Archivo | diciembre 2008

En el último día del 2008

No tengo la intención de enumerar sin modestia los logros –magnificados por quien los cuenta- alcanzados este año, ni victimizarme con los fracasos –estos, sí bastantes- que hacen ganar sabiduría y experiencia. Tampoco se trata de una perorata de aforismos y consejos para mejorar la vida y atraer la prosperidad, la fortuna, el amor y la salud.
Se trata, mejor, de un mensaje para aquellas personas que aprecio, que me han acompañado durante mi recorrido por este planeta y a las cuales agradezco su amistad, amor y cariño. Aunque pueda tener un leve tono suicida y el trascendentalismo puede encender las alarmas , resulta que a veces soy demasiado humano y me cuesta callar ciertas cosas, apreciar los detalles que hacen importante la vida son motivo de alegría interna, de aquella que se manifiesta con una risita nasal.
Les deseo la misma fuerza y raciocinio con el que se hacen los planes para el nuevo año para que los puedan llevar a cabo; la ejecución es lo más difícil y lo más gratificante. También deseo que nunca se vean tentados a defraudarse a si mismos, engañarse para creer ser felices, ni a renunciar a sus propias convicciones. Recuerden llevar siempre la sonrisa abierta y la mente clara para afrontar la vida con decencia. Un abrazo para todos y por su puesto un brindis por cada uno de ustedes, lo que asegura una resaca colectiva. Por mi parte, elaboraré la lista de deseos, comeré las doce uvas, correré la tradicional vuelta a la manzana con las maletas, cantaré a lágrima encendida ..faltan cinco pa las doce – o mejor two minutes to midnight de Iron Maiden- y comenzaré el nuevo año con la firme intención de hacerlo mejor durante los próximos doce meses. Más importante que las cosas compradas, los títulos alcanzados o la conquistas amorosas, es la seguridad de saber que tengo amigos a quienes poder enviarles sinceramente una nota como esta.

El hombre conciente

Este fue el mejor escrito de este año. Confirma muchas de las cosas en las que creo, y merece ser apreciado para el resto de mis días….
Leonard Cohen, de 74 años, ha entrado en el hall de la fama del rock. Y ya que no puedo preguntárselo, porque está lejos, yo me pregunto qué hay que hacer para ser tan íntegro como él. Creo que más allá de los moralismos, más allá de las griterías de las iglesias de turno que invaden las vidas privadas, los verdaderos interrogantes son estos que vienen: ¿cómo llegar a viejo sin haberle vendido el alma al diablo, ¿se puede ser una persona honorable en un mundo que todo el tiempo invita a las pequeñas trampas, ¿es posible ser fiel a uno mismo, fiel a las reglas de uno mismo y leal con las vidas ajenas, en una vida que pone tantas veces contra la pared? Creo que Cohen diría que sí. A todas las preguntas, a las tres, diría que sí. Pero ya que no va a decirlo él mismo, en su voz grave de haber visto el futuro, su biografía es la respuesta que he estado buscando.Cohen nació en 1934 en Montreal, Québec, en una familia judía que decía descender del Aarón de los textos bíblicos. Perdió a su padre cuando tenía nueve años. Y, aunque jamás fue millonario, la herencia que recibió en aquel entonces le dio la libertad para pensar a qué quería dedicarse. Así se convirtió, a los 27 años, en un importante poeta canadiense. Y un poco más tarde, gracias a la escritura de dos novelas experimentales, se dio cuenta de lo afortunado que es quien puede asumir su vocación, de lo lejos que estamos todos de la compasión y de la belleza que guarda el hecho de perder. En 1967 descubrió esas “extrañas voces” que se oyen en el intento de escribir canciones. A los 33, como tantos redentores, entendió que ser un escritor es ser “esa cosa que quiere cantar”. Y desde ese momento hasta hoy, en medio de una búsqueda espiritual que aún no termina, dejó que las baladas se tomaran su obra hasta trasformarse en el genial compositor de Everybody Knows, I’m Your Man, Famous Blue Raincoat, Take This Waltz y Hallelujah. .Cohen cantó, hace apenas unos años, yo no tengo el coraje para pararme donde me debo parar / ni tengo el temperamento para dar una mano / ni sé quién me envió a decir en voz alta / que las luces de la tierra de la abundancia iluminen, algún día, la verdad. Quería reconocer, una vez más, que ha estado en el mundo para decirnos lo que ha visto. Que nació así, que no tuvo opción, que vino al planeta con el don de pronunciar lo impronunciable. Que no ha salvado patrias ni ha rescatado huérfanos de guerra ni ha armado revoluciones urgentes porque no es él el héroe de esta historia. Pero que, desde el día en que notó que la vida es el esfuerzo por respetarse a uno mismo, se prometió no callarse, decirnos que la luz entra porque “hay una grieta en todo”, recordarnos que “los ricos tienen sus canales en las habitaciones de los pobres” y advertirnos que lo seguiremos oyendo mucho después de que se haya ido.Ya sé. Sé, porque lo oí hace poco, que el único mandamiento que existe es “no robar”: no quitarle a nadie nada de su vida. Sé que en nuestras vidas privadas (que son sagradas mientras no seamos un verdadero peligro para nadie) cometemos errores, hacemos males y atravesamos el día por encima de los otros. Y que nada de eso va a contar el día del juicio final porque no hay juicios ni finales ni días definitivos a la vista. Pero, porque lo he notado en mi familia, en mis maestros y en mis autores, estoy convencido de que en medio de la podredumbre, en medio de una sociedad que hace ver tontos a los hombres consistentes, se puede ser un ciclista sin dueños que llega a la meta de último porque se niega a tomarse las drogas que quieren que se tome; se puede ser un periodista leal que no corrige lo que piensa a cambio de viajes o de platas o de almuerzos; se puede ser un político que duerme en paz porque se ha ganado el descanso a fuerza de decirse “el fin no justifica los medios”; se puede ser, en suma, una persona que alivie las vidas ajenas, que no se pierda nunca el respeto a sí misma, que pueda siempre verse en el espejo. Dijo Lou Reed, en su discurso frente al hall de la fama del rock, que “tenemos suerte de estar vivos al mismo tiempo que Leonard Cohen”. Es eso, en verdad, lo que yo quería decir. Quería decir que el discreto Cohen nos ha demostrado que ser “una buena persona” no es más que ser decente con uno mismo, justo con uno mismo, leal con uno mismo. Quería recordar que el modesto Cohen, que reconoce lo bueno que ha hecho pero no sueña con distinciones, que no se arrepiente de sus fallas pero tampoco ve sus logros con nostalgia, ha tenido la valentía de ser la persona que es enfrente de todos nosotros. Nos ha hecho a todos la vida más fácil. Y “como un pájaro sobre un cable de luz” ha tratado, a su manera, de ser libre.

Política y decencia

La política es una actividad que siempre estará bajo sospecha del público general, pues la manera de actuar de ciertos funcionarios esparcen como una mancha terrible la actuación de los demás funcionarios. Si se parte de la premisa que la política es el servicio del público, es decir de los intereses de la ciudadanía, la realidad deja mal parados a aquellos que se dedican a ella.
En estas latitudes es una malsana costumbre que los funcionarios asociados al trabajo público presten mayor interés a las intenciones personales y privadas. El desencanto de las personas siembra dudas en todas los ciudadanos, una desconfianza que antes que ser reprochada, muta en un anhelo, privilegio al cual se llega mediante la lisonja, adulación y mentira. La política exige un integridad que muy pocas personas demuestran, algunos llaman a esto astucia, otros pragmatismo y desde hace un tiempo se usa el eufemismo de “adaptarse a los tiempos”.
Si se tratara de ser obediente a los principios, aquellas normas éticas y personales que constituyen el armazón del individuo, pocas cosas tendrán que celebran el fin de año cientos de personales que reciben su salarios por cuenta del gobierno nacional, que alimentan todos nuestros impuestos. La elección del Procurador Alejandro Ordóñez Maldonado constituye un claro ejemplo de la renuncia de las convicciones por la conveniencias, en especial de senadores liberales y polistas, que recogen la herencia ideológica del liberalismo que derrotó al integrismo medieval católico.
No se trata de reprochar las creencias de Ordóñez ni desconocer sus cualidades como jefe del Ministerio Público, pero sus actuaciones en el pasado dejan muchas dudas acerca de la influencia de esas ideas en su actuación como funcionario público, que está reglamentada bajo la Constitución que declara a Colombia como un Estado laico, antes que la biblia o un catecismo. El hecho de quemar libros que considera profanos, colocar un crucifijo en una oficina pública y elaborar retorcidas hipótesis jurídicas acerca de la hosexualidad, donde exalta el “designio divino” sobre el pluralismo y la igualdad ente las ley de todas las personas, siembra algo más que un temor inquisidor. Los avances hechos por la Constitución del 91y las sentencias de la Corte Constitucional para garantizar la igualdad de las minorías, excluidas por antonomasia en Colombia, pueden verse en camino de desaparecer.
También resultan preocupantes los antecedentes de Ordóñez acerca de su actuación en temas neurálgicos para el país, como el de la parapolítica. Según Ordóñez, el hecho de firmar una carta donde se definía la intención de “refundar la patria” a punta de bala, machete y motosierra no constituye un delito. Lo cientos de miles de desplazados en las ciudades, los desparecidos, los descuartizados, las mujeres que vieron a sus esposos por últimas vez cuando se iban a una cita con algún jefe paramilitar local, las intactas estructuras mafiosas que comprueban el engaño que hicieron al país, son para el nuevo procurador un leve daño colateral.
Dentro de esa cáfila de funcionarios que por su actuaciones deberían tener su carta de renuncia a punto de ser impresa y firmada estarían ministros como Juan Manuel Santos, quien saca pecho ante las cámaras cuando las fuerzas armadas capturan o matan a un delincuente, pero que se hace el de la vista gorda cuando aparecen jóvenes pobres enterrados como NN. Ni que hablar de Fabio valencia Cossio, cuyo hermano está en medio de una investigación que evidenció la infiltración de la delincuencia en la justicia de Antioquia. Otros que tampoco pasan de agache son Diego Palacios –Protección Social- y Andrés Uriel gallego –Trasnporte-, quienes aparecen solamente para tapar sus propios errores, que coloca en total claridad su incompetencia y fatiga en dichos cargos. No se escapa el patético Andrés Felipe Arias, que insiste en ganarse el concurso del mejor imitador del Presidente, mientras que el campo hace agua y se transforma en caldo para la guerra en el futuro. Sorprende que alguien que posa de ser brillante no vea que es en los campos donde se gesta la guerra, pero su propósito es empobrecerlo aún más. Del Ministro de Hacienda solamente se podría decir que está junto al cañón en un álgido momento para la economía mundial, pero cuando las cifras se pueden presentar es debido a la genialidad de nuestros “Keynes” criollos, cuyo talento no se compara con esos gringos de Harvard.
En todo ese albañal que es la política nacional, que no conoce el significado de la “responsabilidad política”, aparece un flor, una excepción que no sofoca la esperanza. La renuncia del director del IDRD en Bogotá debido al fracaso de la delegación capitalina en los recientes juegos nacionales, donde perdió el liderato para quedar rezagada al tercer lugar, representa el compromiso que el señor José Tapias tiene como funcionario público. Asumir el peso del fracaso, que no puede ser eclipsado por los notorios avances en infraestructura, difusión de políticas de recreación y deporte, la consolidación de una cultura deportiva en la Capital, dan muestra de su profesionalismo. Vaya usted a un parque un fin de semana, visite una ciclovía o averigüe el número de participantes en la Media Maratón de julio y verá que las cifras avalan el desempeño de Tapias desde hace cinco años.
Tapias salió más por la presión que ejerció el periódico el Tiempo a un alcalde que da muestras de tener poco carácter y afanado en querer quedar bien con todo mundo, que por sus propios errores. Si fuera por la ineptitud, Samuel Moreno debería presentar su renuncia. Nada más hay que mirar las calles, las chimeneas en las avenidas atestadas de carros, gente neurótica y humo, los vendedores ambulantes y otros problemas que se creían extintos. Tapias perdió ante la pataleta de la familia Santos que no le perdonó que no prestara en estadio para hacer un concierto, aun cuando hizo pruebas para medir la eficiencia de la protección de la grama. Tapias perdió su trabajo en pleno diciembre, pero dejó en claro lo que significa tener dignidad y compromiso sin que esto riña con su condición de servidor público.

La importancia de escucharse

Sin embargo, esta tristeza se antoja como un capricho egoísta. Porqué es más importante mi sufrimiento que el del condenado a muerte, el de un secuestrado en la selva o el de una esclava prostituta rumana en una lujosa calle de Londres. Ante semejante perspectiva se puede pensar que las cosas podrían estar peor
Las pesadas cobijas, tibias aún, presionan sobre el cuerpo para recordar que la pesadilla apenas comienza. El sueño entrecortado por la pesadez del alma, que quiere evadir con cualquier pensamiento el lastre de las preocupaciones, los problemas y la pereza de enfrentar un nuevo día, solamente da un respiro a la teatralidad rutinaria que significa levantarse, trabajar, hablar con otras personas, llegar a la casa, encontrar algo de que hablar mientras que la televisión apaga cualquier tema de conversación.
El sol brilla con una cotidianidad indescifrable para quien cae en el abismo de la depresión, esa pesada molestia que se aloja en medio del pecho, que se hace pesada cada hora, una incómoda compañera que actúa como un extraño censor ante lo que otros determinan como señales positivas. Más que una burbuja, es una coraza oscura la mantiene el límite entre las personas y la intimidad, un desesperado recurso para rescatar un poco de la tragedia que la vida ha hecho en la propia existencia de cada quien. Los rostros sonrientes de las vallas publicitarias son tan inocuos como los consejos milagrosos del sicólogo mediático, que se ahoga en el pozo de la obviedad y la repetición. El deseo se desvanece ente la impotencia mental que reemplaza el miedo por la líbido, donde el deseo pasa a ser un motivo de menor preocupación. ¿De qué sirve tenerla lista para la acción si la mente está en otro sitio? ¿De que sirve rendirse ante el primario instinto animal si al ocultarse la luna llena la pesadilla persistirá?
Los pasos se hacen lentos, la vida se hace insoportablemente insufrible al ver que el reloj avanza un segundo y retrocede dos, los días pasan sin desafiar la velocidad de la modernidad industrial, los olores, sonidos y recuerdos se difuminan bajo el velo de ese sentimiento que parece podrir los buenos momentos de la vida. ¿Futuro? Es un interrogante tan grande que hasta al mismo dios lo tendría pensativo por un buen tiempo hasta llegar a la conclusión de acabar con los humanos antes de emitir una respuesta concreta, sincera y emotiva.
Sin embargo, esta tristeza se antoja como un capricho egoísta. Porqué es más importante mi sufrimiento que el del condenado a muerte, el de un secuestrado en la selva o el de una esclava prostituta rumana en una lujosa calle de Londres. Ante semejante perspectiva se puede pensar que las cosas podrían estar peor. Dice el refranero popular que el mal de muchos puede ser el consuelo de muchos tontos; una salida efímera y rápida que evita enfrentar los demonios interiores, sacudirse de toda la herrumbre y chatarra que se va acumulando en el cuerpo y la mente, una pesada e innecesaria carga que añade peso al ya difícil acto de vivir.
Podrían existir miles de curas milagrosas en la religión, la medicina alternativa, prácticas religiosas venidas de oriente, desocupar botellas hasta encontrar alguna respuesta mágica en la ebriedad, encerrarse en el mundo de los libros, correr sin fatiga hasta que las piernas duelan, descargar sin recato cuanto video porno se encuentre en internet, vestir árboles de navidad desde septiembre, teñirse el pelo de cualquier color, inventarse una filosofía de vida y crear una tribu urbana o encabezar alguna pirámide para sacar provecho de la desesperación de los muchos que están en la misma situación.
Yo tengo una terapia particular que aún no he patentado, ni lo pienso hacer, no motivado por el afán heroico (y egocéntrico) de dejar una herramienta a la humanidad, sino evadiendo los resquicios burocráticos que añadirán mayores preocupaciones en el futuro. Creo que esta es la clave, evitar concentrarse demasiado en el futuro, porque olvidamos el pasado y no se vive el presente. Al ver los videos (correcto, se necesita la ayuda audiovisual) de artistas como la Tigresa del Oriente y Delfín Quishpe me doy cuenta de que todo podría ser peor, que no hay nada más humillante para las personas que tratar de ser otra persona diferente a quien su esencia lo condena a obedecer. Creo que cualquiera puede tropezar en el camino de la vida y caer en un pozo, que solamente puede ver sombras y que la senda se hace difícil; lo que no tolero es que al caer se regodeen en el barro de la ignorancia y su propia estupidez, que se sientan orgullosos de su propia mediocridad e inciten a los demás a seguir su patético ejemplo, que no hagan el mínimo esfuerzo por levantar la cabeza ante sus propias limitaciones y vencerlas con la fuerza de sus ideas y el ímpetu de su espíritu.
El éxito no se mide por las riquezas, los carros, apartamento o la ropa que cada quien lleva; tampoco por la perfección quirúrgica de nuestros cuerpos o por la imagen de sabiduría que proyectamos en esos ambientes donde se sabe que esos pocos conocimientos adquieren dimensiones descomunales. Difícil misión calificar el éxito y su verdadera utilidad en la vida cotidiana, donde existe un presión constate por alcanzarla y mantenerla, presión que supongo se hace mayor con el paso del tiempo y de la que es difícil desapegarse.
Resta escuchar la voz interior que nos dice es lo que nos conviene hacer, seguir las propias convicciones sin renunciar a ellas por privilegios efímeros o bonanzas momentáneas, ser fiel a uno mismo y respetarse en todo momento, pues si se pierde el respeto por sí mismo, la vida pasará como borrasca y nos levantará al azar. Es en el respeto propio donde radica en antídoto contra la depresión, de saber que, si bien no somos el centro del universo, somos tan solo una pieza importante –como las demás- de esa maraña de vidas que han poblado el planeta por miles de generaciones. La fidelidad a uno mismo está en respetar su cuerpo, sus sentimientos (la infidelidad es una traición al propio corazón), sus convicciones y tener claros los límites, definir sus alcances ya está en el fuero interno de cada quien, en saberse no un profeta, sino una persona que se sabe querida y odiada, pero para quien estos sentimientos no obstaculizan su vida a diario.