Suenan timbres

“Suenan timbres” reza un escrito de Luis Vidales que presentía los pasos de una dictadura, aquél ejercicio personalizado del poder, exagerado e incapaz de respetar las leyes establecidas, que se justifica con la popularidad y amaña la ley a sus conveniencias personales
Si existe un fantasma que verdaderamente aterre a un escritor es permanecer sentado frente a una hoja en blanco, más si aquel pedazo de papel refleja la ausencia de ideas en la mente. Frente a la angustia creativa se recurre a tradicionales fórmulas, con el peligro de que esta fácil salida se convierta en un hábito que absorba la mente en el círculo vicioso de la mediocridad combinada con egolatría. Algunos podrían defender que en un país como Finlandia o Suiza es una verdadera proeza hablar de la cotidianidad, enmarcada dentro de la perfección y lo políticamente correcto; pero al estar viviendo en Colombia y su incansable realidad –que varía de la alegría a la tragedia sin atenuantes- el océano de temas es una fuente inagotable para cualquier crítico, intelectual, periodista o ciudadano avizor de la vida nacional.
Pero la cacofonía temática es evidente. Los temas son tan previsibles y las opiniones tan similares, que los más desesperados escritores lanzan temerarias y osadas teorías con tal de ser leídos, levantar polémicas tan descabelladas que no pasan de una simple frase cargada del afán figurativo, donde la fuerza argumentativa de desvanece entre frases sibilinas y vocablos entrados en desuso. Los temas son recurrentes desde hace dos décadas para Alberto Aguirre o Antonio Caballero, se les etiqueta de ser monotemáticos, pesimistas irredentos en el país movido por la pasión, de atacar a una clase de la que ellos mismos provienen, de ver siempre el pasado.
Al revisar la historia colombiana, no es necesaria una profunda y exhaustiva investigación para concluir que es la violencia originada por las profundas diferencias sociales entre los ricos y pobres el eje sobre el que se devela el rumbo de la nación. Desde la conquista, la independencia, las guerras partidistas, La Violencia, las guerrillas, narcoterrorismo y autodefensas, la exclusión ha marcado el inicio de unos conflictos que madura el tiempo, los hace más crueles y sanguinarios. Donde se creía que la bajeza humana había encontrado fondo, aparece un siniestro personaje que supera a sus antecesores.
Los mismo escritores que sólo ven el “vaso medio vacío”, descreen de las ventajas de vivir en la modernidad. El país no ha sido capaz de romper la tradición que la hace una nación inviable; no ha tomado distancia de la corrupción, ni de la discriminación y de la desmedida ambición que generó el narcotráfico. Cada día se ven más los casos de indolencia: los desplazados ahora son “migrantes”, los paramilitares que se burlaron de la desmovilización ahora son “Águilas Negras”, los otrora asesinos de motosierra se declaran víctimas de una sociedad indolente y resentida, los militares que ganaron sus medallas con la sangre de pobres y desempleados, reclaman compresión por su peculiar defensa de la ley, y en los últimos días, las voces de aquellos que se cansaron de esa misma indiferencia estatal, son acusados de estar patrocinados por la guerrilla u organizaciones extranjeras.
Los indígenas reclaman el respeto por sus tierras, que eran suyas desde antes de la llegada de Colón a este continente y que la presencia de la “seguridá democrática” sea permanente, pues solamente saben de las fuerza armadas cuando llega el ESMAD a asfixiar las protestas mediante la violación de los derechos humanos. Dichos escuadrones han robado, saqueado y saboteado construcciones civiles, cuando no es que las usan como centro de operaciones. En un país donde los héroes de verdad sí existen, mientras que son asesinados 13 líderes indígena en el Cauca, aparecen 20 jóvenes de Bogotá muertos en combate en Norte de Santander.
En el afán de acabar con la guerrilla se socava el Estado de Derecho que rige al país. No bastaron con la detenciones masivas en varias zonas del país, ni los falsos positivos que dejaron de ser casos aislados para convertirse en estrategia bélica; ahora cualquier voz que se alce en contra del Gobierno o cualquier disentimiento al clamor nacional es visto como una simpatía tácita a las guerrillas. Salen frente a los micrófonos reconocidos funcionaros repartiendo sospechas sobre todo aquel que manifiesta su descontento, acusando de ser simpatizante de las ideas de Marulanda o de “Raúl reyes”.
La protesta ha sido criminalizada, mientras que la sumisa mayoría del 85% obedece las directrices del presidente mesiánico sin chistar siquiera en el preocupante balance de su gestión durante los anteriores seis años. Cuando cualquier manifestación de descontento o el simple respeto por las leyes establecidas –de las que Uribe no es el mejor ejemplo- desencadena una reacción conocida como “furibismo”. Quien ocupa la “Casa de Nari” ha maltratado las altas Cortes de la Justicia cuando sus decisiones no se acomodan a sus pataletas de poder, muchos críticos han sido objeto de campañas de difamación y sucia propaganda, y, no contento, acomoda las leyes para obstaculizar la investigación de la “parapolítica”, una oportunidad para enfrentar la historia oscura de la nación en los tiempos recientes.
“Suenan timbres” reza un escrito de Luis Vidales que presentía los pasos de una dictadura, aquél ejercicio personalizado del poder, exagerado e incapaz de respetar las leyes establecidas, que se justifica con la popularidad y amaña la ley a sus conveniencias personales. Ojalá no resulte tan costoso en el futuro la derrota de las FARC para Colombia, pues ya se han irrespetado muchas veces la Constitución por la aprobación de dicho “articulito”. La única esperanza que tienen los escritores es sacrificar varias neuronas para encontrar temas de los que hablar, pues todos giran en el universo medieval donde el universo gira en torno a Uribe Vélez. Impaciente esperamos la llegada del Renacimiento y el texto de Lutero.
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