Política y decencia

La política es una actividad que siempre estará bajo sospecha del público general, pues la manera de actuar de ciertos funcionarios esparcen como una mancha terrible la actuación de los demás funcionarios. Si se parte de la premisa que la política es el servicio del público, es decir de los intereses de la ciudadanía, la realidad deja mal parados a aquellos que se dedican a ella.
En estas latitudes es una malsana costumbre que los funcionarios asociados al trabajo público presten mayor interés a las intenciones personales y privadas. El desencanto de las personas siembra dudas en todas los ciudadanos, una desconfianza que antes que ser reprochada, muta en un anhelo, privilegio al cual se llega mediante la lisonja, adulación y mentira. La política exige un integridad que muy pocas personas demuestran, algunos llaman a esto astucia, otros pragmatismo y desde hace un tiempo se usa el eufemismo de “adaptarse a los tiempos”.
Si se tratara de ser obediente a los principios, aquellas normas éticas y personales que constituyen el armazón del individuo, pocas cosas tendrán que celebran el fin de año cientos de personales que reciben su salarios por cuenta del gobierno nacional, que alimentan todos nuestros impuestos. La elección del Procurador Alejandro Ordóñez Maldonado constituye un claro ejemplo de la renuncia de las convicciones por la conveniencias, en especial de senadores liberales y polistas, que recogen la herencia ideológica del liberalismo que derrotó al integrismo medieval católico.
No se trata de reprochar las creencias de Ordóñez ni desconocer sus cualidades como jefe del Ministerio Público, pero sus actuaciones en el pasado dejan muchas dudas acerca de la influencia de esas ideas en su actuación como funcionario público, que está reglamentada bajo la Constitución que declara a Colombia como un Estado laico, antes que la biblia o un catecismo. El hecho de quemar libros que considera profanos, colocar un crucifijo en una oficina pública y elaborar retorcidas hipótesis jurídicas acerca de la hosexualidad, donde exalta el “designio divino” sobre el pluralismo y la igualdad ente las ley de todas las personas, siembra algo más que un temor inquisidor. Los avances hechos por la Constitución del 91y las sentencias de la Corte Constitucional para garantizar la igualdad de las minorías, excluidas por antonomasia en Colombia, pueden verse en camino de desaparecer.
También resultan preocupantes los antecedentes de Ordóñez acerca de su actuación en temas neurálgicos para el país, como el de la parapolítica. Según Ordóñez, el hecho de firmar una carta donde se definía la intención de “refundar la patria” a punta de bala, machete y motosierra no constituye un delito. Lo cientos de miles de desplazados en las ciudades, los desparecidos, los descuartizados, las mujeres que vieron a sus esposos por últimas vez cuando se iban a una cita con algún jefe paramilitar local, las intactas estructuras mafiosas que comprueban el engaño que hicieron al país, son para el nuevo procurador un leve daño colateral.
Dentro de esa cáfila de funcionarios que por su actuaciones deberían tener su carta de renuncia a punto de ser impresa y firmada estarían ministros como Juan Manuel Santos, quien saca pecho ante las cámaras cuando las fuerzas armadas capturan o matan a un delincuente, pero que se hace el de la vista gorda cuando aparecen jóvenes pobres enterrados como NN. Ni que hablar de Fabio valencia Cossio, cuyo hermano está en medio de una investigación que evidenció la infiltración de la delincuencia en la justicia de Antioquia. Otros que tampoco pasan de agache son Diego Palacios –Protección Social- y Andrés Uriel gallego –Trasnporte-, quienes aparecen solamente para tapar sus propios errores, que coloca en total claridad su incompetencia y fatiga en dichos cargos. No se escapa el patético Andrés Felipe Arias, que insiste en ganarse el concurso del mejor imitador del Presidente, mientras que el campo hace agua y se transforma en caldo para la guerra en el futuro. Sorprende que alguien que posa de ser brillante no vea que es en los campos donde se gesta la guerra, pero su propósito es empobrecerlo aún más. Del Ministro de Hacienda solamente se podría decir que está junto al cañón en un álgido momento para la economía mundial, pero cuando las cifras se pueden presentar es debido a la genialidad de nuestros “Keynes” criollos, cuyo talento no se compara con esos gringos de Harvard.
En todo ese albañal que es la política nacional, que no conoce el significado de la “responsabilidad política”, aparece un flor, una excepción que no sofoca la esperanza. La renuncia del director del IDRD en Bogotá debido al fracaso de la delegación capitalina en los recientes juegos nacionales, donde perdió el liderato para quedar rezagada al tercer lugar, representa el compromiso que el señor José Tapias tiene como funcionario público. Asumir el peso del fracaso, que no puede ser eclipsado por los notorios avances en infraestructura, difusión de políticas de recreación y deporte, la consolidación de una cultura deportiva en la Capital, dan muestra de su profesionalismo. Vaya usted a un parque un fin de semana, visite una ciclovía o averigüe el número de participantes en la Media Maratón de julio y verá que las cifras avalan el desempeño de Tapias desde hace cinco años.
Tapias salió más por la presión que ejerció el periódico el Tiempo a un alcalde que da muestras de tener poco carácter y afanado en querer quedar bien con todo mundo, que por sus propios errores. Si fuera por la ineptitud, Samuel Moreno debería presentar su renuncia. Nada más hay que mirar las calles, las chimeneas en las avenidas atestadas de carros, gente neurótica y humo, los vendedores ambulantes y otros problemas que se creían extintos. Tapias perdió ante la pataleta de la familia Santos que no le perdonó que no prestara en estadio para hacer un concierto, aun cuando hizo pruebas para medir la eficiencia de la protección de la grama. Tapias perdió su trabajo en pleno diciembre, pero dejó en claro lo que significa tener dignidad y compromiso sin que esto riña con su condición de servidor público.
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