Frenteskein Nacional

No hay día en que el ciudadano Uribe, quien ocupa la Casa de “Nari” desde hace seis años, sea protagonista noticioso o mediático. Ya sea con sus frecuentes ataques de ira, sus consejos de seminarista a punto de consagración, nadando en las aguas del Guatapurí o de visita en Washington, como lo estará la próxima semana tratando de gestionar el TLC en medio de plena campaña electoral gringa, todos los sucesos son objeto de un intenso cubrimiento que llega al hartazgo. La sobreexposición mediática es la base de su elevada popularidad, pues su gestión comienza a mostrar unas preocupantes fisuras.
Su constante opinión en temas íntimos, del fuero personal, confirman ese estilo paternalista que han aprovechado muy bien los caudillos históricos de la región, tan claramente plasmado por García Márquez en el Otoño del Patriarca. La furia desencadenada por alguna contrariedad o el error de algún funcionario local, fascina a una sociedad colmada de madres soleras o hijos sin padre, que ven en Uribe el reemplazo de esa figura ausente, que llega a ser venerada hasta convertirse en mito. No en vano están circulando una serie de libros que concentran la filosofía uribista en 25 volúmenes, elaborada por José Obdulio Gaviria, amanuense de tan fatua ideología.
Ese tono paternal, que emplea para dar declaraciones mansitas, fiel a su estilo caballista, contrasta con el que usa para espetar la furia contra sus críticos. Esos acostumbrados ataques de ira distan mucho de la figura presidencial que él representa; en este terreno quedan atrás la ideas y la discusión constructiva para usar la acostumbrada fórmula de elevar la voz, hacer amenazas, revolcar un pasado que tampoco le favorece y responder con evasivas. Más preocupaciones suscitan los ataques de los que son víctimas sus críticos, quienes son objeto de investigaciones minuciosas por parte del DAS (como ocurre con los miembros de la Corte Suprema de Justicia), campañas mediáticas de difamación (caso Rafael pardo y Carlos Gaviria) e irregularidades burocráticas como la tozuda decisión del INPEC de mantener a Yidis Medina en prisión, mientras que la justicia había determinado darle la casa por cárcel. Cosas de la dictadura civil que se ha establecido en el país durante los últimos seis años.
Dicha dictadura se ha fortalecido con el exacerbado patriotismo, aunque la selección de fútbol no aporte mucho a la causa. En este ambiente tricolor apareció un insoportable saturado y homogéneo “tropipop”, se enaltecieron artistas de “nuestra tierra” que viven en Miami, las manillas con la bandera del país se vendieron para decirles a los hijos de Uribe que lo que queremos es Salvarte, las marchas antisépticas con mensajes obvios se multiplicaron y hasta Juan Manuel Santos está elevado a la categoría de héroe nacional. Ese ambiente saturado de amarillo, azul y rojo generó un macartismo local que llegó al extremo de criminalizar el menor asomo de crítica o inconformismo. Cualquiera que en una reunión social llegue a criticar los efectos de la figura de Uribe en el país, se puede dar por bien servido si es ignorado y la conversación salta a otro tema sin pudor.
Ese nacionalismo anabólico es el mismo que aplaude a rabiar cualquiera de las peleas de Uribe. Sean las ONG, la oposición y todo aquel que cometa en pecado de señalar la desnudez del rey, las confrontaciones del presidente comienzan a despertar serios cuestionamientos acerca de la ebriedad de poder que está consumiendo a Uribe y no le permite gobernar con total dedicación asuntos que requieren mayor atención como la salud, las carreteras o la pobreza.
Cabe preguntarse si el país se estará cansando de tanta pelea o si Uribe en verdad necesita un descanso tras ocho años. Con la complicidad de unos medios de comunicación postrados ante la figura presidencial, fieles a la tradición política de arroparse bajo la égida del poder de turno y que exageran la presencia de Uribe en las pantallas y los radios, el Gran Hermano de Orwell deja de ser una mera ficción literaria.
Entre tanta declaración, extensas y acostumbradas entrevistas radiales, sus palabras siempre tiene un halo sibilino, contradictorio e incomprensible. Desde que era candidato se opuso a la reelección, para luego cambiar de parecer. Los áulicos que no están encarcelados propone una reforma reeleccionista para el 2014. Ésta será una mutación del histórico Frente Nacional, con una única ideología bajo la figura del neocaudillo latinoamericano que gobierna para fortalecer su propia figura. Cosas de la astucia política de esta parte del planeta.
In extremis: ¿Por qué el secretario Jurídico y de Prensa de la Casa de “Nari” estaban jugando al amigo secreto con los emisarios de “Don Berna” desde hace tanto tiempo, mientras que “Pacho” Santos (exiliado del poder) se dedica a usurpar las funciones de la Primera Dama?
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