Respeto a medias

Las fronteras dentro de un evento público y gratuito son groseras, más aún si se tiene en cuenta que las sombrillas, prohibidas y decomisadas para el público, se ven en dicha zona.

Andrés es un joven bogotano, estudia en las noches para salir del trabajo que lo tiene aburrido pero le permite vivir dignamente. Los viernes es un día especial para él porque tiene la oportunidad de estar con su novia, escuchar música y tomarse unas cervezas hasta la madrugada sin la preocupación de levantarse a trabajar. Su gran pasión –como la de muchos humanos simples- es la música, en especial el rock. Ningún transeúnte que se tope con él en las calles o en un bus de Transmilenio pensaría que éste joven viste de cuero, botas y camisetas negras cuando se despoja de su armadura laboral.
Andrés aguarda con impaciencia el primer fin de semana de noviembre, pues como muchos jóvenes bogotanos espera que inicie el festival de Rock más grande de Latinoamérica. Consulta la programación de las bandas, busca sus canciones y videos en internet, junta los amigos de una de tantas tribus urbanas, que tienen en la música y los atuendos la manera de sentirse parte de algo, para ir a ver sus bandas favoritas. Dicho festival lleva 14 ediciones continuas y es uno de los espacios juveniles de la ciudad que mayor orgullo genera dentro de la juventud. De nada servirán los recios aguaceros, el frío que se adormila los pies, las humillantes requisas policiales, las fallas de sonido y las acéfalas decisiones del personal de logística; nada de esto logra apaciguar la pasión que sienten los 300 mil asistentes a los tres días de dicho evento.
El lema de este año era: Rock al parque 2008, vida, máximo respeto. Como cualquier evento masivo, no se puede dilapidar la oportunidad de crear una frase obvia, que no evita siquiera caer en los clisés de la convivencia en sociedad. Tampoco se puede evitar sentir frustración ciudadana al ver que entre la tarima y el público existe una amplia zona (que se agranda cada año) donde se ubican personas que por alguna inexplicable razón son denominados VIP (persona muy importante).
No pueden existir tales zonas en un evento público y desarrollado con el dinero que cada ciudadano aporta, ya sea con sus impuestos, usando el transporte público que funciona con el combustible que paga sobretasa, o simplemente por escanciarse con una botella de licor. Las fronteras dentro de un evento público y gratuito son groseras, más aún si se tiene en cuenta que las sombrillas, prohibidas y decomisadas para el público, se ven en dicha zona.
Algunas personas defenderán este territorio con la excusa de zonas de evacuación o de uso para los artistas, pero cuesta entender que exista tanto artista y que no sean visibles las rutas de evacuación para la atención de una emergencia. La denominación VIP solamente sirve para alimentar los malsanos sentimientos de los renegados del rock y el miserable ego de quienes se sienten en una élite por estar en dicha zona.
Resulta paradójico que en un evento que promueve la integración y el respeto existan zonas para personas especiales, separadas del público general, el verdadero espíritu de cualquier festival. ¿Porqué es más importante la novia de un artista que el mismo Andrés, aquel rockero que hace tiempos asiste fiel y tranquilamente al festival desde hace tanto tiempo? El pecado de Andrés es el de no rendirse ante el anonimato y sentir orgullo de su individualidad. Para estar en dicha zona hay que estar dentro de la “rosca”, una justificación social que promueve la exclusión por innumerables motivos, esa misma exclusión que ha alimentado la guerra durante el desarrollo histórico de la nación.
El poder se alimenta de los genuflexos que no vacilan en renunciar a su dignidad para hacerse bajo su sobra. Por esta razón es que se ve a Uribe Vélez hablando ante los indígenas del Cauca más como capataz que como Presidente, figura pública que con él ha perdido toda dignidad, si es que Andrés Pastrana le dejó algo. Personas como Álvaro Uribe están acostumbrados a que los sirvientes hablen pasito, sin mirarlos a los ojos y con un servilismo tan desarrollado que lleguen a interpretar cada uno de sus gestos. Cuando los indígenas alzaron la voz, sus bastones de mando y los machetes, Uribe no vaciló en llamarlos “terroristas”, una costumbre peligrosa que tiene cuando se ve un asomo de contradicción o descontento.
Por estas razones es que se promueven valores como el conformismo y la resignación bajo los falsos estandartes de la tolerancia y la paz, que no hacen nada más que manipular nobles sentimientos de sujetos con una personalidad indefinida y voluble como la juventud, más si está en masa.
Mientras tanto, Andrés llegará el martes a su trabajo con una leve gripa por la lluvia, unos cuantos moretones por el “pogo” y la expectativa de saber las bandas que tocarán en el próximo festiva. Aquellos asistentes “Muy Importantes” serán pasajeros de buseta el martes, llegarán a final de mes esperando la paga y comenzarán sus labores de lambonería desde el mismo martes, pues les aterra sentirse comunes al no tener una identidad que los haga sentirse orgullosos de lo que son.
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