Archivo | octubre 2008

Suenan timbres

“Suenan timbres” reza un escrito de Luis Vidales que presentía los pasos de una dictadura, aquél ejercicio personalizado del poder, exagerado e incapaz de respetar las leyes establecidas, que se justifica con la popularidad y amaña la ley a sus conveniencias personales
Si existe un fantasma que verdaderamente aterre a un escritor es permanecer sentado frente a una hoja en blanco, más si aquel pedazo de papel refleja la ausencia de ideas en la mente. Frente a la angustia creativa se recurre a tradicionales fórmulas, con el peligro de que esta fácil salida se convierta en un hábito que absorba la mente en el círculo vicioso de la mediocridad combinada con egolatría. Algunos podrían defender que en un país como Finlandia o Suiza es una verdadera proeza hablar de la cotidianidad, enmarcada dentro de la perfección y lo políticamente correcto; pero al estar viviendo en Colombia y su incansable realidad –que varía de la alegría a la tragedia sin atenuantes- el océano de temas es una fuente inagotable para cualquier crítico, intelectual, periodista o ciudadano avizor de la vida nacional.
Pero la cacofonía temática es evidente. Los temas son tan previsibles y las opiniones tan similares, que los más desesperados escritores lanzan temerarias y osadas teorías con tal de ser leídos, levantar polémicas tan descabelladas que no pasan de una simple frase cargada del afán figurativo, donde la fuerza argumentativa de desvanece entre frases sibilinas y vocablos entrados en desuso. Los temas son recurrentes desde hace dos décadas para Alberto Aguirre o Antonio Caballero, se les etiqueta de ser monotemáticos, pesimistas irredentos en el país movido por la pasión, de atacar a una clase de la que ellos mismos provienen, de ver siempre el pasado.
Al revisar la historia colombiana, no es necesaria una profunda y exhaustiva investigación para concluir que es la violencia originada por las profundas diferencias sociales entre los ricos y pobres el eje sobre el que se devela el rumbo de la nación. Desde la conquista, la independencia, las guerras partidistas, La Violencia, las guerrillas, narcoterrorismo y autodefensas, la exclusión ha marcado el inicio de unos conflictos que madura el tiempo, los hace más crueles y sanguinarios. Donde se creía que la bajeza humana había encontrado fondo, aparece un siniestro personaje que supera a sus antecesores.
Los mismo escritores que sólo ven el “vaso medio vacío”, descreen de las ventajas de vivir en la modernidad. El país no ha sido capaz de romper la tradición que la hace una nación inviable; no ha tomado distancia de la corrupción, ni de la discriminación y de la desmedida ambición que generó el narcotráfico. Cada día se ven más los casos de indolencia: los desplazados ahora son “migrantes”, los paramilitares que se burlaron de la desmovilización ahora son “Águilas Negras”, los otrora asesinos de motosierra se declaran víctimas de una sociedad indolente y resentida, los militares que ganaron sus medallas con la sangre de pobres y desempleados, reclaman compresión por su peculiar defensa de la ley, y en los últimos días, las voces de aquellos que se cansaron de esa misma indiferencia estatal, son acusados de estar patrocinados por la guerrilla u organizaciones extranjeras.
Los indígenas reclaman el respeto por sus tierras, que eran suyas desde antes de la llegada de Colón a este continente y que la presencia de la “seguridá democrática” sea permanente, pues solamente saben de las fuerza armadas cuando llega el ESMAD a asfixiar las protestas mediante la violación de los derechos humanos. Dichos escuadrones han robado, saqueado y saboteado construcciones civiles, cuando no es que las usan como centro de operaciones. En un país donde los héroes de verdad sí existen, mientras que son asesinados 13 líderes indígena en el Cauca, aparecen 20 jóvenes de Bogotá muertos en combate en Norte de Santander.
En el afán de acabar con la guerrilla se socava el Estado de Derecho que rige al país. No bastaron con la detenciones masivas en varias zonas del país, ni los falsos positivos que dejaron de ser casos aislados para convertirse en estrategia bélica; ahora cualquier voz que se alce en contra del Gobierno o cualquier disentimiento al clamor nacional es visto como una simpatía tácita a las guerrillas. Salen frente a los micrófonos reconocidos funcionaros repartiendo sospechas sobre todo aquel que manifiesta su descontento, acusando de ser simpatizante de las ideas de Marulanda o de “Raúl reyes”.
La protesta ha sido criminalizada, mientras que la sumisa mayoría del 85% obedece las directrices del presidente mesiánico sin chistar siquiera en el preocupante balance de su gestión durante los anteriores seis años. Cuando cualquier manifestación de descontento o el simple respeto por las leyes establecidas –de las que Uribe no es el mejor ejemplo- desencadena una reacción conocida como “furibismo”. Quien ocupa la “Casa de Nari” ha maltratado las altas Cortes de la Justicia cuando sus decisiones no se acomodan a sus pataletas de poder, muchos críticos han sido objeto de campañas de difamación y sucia propaganda, y, no contento, acomoda las leyes para obstaculizar la investigación de la “parapolítica”, una oportunidad para enfrentar la historia oscura de la nación en los tiempos recientes.
“Suenan timbres” reza un escrito de Luis Vidales que presentía los pasos de una dictadura, aquél ejercicio personalizado del poder, exagerado e incapaz de respetar las leyes establecidas, que se justifica con la popularidad y amaña la ley a sus conveniencias personales. Ojalá no resulte tan costoso en el futuro la derrota de las FARC para Colombia, pues ya se han irrespetado muchas veces la Constitución por la aprobación de dicho “articulito”. La única esperanza que tienen los escritores es sacrificar varias neuronas para encontrar temas de los que hablar, pues todos giran en el universo medieval donde el universo gira en torno a Uribe Vélez. Impaciente esperamos la llegada del Renacimiento y el texto de Lutero.

Amnesia democrática

Las encuestas en Colombia amenazan la democracia, que palidece ante una dictadura civil que cada día se hace más evidente, pero es incapaz de resolver los problemas estructurales de la nación, los mismos que históricamente han alimentado la violencia tradicional del país y han servido de incansable caldo de cultivo para todos nuestros males
Se asoma incólume el monstruo que ha azotado históricamente a las naciones cuando despuntan las primeras brisas democráticas: la dictadura. Esta forma de gobierno no aparece en Colombia con botas ni fusiles, sino con la figura de santo de pueblo que oculta una crianza de gamín (como él mismo lo afirma). Las cifras que miden el amor que el pueblo le profesa están por la nubes, tales ciudadanos se sienten seguros bajo la égida de este redentor que no conoce la conciliación ni la razón, por el contrario le apuesta a la astucia y el escamoteo político.
Escudado en la popularidad, que no significa legitimidad, el mandatario colombiano gobierna con tonos que se salen de la figura que él representa, mientras que el público aplaude a rabiar estas manifestaciones, pues las confunde con carácter. Mientras que grita y desafía como matón ebrio, el país real se desmorona por todos lados y los problemas urgentes son aplazados con la tradicional desidia burocrática que ha marcado la historia de Colombia. Los paros gremiales (camioneros, corteros de caña, juzgados) revelan una situación inquietante, donde subyace un descontento social que se propaga silenciosamente, a lo que el gobierno simplemente responde con teorías conspiradoras de la guerrilla, cuando no con el ESMAD, fuerza represiva de alta eficiencia y poco respeto por la sociedad.
Amparado por el enrarecido clima de agitación, el Gobierno decreta un desesperado Estado de Conmoción Interior para enfrentar los incendios que están iniciando en varias zonas del país. No es descabellado preguntar acerca de las segundas –quizás terceras y hasta cuartas- intenciones de las Casa de “Nari”, pues el candidato que usó como caballo de guerra el lucha frontal contra la corrupción y la politiquería es un avezado discípulo de estas deleznables maniobras. Son evidentes sus torpes intervenciones para obstaculizar la investigación de la parapolítica, las sombras que sobrevuelan sobre el trámite en el Congreso para aprobar la reelección y el descarado interés por facilitar la penetración de efímeros capitales extranjeros. La reforma a la justicia es una de sus obsesiones, pues tal vez la historia demostrará los alcances de la penetración paramilitar en la estructura estatal.
Las encuestas no hablan de las serias contradicciones del actual gobierno, que son tan preocupantes como repetitivos. Cada vez que aparecen hechos preocupantes para una sociedad madura y que se precie de ser demócrata (donde más que el poder de la mayoría, garantiza los derechos de las minorías), como los falsos positivos y el truque macabro de muertos por medallas, la influencia de las mafias en el estado, el aumento de la producción de drogas, las tradicionales inundaciones de abril y octubre, o el resurgimiento de grupos paramilitares, dicha sociedad debería desatar un debate profundo y crítico, sin que importen las encuestas de favorabilidad o que aparezca un oportuno drama nacional que idiotiza la sociedad.
Las encuestas en Colombia amenazan la democracia, que palidece ante una dictadura civil que cada día se hace más evidente, pero es incapaz de resolver los problemas estructurales de la nación, los mismos que históricamente han alimentado la violencia tradicional del país y han servido de incansable caldo de cultivo para todos nuestros males. Ante este desolador porvenir, el debate acerca de la reelección abandonó los campos del equilibrio de poderes y el peligroso caudillismo, para llegar a degenerarse a su conveniencia para el 2010 ó 2014. Dicha obsesión presidencial ha omitido debates acerca del fortalecimiento del clientelismo, la absolución de políticos por tecnicismos antes que por la demostración ineludible de la inocencia o el empobrecimiento del campo. La figura presidencial se hace omnipresente por unos medios cómplices, lambones y cobardes, que temen defender lo principios liberales de la prensa, cuya ética se diluye entre goles, farándula y periodistas estrellas. La saturación mediática inspira un liderazgo caudillista, típico en los dictadores de las republiquetas que tienen ciudadanos carentes de cualquier sentido de pertenencia al país, que no se debe confundir con el estúpido ejercicio de ponerse manillas tricolor, la mano al pecho cuando suena el himno o la comercialización de todo lo que sea de “nuestra tierra”.
El debate político –cuando lo hay- queda reducido al mítico caballista que no derrama un tinto mientras que se dedica a la chalanería, mientras que el país desperdicia oportunidades únicas para tratar de corregir su maltrecho rumbo.

Divide y reinarás

El asesinato de este menor sirvió para el vitrinazo del mayor politiquero de este país: Álvaro Uribe Vélez, quien no perdió la oportunidad para salir ante las cámaras para dar su santa bendición a la madre del menor asesinado, sino que también jugó sus cartas en el congreso y metió de contrabando una serie de artículos encaminados a perpetuarse en el poder dentro de la reforma política
Es una frase de Perogrullo aquella que reza: Divide y reinarás. Con maestría ancestral se sabe que mediante la fragmentación del enemigo es más sencilla su dominación; otra interpretación podría ser la de aprovechar una coyuntura, mejor aún si ésta es propiciada por el interesado en sacar lo mejores dividendos. Las actitudes que muestra tan histriónicamente Uribe Vélez con la desmedida complicidad mediática, señalan que no se deben escuchar sus palabras, pues sus acciones las contradicen.
El tema de la reelección tiene a áulicos y contradictores en la nueva tarea de descifrar cada una de sus palabras, gestos, tonos y miradas. Pululan analistas que desenmarañan cada unas de sus frases vacuas, con múltiples sentidos y exponen todo tipo de teorías, desde las más palaciegas hasta las extremistas de los contradictores. Es este enrarecido ambiente pre-electoral, aún cuando restan dos años a este gobierno, aparecen con frecuencia noticias cargadas de información inútil que parece servir con mayor eficacia a la farándula que al ciudadano de a pie, y en otras ocasiones estas notas son creadas desde el la presidencia con la evidente intención de desviar la atención acerca de otro tipo de realidades que afectarían una nación que se preciara de ser civilizada.
Conmovida la sociedad por el asesinato de un bebé de once meses por su propio padre, el lamentable espectáculo de los noticieros no hizo ningún esfuerzo por apartarse del melodrama y el patetismo. Abundaron las frases de cajón, miles de hipótesis conjuradas por algún fanático de aquellas series de televisión que gradúan a los televidentes como criminalistas y muchos políticos que vieron una oportunidad de oro para ganar publicidad electoral con el drama de esta familia, que no es un caso único, sino que es una triste costumbre la de descargar la violencia contra los niños, ya sea desde las agresiones verbales –que afectan su frágil autoestima- hasta los más aberrantes casos de violencia sexual.
Aparecieron los políticos a reclamar su parte del espectáculo y bramando por el cadena perpetua y hasta la pena de muerte. La iglesia, extrañamente, nunca se hizo sentir, tal vez porque las cárceles se llenarían de curitas y obispos mañosos de ser aprobada tan particular iniciativa. Las agresiones a los menores de edad, en especial los niños, no son una novedad que descubrió algún político visionario o que desea trabajar por el país que todos queremos; es una realidad que cobra mayor dramatismo al ver las cifras de desnutrición, de los menores que mueren por falta de un centro médico que se desvaneció entre las tinieblas de la corrupción y la alianza entre políticos regionales y grupos armados ilegales, de los analfabetos de los campos para quienes resulta más atractivo tomar las armas que un azadón o aquellas adolescentes que creen encontrar en un embarazo la oportunidad para escapar con decoro de las miserias de su propio hogar. El pequeño Luis Santiago Triana, es un número más ante este aterrador panorama, que alimenta los factores de violencia en el país.
El asesinato de este menor sirvió para el vitrinazo del mayor politiquero de este país: Álvaro Uribe Vélez, quien no perdió la oportunidad para salir ante las cámaras para dar su santa bendición a la madre del menor asesinado, sino que también jugó sus cartas en el congreso y metió de contrabando una serie de artículos encaminados a perpetuarse en el poder dentro de la reforma política. Aplauden a rabiar los simpatizantes o voltean la mirada los escépticos, que creen que el espejismo de Uribe es una jugada que juzgan de maestría y habilidad política, aunque sea reprochable desde la ética y una paradoja de quien hace ya casi siete años prometió luchar contra la corrupción y la politiquería. El escenario está diseñado para una “banana republic”, donde se consideran estas cosas como características inherentes a estas naciones tropicales y subdesarrolladas.
Cada quien comienza a jugar sus cartas en este confuso juego que es la política nacional, donde Uribe gobierna con unas mayorías unidas por la burocracia y utiliza una monserga cuando se le pide claridad acerca del futuro del país. Sin embargo, el fin de semana llegará , luego el fin de año y sin tener un oráculo es fácil predecir que Uribe Vélez no dará las luces acerca de sus intenciones, mantendrá el vilo al país para sostener su gobernabilidad, cada vez más nublada por las cifras que demuestran que la seguridad democrática no despegó en varias regiones y las únicas luces que se verán serán las de las festividades de final de año.