miedo que genera la muerte. Pueblos de la antigüedad como Egipto, recia, Roma son muestra clara del poder que otorgan las armas, pasando por el ejército de Napoleón, las campañas de la Conquista española en América, las dos guerras mundiales y la guerra fría.
En los tiempos presentes, las confrontaciones armadas tienen una clara intención económica. En el epítome del capitalismo todo se puede negociar, sin importar que se camine sobre el terreno de la ilegalidad, pues en el mundo de los negocios la moral es una extraña y molestísima carga de la que hay que deshacerse fácilmente. No hay tiempo para consideraciones de carácter humanitario ni mucho menos ecológico, a no ser que ello represente un sensato beneficio económico para quien desarrolla alguno de estos planes. La voracidad y la opulencia de algunas sociedades contrasta con la precariedad de otras, que viven los estragos de la inequidad mundial.
La economía tiene el poder sobre la política, por lo que el panorama mundial se ajusta según las variaciones de la “Mano Invisible” que proponía Adam Smith. Cada vez que estalla una crisis en un mercado medianamente importante, las consecuencias se sienten en todas las partes del mundo, este “efecto mariposa” (parábola que habla de que el aleteo de las alas de una mariposa en China puede desarrollar un huracán en el Caribe) es una de las características que definen la “aldea global”, termino acuñado por Marshall McLuhan en la segunda mitad del siglo anterior. La crisis mundial de 1998 que se desencadenó por la crisis en las bolsas de los denominados “Dragones Asiáticos” (Corea, Malasia y Tailandia) a finales de 1997, se hizo sentir en esta parte del mundo en 1999, con especial fuerza en Brasil y Argentina, en este último país la crisis llevó a la renuncia del presidente Fernando de la Rúa. En Colombia se recuerda ese año como uno de los peores para el sector bancario, por lo que el gobierno de Andrés Pastrana convirtió el impuesto bancario del “tres por mil” en un tributo permanente para todas las operaciones bancarias.
Recientemente, la crisis norteamericana que se generó por la incapacidad de los deudores de pagar sus hipotecas tuvo importantes consecuencias en el mundo. En Colombia el precio del dólar varía como si estuviera montada en una montaña rusa, mientras que los exportadores de productos de segundo orden ven como disminuye la demanda de sus productos.
Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía y ex director del Banco Mundial, expone que la globalización está condenada al fracaso, pues los rápidos cambios climáticos y culturales, mediados por el vertiginoso ritmo de las comunicaciones, impiden hablar bien de sus beneficios. Otro de los puntos que evalúa es el aumento en el número de pobres en el mundo[3], la brecha entre tecnología y capitales y los capitales especuladores, que llegaron a desestabilizar la economía británica[4]. Desconoce Stiglitz que a los economistas puros no les importa mucho el factor humano, ni sus condiciones de vida.
En el mundo económico cualquier pretexto es válido para hacer dinero. Uno de esos ejemplos es la llamada “Guerra de Irak”, donde bajo la sospecha de que el gobierno de Saddam Hussein (antiguo aliado de los norteamericanos) estaba dedicado al oficio de elaborar armas químicas, se invadió a esta nación que tiene una de las reservas de petróleo más grandes del mundo, superada solamente por Arabia Saudí. Tras casi cuatro años, más de tres mil soldados y medio millón de civiles iraquíes muertos no se encuentra evidencia de las armas que se estaban fabricando. Sin embargo, el negocio de la reconstrucción de Irak y Afganistán beneficia a grupos económicos como Carlyle y Halliburton (Empresa petrolera de la cual Dick Cheney, actual vicepresidente, fue un importante directivo) que favorecieron con jugosos aportes las campañas de George W. Bus. La crueldad no es un asunto exclusivo de algún dictador de las Banana Republic o algún pintoresco gobernante africano, pues el gobierno norteamericano ha contratado firmas de seguridad privada para que apoyen misiones militares. La responsabilidad de estas empresas de la muerte es la de hacer el trabajo sucio para que los militares no sean juzgados por crímenes de lesa humanidad. Actualmente la contratista Blackwater está en el ojo del huracán en Washington por este tipo de actuaciones.
La guerra ha salido del terreno militar para pasar al campo económico. El célebre libro “La Guerra de las Colas” es un ejemplo que evidencia la certeza de esta afirmación. Las estrategias dejan de ser militares para ser masivas campañas publicitarias donde se dispara hacia un único blanco: el consumidor. El neoliberalismo es la nueva religión, donde se satanizan el fracaso y las consideraciones de tipo ético; sirve de justificación para las muertes por hambre, sed, pauperización de las condiciones laborales y enfermedades (el paseo de la muerte es un triste ejemplo). Términos como eficacia, productividad, proactividad, eficiencia y demás términos inventados para encantar serpientes, han cobrado una inusitada vitalidad en el tiempo presente, probablemente serán reemplazados por alguno más elegantes y con sonoridad anglosajona como coaching, outsourcing, etc. Las consecuencias para el medio ambiente son cada vez más evidentes, pero a las naciones industrializadas esto no parece importarles mucho. En la guerra todo vale, ya que es un excelente negocio.
Este negocio es que hala la carrera armamentista. Resulta confuso que terminada la Guerra Fría, el negocio de las armas siga repuntando año tras año. Probablemente los denominados “conflictos de baja intensidad” sean la respuesta a esta demanda de armas. La guerra económica no se rige solamente por la disputa de mercados objetivos o la creación de un novedoso producto de consumo masivo, sino también a las presiones económicas que los países ricos y los banqueros privados hacen a las naciones deudoras para que paguen sus deudas. Honeywell resume la situación de una nación que no puede paga su deuda: “Con la disminución de las importaciones, el país afrontaría una crisis para sostener su industria y su agricultura y, en muchos casos, carecería de suficientes alimentos para su alimentación. Tales penurias traerían profundas consecuencias sociales y políticas”[5] Aunque es una refinada forma de guerra los consecuencias no dejan de ser devastadoras para quienes las sufren, como la avalancha de privatizaciones en la década de los noventa o la “década perdida” en Latinoamérica. Durante la década de los ochenta en el siglo XX, los mercados mundiales crecieron de una manera asombrosa, pero en América Latina esta prosperidad nunca llegó, pues las naciones ricas como México, Brasil y Argentina dedicaron el dinero de los grandes préstamos a favorecer a los amigos cercanos al gobierno, lo que generó una descarada corruptela y sobrecostos en todos los megaproyectos que se construyeron; en Colombia, el Metro de Medellín triplicó su precio inicial y la nación pagara la deuda a través del bolsillo de los contribuyentes hasta el año 2080.
El choque de los gigantes comerciales es otra versión de las luchas del neoliberalismo. Uno de ellos es la puja por los mercados regionales de la telefonía celular en Latinoamérica entre la española Telefonica y la mexicana América Móvil. Esta empresas son unas grandes multinacionales que tienen una imagen corporativa consolidada y uniforme, con grande campañas comerciales de tipo global, que poseen una imagen distante a las realidades locales de cada país.
El único factor que determina la importancia del hombre en esta disputa es la muerte. Cuando la cifra de muertos se hace insostenible y escandaliza a los sectores cómplices, las alarmas y los dramatismos están a la orden del día. Resultaría excitante ver lo que pasa en una junta directiva cuando hay una profunda crisis bursátil, para comparar el drama humano con la angustia económica. No puede existir prosperidad nada más por el hecho de que sean vendidas camionetas que superan los 250 millones de pesos o porque se abren tiendas que exhiben relojes de 50 millones, mientras que hay desplazados y vendedores ambulantes en las esquinas pidiendo unas pocas migajas para subsistir.
La vidas tiene un macabro precio: el que pueda pagarlo asegurará su existencia, para otros la única vía es la muerte. Un ejemplo de esta práctica es la de la multinacional farmacéutica Bristol Myers, que presiona o soborna a los gobiernos africanos para que se opongan a la reducción de precios de los medicamentos que se utilizan para paliar el sufrimiento de los enfermos de Sida, en un continente que es el más azotado por esta enfermedad, mientras que el número de personas que ha muerto por esta causa asciende a dos millones de personas.
Otro capítulo que merece atención en la carrera farmacéutica tiene que ver con el afán de los laboratorios por vender medicamentos que curan enfermedades que están asociadas al paso de los años[6]. Ray Moynihan explica que los numerosos estudios que dan cuenta de enfermedades tradicionalmente asociadas al proceso natural de envejecimiento son patrocinados por los laboratorios que ofrecen el medicamento para aliviar dolencias como la artritis, la calvicie, la menopausia, la osteoporosis y las deficiencias cardiacas. Otra estrategia empleada es la de creara alarma ante los primeros síntomas o una pequeña muestra de debilidad para iniciar un innecesario, largo y costoso tratamiento. Muchas enfermedades del hombre moderno están asociadas al sedentarismo y los malos hábitos alimenticios, lo que se traduce en el deterioro de la calidad de vida desde la temprana edad. Mientras unos mueren por enfermedades relacionadas con la obesidad, otros lo hacen de desnutrición y hambre. Se paga con la vida por el facilismo y la inmediatez que ofrece el mundo moderno, donde la persona que sufre de estrés se eleva a la categoría de héroe, aunque a muchos solamente le preocupe la ardua tarea de sentirse importantes ante los demás, en proyectar la imagen de una persona exitosa.
El éxito se asocia fácilmente a las posesiones materiales, al constante apaciguamiento del deseo de comprar sin culpas ni preocupaciones. La publicidad centra sus esfuerzos en crear insatisfacciones a la persona, para hacerle sentir que no está en la vanguardia tecnológica y por lo tanto ya no le pertenece al mundo de la juventud, que es todo lo que rodea a una persona normal del mundo que viva en una gran ciudad, Bogotá para no ir más lejos. “No queremos ver nada en tus bolsillos cuando salgas del almacén, gástalo todo” es el mandamiento de los grandes almacenes según Vance Packard[7].
La juventud es la obsesión actual. Todos los estereotipos de belleza y salud se asocian a esta etapa de la vida. No basta solamente con verse joven, sino actuar como un eterno adolescente sin responsabilidades, preocupaciones ni medir las consecuencias. Solamente basta seguir el impulso, cruzar un par de miradas con alguien en un bar, un par de palabras y luego al frenesí sexual sin importar cuál es la persona. El amor se convierte en un mito como el vellocino de oro, buscado con más pasión que reflexión; tan esquivo y desconocido que una caricia o una palabra tierna se confunde con la veta de este sentimiento.
Britney Spears o Paris Hilton son paradigmas se ese insolente culto a la belleza adolescente. El pensar es aburrido porque te hace infeliz, solamente hay que vivir el momento en un ambiente de paz y amor donde no hay límites y el exceso parece ser la única meta. Beigbeder justifica así al mundo: “Nos drogamos porque el alcohol y la música ya no bastan para proporcionarnos el valor necesario para hablar entre nosotros. Vivimos en un mundo donde la única aventura consiste en follar sin condón ¿Porqué todos perseguimos la belleza? Porque este mundo es feo hasta la náusea” [8] El adolescente teme a al confrontación con la realidad y a asumir con valor el mundo, pues no es un buen lugar para vivir según como se lo cuentan los medios de comunicación como la televisión e internet. El mundo está en su adolescencia, pues la historia está llena de sangre, muerte y desolación gracias a los favores de las naciones “mas desarrolladas del planeta”
Estos íconos culturales que vienen desde Marilyn Monroe espetan un mensaje claro: no es necesario pensar para ser feliz. Porque los medios de comunicación y la publicidad define que pensar, que amar, que desear y que odiar. El resto de la angustia existencial solamente le compete a personas con serios problemas existenciales y siquiátricos.
Ante la avalancha informativa no se permite la reflexión ni el análisis. La evaluación de las situaciones será molesta siempre y la sensatez es declarada subrepticiamente como un herejía. En la alocada búsqueda de ideales resurge el nazismo en personajes con claro ascendente cundiboyacense, las bellezas latinas quieren dorar sus melenas, aclarar su mirada y esculpir sus cuerpos bajo el oneroso bisturí cosmético. El amor, siempre el amor, será usado como estandarte en la lucha por cualquier ideal. Amós Oz[9], escritor israelí reciente premio Príncipe de Asturias, cree que los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos son una forma de amor, pues Bin Laden desea un mundo mejor para la humanidad librándolo del “Gran Satán” que representa la nación gringa.
El gran mito es usado como excusa de bolsillo, como lo explica Zygmund Bauman, una manera instantánea y rápida de sentirse vivo. Una interesante analogía con el maíz de microondas, placer instantáneo sin remordimientos ni compromisos. Solamente es válido el amor con pasión y poca reflexión. Un matrimonio rápido, donde las parejas están más preocupadas por los electrodomésticos, el televisor, la sala, el comedor, que el color de las cortinas sea el apropiado para las paredes; sin contar el agite que implican las invitaciones, el vestidos, el sitio de la ceremonia, la luna de miel y la sincronización de los pajecitos con los acordes del grupo musical. Nada de esto tiene que ver con el amor, son solamente los artilugios que la sociedad le ha impuesto a un sentimiento tan anhelado como desconocido.
En esa batahola de vacíos existenciales en los que ha vivido el hombre desde el inicio de los días se ha profundizado en la actualidad con la soledad, que hacen del hombre un ser vacío, sin perspectivas ni esperanzas en un mejor futuro, desbordado los fines de semana y cuadriculado cuando usa corbata, quien solamente encuentra satisfacción en el consumo innecesario y fatuo, que oscila entre la euforia y la depresión tan rápido como consume un cigarrillo o esnifa una raya de cocaína. Sólo encuentra la vitalidad en los excesos para saber que hay una persona que habita dentro de sí. La fragilidad humana choca ante la avalancha tecnológica que hace de las personas seres calculadores y fríos, sin ninguna consideración por la situación de los demás.
La soledad puede ser la pandemia de la próxima generación, que como Jasón emprenderá la búsqueda de un mito son comprender los peligros que lo acechan en cada amanecer. La historia de la humanidad está ligada a la guerra y muchas de las tecnologías tienen su origen en el desarrollo de la industria bélica, es necesario rescatar la humanidad del interior de cada persona para enfrentar ese mundo hostil que reta a vivir días tras día con una sonrisa en el corazón y un ideal en el espíritu.
Más que la búsqueda de respuestas en el horóscopo o en la interminable literatura de autoayuda y autosuperación, debe prevalecer la razón asociada al sentido de comunidad, para que trabaje comprometida con ese inmeso muro, del cual solamente somos otro ladrillo.

Bibliografía
· BEIGBEDER, Federic. 13.99 Euros
· HITCHENS, Christopher. Juicio a Kissinger.
· HONEYWELL, Martín. La Crisis Mundial de la deuda. En Traficantes de la Pobreza.
· OZ, Amós. Contra el fanatismo. En “Sobre la naturaleza del fanatismo”
· PACKARD, Vance. The Hidden Persuaders.
· ROBLEDO CASTILLO, Jorge Enrique. www.neoliberalismo.com
· STIGLITZ, Joseph. Malestar en la globalización.
[1] HITCHENS, Christopher. Juicio a Kissinger.
[2] ROBLEDO CASTILLO, Jorge Enrique. Www.neoliberalismo.com
[3] Mientras que en el año 1990 habían 2710 millones de pobres en el mundo, para 1998 la cifra llegó a 2801 millones.
[4] STIGLITZ, Joseph. Malestar en la globalización.
[5] HONEYWELL, Martín. La Crisis Mundial de la deuda. En Traficantes de la Pobreza.
[6] Periódico El Tiempo, 11 de noviembre de 2007. Página 1-2.
[7] PACKARD, Vance. The Hidden Persuaders.
[8] BEIGBEDER, Federic. 13.99 Euros.

[9] OZ, Amós. Contra el fanatismo. En “Sobre la naturaleza del fanatismo”

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