Run like hell 2

Dicen que el dolor es la medida del espíritu humano, aunque esta premisa de origen popular tiene mucho más sadismo que sabiduría, es la única idea que retumba como martillo en mi pecho. Tras recorrer los 42195 metros de mi primera maratón es inevitable sentir cierta nostalgia que obliga a las lágrimas a deslizarse por mis mejillas, el sentirse con una gran meta alcanzada genera cierta incertidumbre en el futuro, pues el objetivo que se ha alcanzado a base de disciplina, esfuerzo y resistencia, al desaparecer, crea un vacío interior inmenso.
Tal vez sea por el gasto energético que requiere una prueba de fondo como ésta, pues son quemados cerca de 4 mil calorías, mientras que el consumo diario de una persona son los 2500, pero no hay una exultante sensación de superioridad ni un sentimiento de grandeza frente a los que se practican el sedentarismo. Al contrario, el espíritu está sereno y tranquilo, como si no fueran suficientes las palabras apara animar cualquier ego, solamente basta con saber que se logró terminar una maratón por debajo de las cuatro horas.
La maratón es una carrera con una antiquísima tradición, que se remonta hasta la antigua Grecia cuando Fidípedes recorrió la distancia entre el campo de batalla de Maratón y Atenas para notificar a los pobladores que no era necesario el exterminio de su propia ciudad, pues los guerreros habían derrotado al enemigo. Finalmente, tras cumplir con su misión, el atleta murió. Actualmente la palabra es usada para designar cualquier locura mercantilista o mediática, pero para aquellos que han incluido el correr en sus vidas es una palabra con una sentido mítico, casi sagrado que se incuba como una escondida obsesión. No es casualidad que sea ésta la prueba final de los juegos olímpicos.
Al terminar una carrera siempre surge una nueva meta, pero al lograr la máxima prueba el futuro pregunta altaneramente: ¿es suficiente?, a lo que se contesta con claridad y contundencia: NO, NUNCA SERÁ SUFICIENTE. Las endorfinas que hacen del atleta un adicto a la actividad física son el estimulante natural que necesita para activar su sistema nervioso y aquella parte del alma que le da mayor potencia a sus espíritu, de otra manera no cabría una explicación sensata que explicara las razones por las que estuve allí, corriendo los 42 kilómetros de calvario.
Durante la carrera siempre estuve reservando mis fuerzas, pues temía que se me agotaran en los últimos diez kilómetros. En la primera mitad era reconfortante estar dentro de una grupo numeroso, pues la compañía nunca sobra, pero tras la primera mitad el grupo se redujo considerablemente. Allí comenzó otra carrera: la solitaria, el reto contra mí mismo y mi mente. Sabía que no podía renunciar a no ser que mi integridad física se viera comprometida, que llegaría a la meta cansado pero llevado por mis propias piernas. Aunque no hubo calambres, el dolor en mi rodilla derecha (la que nunca ha molestado) me obligó a reducir el paso en último cuarto. Paradójicamente el único calambre llegó tras la meta y fue en la zona abdominal –así que nunca hay que parar súbitamente al terminar una carrera-, lo que pasó a la lista de las cosas raras que me han ocurrido en la vida.
Aún no encuentro una explicación racional que justifique el haber corrido la maratón. Tal vez sea un poco de ese sentimiento heroico que llevamos dentro, aunque creo también que todo heroísmo requiere cierta dosis de valor, egoísmo y estupidez. Tal vez carezca de explicación, pues es corriendo como me conecto con mi parte física, con mi cuerpo; es la manera que tengo de huir de las preocupaciones, los problemas, la locura que me asecha, de las decepciones y tristezas, de espantar la melancolía y el desencanto. Tal vez sea la forma que tengo para estar conmigo mismo tranquilamente, para dejar que mi mente se ponga en blanco mientras mis piernas tiene el control de mi cuerpo, para dejar tras cada zancada los obstáculos que dificultan poner en orden mis asuntos.
Ahora, solamente resta descansar, reponer fuerzas, porque sé que pronto estaré allí otra vez, con mis zapatillas, mi camiseta y el reloj con pulso de caucho dispuesto a correr libre, sin que importe como me vea, huela o que tenga el pelo desordenado. No pretendo convencer a nadie de que siga mis pasos, solamente me basta con ver mi medalla y recordar aquella canción de U2, donde las calles no tienen nombre, volar, respirar, estirar y reír cuantas veces sea necesario. Solamente me basta con saber que soy yo mismo, saber de lo que estoy hecho y reconocer que la mentalidad del atleta –metódica, disciplinada, conciente y obsesiva con las metas- está integrada en el particular cableado de mi espíritu.
Sondtrack: Where the streets have not name. U2. http://www.youtube.com/watch?v=uDkBzkA9L4s
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