Amnesia democrática

Las encuestas en Colombia amenazan la democracia, que palidece ante una dictadura civil que cada día se hace más evidente, pero es incapaz de resolver los problemas estructurales de la nación, los mismos que históricamente han alimentado la violencia tradicional del país y han servido de incansable caldo de cultivo para todos nuestros males
Se asoma incólume el monstruo que ha azotado históricamente a las naciones cuando despuntan las primeras brisas democráticas: la dictadura. Esta forma de gobierno no aparece en Colombia con botas ni fusiles, sino con la figura de santo de pueblo que oculta una crianza de gamín (como él mismo lo afirma). Las cifras que miden el amor que el pueblo le profesa están por la nubes, tales ciudadanos se sienten seguros bajo la égida de este redentor que no conoce la conciliación ni la razón, por el contrario le apuesta a la astucia y el escamoteo político.
Escudado en la popularidad, que no significa legitimidad, el mandatario colombiano gobierna con tonos que se salen de la figura que él representa, mientras que el público aplaude a rabiar estas manifestaciones, pues las confunde con carácter. Mientras que grita y desafía como matón ebrio, el país real se desmorona por todos lados y los problemas urgentes son aplazados con la tradicional desidia burocrática que ha marcado la historia de Colombia. Los paros gremiales (camioneros, corteros de caña, juzgados) revelan una situación inquietante, donde subyace un descontento social que se propaga silenciosamente, a lo que el gobierno simplemente responde con teorías conspiradoras de la guerrilla, cuando no con el ESMAD, fuerza represiva de alta eficiencia y poco respeto por la sociedad.
Amparado por el enrarecido clima de agitación, el Gobierno decreta un desesperado Estado de Conmoción Interior para enfrentar los incendios que están iniciando en varias zonas del país. No es descabellado preguntar acerca de las segundas –quizás terceras y hasta cuartas- intenciones de las Casa de “Nari”, pues el candidato que usó como caballo de guerra el lucha frontal contra la corrupción y la politiquería es un avezado discípulo de estas deleznables maniobras. Son evidentes sus torpes intervenciones para obstaculizar la investigación de la parapolítica, las sombras que sobrevuelan sobre el trámite en el Congreso para aprobar la reelección y el descarado interés por facilitar la penetración de efímeros capitales extranjeros. La reforma a la justicia es una de sus obsesiones, pues tal vez la historia demostrará los alcances de la penetración paramilitar en la estructura estatal.
Las encuestas no hablan de las serias contradicciones del actual gobierno, que son tan preocupantes como repetitivos. Cada vez que aparecen hechos preocupantes para una sociedad madura y que se precie de ser demócrata (donde más que el poder de la mayoría, garantiza los derechos de las minorías), como los falsos positivos y el truque macabro de muertos por medallas, la influencia de las mafias en el estado, el aumento de la producción de drogas, las tradicionales inundaciones de abril y octubre, o el resurgimiento de grupos paramilitares, dicha sociedad debería desatar un debate profundo y crítico, sin que importen las encuestas de favorabilidad o que aparezca un oportuno drama nacional que idiotiza la sociedad.
Las encuestas en Colombia amenazan la democracia, que palidece ante una dictadura civil que cada día se hace más evidente, pero es incapaz de resolver los problemas estructurales de la nación, los mismos que históricamente han alimentado la violencia tradicional del país y han servido de incansable caldo de cultivo para todos nuestros males. Ante este desolador porvenir, el debate acerca de la reelección abandonó los campos del equilibrio de poderes y el peligroso caudillismo, para llegar a degenerarse a su conveniencia para el 2010 ó 2014. Dicha obsesión presidencial ha omitido debates acerca del fortalecimiento del clientelismo, la absolución de políticos por tecnicismos antes que por la demostración ineludible de la inocencia o el empobrecimiento del campo. La figura presidencial se hace omnipresente por unos medios cómplices, lambones y cobardes, que temen defender lo principios liberales de la prensa, cuya ética se diluye entre goles, farándula y periodistas estrellas. La saturación mediática inspira un liderazgo caudillista, típico en los dictadores de las republiquetas que tienen ciudadanos carentes de cualquier sentido de pertenencia al país, que no se debe confundir con el estúpido ejercicio de ponerse manillas tricolor, la mano al pecho cuando suena el himno o la comercialización de todo lo que sea de “nuestra tierra”.
El debate político –cuando lo hay- queda reducido al mítico caballista que no derrama un tinto mientras que se dedica a la chalanería, mientras que el país desperdicia oportunidades únicas para tratar de corregir su maltrecho rumbo.
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