La importancia de escucharse

Sin embargo, esta tristeza se antoja como un capricho egoísta. Porqué es más importante mi sufrimiento que el del condenado a muerte, el de un secuestrado en la selva o el de una esclava prostituta rumana en una lujosa calle de Londres. Ante semejante perspectiva se puede pensar que las cosas podrían estar peor
Las pesadas cobijas, tibias aún, presionan sobre el cuerpo para recordar que la pesadilla apenas comienza. El sueño entrecortado por la pesadez del alma, que quiere evadir con cualquier pensamiento el lastre de las preocupaciones, los problemas y la pereza de enfrentar un nuevo día, solamente da un respiro a la teatralidad rutinaria que significa levantarse, trabajar, hablar con otras personas, llegar a la casa, encontrar algo de que hablar mientras que la televisión apaga cualquier tema de conversación.
El sol brilla con una cotidianidad indescifrable para quien cae en el abismo de la depresión, esa pesada molestia que se aloja en medio del pecho, que se hace pesada cada hora, una incómoda compañera que actúa como un extraño censor ante lo que otros determinan como señales positivas. Más que una burbuja, es una coraza oscura la mantiene el límite entre las personas y la intimidad, un desesperado recurso para rescatar un poco de la tragedia que la vida ha hecho en la propia existencia de cada quien. Los rostros sonrientes de las vallas publicitarias son tan inocuos como los consejos milagrosos del sicólogo mediático, que se ahoga en el pozo de la obviedad y la repetición. El deseo se desvanece ente la impotencia mental que reemplaza el miedo por la líbido, donde el deseo pasa a ser un motivo de menor preocupación. ¿De qué sirve tenerla lista para la acción si la mente está en otro sitio? ¿De que sirve rendirse ante el primario instinto animal si al ocultarse la luna llena la pesadilla persistirá?
Los pasos se hacen lentos, la vida se hace insoportablemente insufrible al ver que el reloj avanza un segundo y retrocede dos, los días pasan sin desafiar la velocidad de la modernidad industrial, los olores, sonidos y recuerdos se difuminan bajo el velo de ese sentimiento que parece podrir los buenos momentos de la vida. ¿Futuro? Es un interrogante tan grande que hasta al mismo dios lo tendría pensativo por un buen tiempo hasta llegar a la conclusión de acabar con los humanos antes de emitir una respuesta concreta, sincera y emotiva.
Sin embargo, esta tristeza se antoja como un capricho egoísta. Porqué es más importante mi sufrimiento que el del condenado a muerte, el de un secuestrado en la selva o el de una esclava prostituta rumana en una lujosa calle de Londres. Ante semejante perspectiva se puede pensar que las cosas podrían estar peor. Dice el refranero popular que el mal de muchos puede ser el consuelo de muchos tontos; una salida efímera y rápida que evita enfrentar los demonios interiores, sacudirse de toda la herrumbre y chatarra que se va acumulando en el cuerpo y la mente, una pesada e innecesaria carga que añade peso al ya difícil acto de vivir.
Podrían existir miles de curas milagrosas en la religión, la medicina alternativa, prácticas religiosas venidas de oriente, desocupar botellas hasta encontrar alguna respuesta mágica en la ebriedad, encerrarse en el mundo de los libros, correr sin fatiga hasta que las piernas duelan, descargar sin recato cuanto video porno se encuentre en internet, vestir árboles de navidad desde septiembre, teñirse el pelo de cualquier color, inventarse una filosofía de vida y crear una tribu urbana o encabezar alguna pirámide para sacar provecho de la desesperación de los muchos que están en la misma situación.
Yo tengo una terapia particular que aún no he patentado, ni lo pienso hacer, no motivado por el afán heroico (y egocéntrico) de dejar una herramienta a la humanidad, sino evadiendo los resquicios burocráticos que añadirán mayores preocupaciones en el futuro. Creo que esta es la clave, evitar concentrarse demasiado en el futuro, porque olvidamos el pasado y no se vive el presente. Al ver los videos (correcto, se necesita la ayuda audiovisual) de artistas como la Tigresa del Oriente y Delfín Quishpe me doy cuenta de que todo podría ser peor, que no hay nada más humillante para las personas que tratar de ser otra persona diferente a quien su esencia lo condena a obedecer. Creo que cualquiera puede tropezar en el camino de la vida y caer en un pozo, que solamente puede ver sombras y que la senda se hace difícil; lo que no tolero es que al caer se regodeen en el barro de la ignorancia y su propia estupidez, que se sientan orgullosos de su propia mediocridad e inciten a los demás a seguir su patético ejemplo, que no hagan el mínimo esfuerzo por levantar la cabeza ante sus propias limitaciones y vencerlas con la fuerza de sus ideas y el ímpetu de su espíritu.
El éxito no se mide por las riquezas, los carros, apartamento o la ropa que cada quien lleva; tampoco por la perfección quirúrgica de nuestros cuerpos o por la imagen de sabiduría que proyectamos en esos ambientes donde se sabe que esos pocos conocimientos adquieren dimensiones descomunales. Difícil misión calificar el éxito y su verdadera utilidad en la vida cotidiana, donde existe un presión constate por alcanzarla y mantenerla, presión que supongo se hace mayor con el paso del tiempo y de la que es difícil desapegarse.
Resta escuchar la voz interior que nos dice es lo que nos conviene hacer, seguir las propias convicciones sin renunciar a ellas por privilegios efímeros o bonanzas momentáneas, ser fiel a uno mismo y respetarse en todo momento, pues si se pierde el respeto por sí mismo, la vida pasará como borrasca y nos levantará al azar. Es en el respeto propio donde radica en antídoto contra la depresión, de saber que, si bien no somos el centro del universo, somos tan solo una pieza importante –como las demás- de esa maraña de vidas que han poblado el planeta por miles de generaciones. La fidelidad a uno mismo está en respetar su cuerpo, sus sentimientos (la infidelidad es una traición al propio corazón), sus convicciones y tener claros los límites, definir sus alcances ya está en el fuero interno de cada quien, en saberse no un profeta, sino una persona que se sabe querida y odiada, pero para quien estos sentimientos no obstaculizan su vida a diario.
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