Archivo | enero 2009

Yo no fui

Aunque todos ven en ellos los culpables, la juventud es el resultado de toda la sociedad que han construido las generaciones anteriores. Acaso cuando esos bebés llegaron a este mundo, ¿era la sociedad perfecta?
Para toda la humanidad resulta evidente que el mundo actual se encuentra en crisis, y que la sociedad parece ir en decadencia. Todos asisten a este triste espectáculo con la certeza de que serán los espectadores de una tragedia en la que la mayoría somos protagonistas y mártires. Las guerras, el hambre, la corrupción política, la muerte, el racismo, la discriminación, la alineación consumista que está devorando el planeta, son las señales más claras de que nuestras sociedades están en declive.
La juventud es señalada como culpable por su inactividad ante este panorama. Se cree que señalando sus problemas, ellos reaccionarán ante esa etiqueta de letargo que se les está colocando arbitrariamente. Se sataniza cualquier manifestación de ellos. Su música es calificada con términos que varían desde lo estridente, pasando por los apelativos soeces, hasta llegar a apartarla de cualquier concepto estético. El anterior es uno de los muchos ejemplos que se podrían tomar, como el sentido de la rumba, el estudio, la amistad, el trabajo, la relación con la sociedad. Los jóvenes poseen un sentido de ver y pensar sus vidas, que aunque distinto a los tradicionales, deber ser respetado, incluso por encima de las propias convicciones.
Aunque todos ven en ellos los culpables, la juventud es el resultado de toda la sociedad que han construido las generaciones anteriores. Acaso cuando esos bebés llegaron a este mundo, ¿era la sociedad perfecta? Los libros de historia manifiestan claramente que no es así. ¿Las revoluciones de los sesentas y setentas mejoraron el mundo y llegaron a su objetivo de crear una sociedad de amor? Lamentablemente esa revolución no fue más allá del abuso de las drogas psicoactivas y la creación de utopías carentes del más mínimo sentido de realidad y sensatez. Esos revolucionarios olvidaron sus ideales con el tiempo, se convirtieron en esclavos del dinero y el consumo, y tuvieron la genial idea de crear el neoliberalismo, que es el fascismo económico actual, donde los pobres merecen el peor de los tratos. Hasta los sentimientos poseen un precio. ¿Acaso creen que se puede reemplazar alguno de los padres por un televisor y todos los demás accesorios? Muchas veces se pide solamente para ver hasta dónde llega ese materialismo que los invade.
Esos revolucionarios creen erróneamente que la sociedad está mal por culpa de las generaciones que los precedieron. Pero sólo evidencian su culpabilidad y aceptan su incapacidad de reaccionar ante el sistema que los dejaba cada vez más acéfalos y más compradores. Esta generación no acepta ese rótulo, ni acepta otros como los X o los Y.
Son más variadas sus ideologías, formas de ver la vida y de sentir su existencia. Para ellos el dinero no es el único fin, ni el camino excepcional hacia la felicidad. Sus formas son distintas, y en nada tiene que ver el color o la forma de su cabello, o los colores de sus ropas o la música que escuchan, con el sentido de sus existencias. Poseen diversas formas de ver el país, el mundo y sus familias. Se resisten a encasillarse en los modelos establecidos, aborrecen el prototipo que se vende bajo la etiqueta de Barbie u otro ícono de idoneidad social.Los jóvenes son el presente de esta nación, cuyo error consiste en ser diferente a los que ustedes quieren de ellos. Poseen el inmenso valor de que han luchado por todos los medios por el respeto de todo lo que son, y por creer que existe un camino alternativo a la felicidad más allá del dinero. Muchas NO gracias por la intolerancia, la voracidad materialista y la amistad por el interés.

La tibieza conveniente

La humanidad asiste a la agonía de la razón, mientras que resucitan fanatismos, integrismos y radicalismos que evidencian la falta de rumbo.
Parafraseando algún pasaje bíblico, soy de aquellos tibios, de los que vomitará dios cuando llegue el día del juicio final; soy de los infieles que se ven tentados por Shaitan y que descree de todos los preceptos del libro sagrado –se llame biblia, torah, corán o catálogo ikea- cuando riñen con lo pragmático y los principios universales de igualdad; soy de los impuros que arderán por la eternidad recibiendo el castigo en el infierno o malviviendo un karma. Admito con descaro que no tolero la idiotez que generan los fanatismos, al tiempo que evidencian la pereza de quienes los profesan.
Estas letras no serán un tratado de apostasía o un irreverente texto que emana de un desesperado intento por sentirme joven, acudiendo con desesperación al ataque a las instituciones tradicionales. La situación mundial demuestra que los fanatismos son un elemento peligroso que puede estar incubando un extraño fenómeno de cual solamente se pueden esperar trágicos resultados. La humanidad asiste la agonía de la razón, mientras que resucitan fanatismos, integrismos y radicalismos que evidencian la falta de rumbo.
La religión puede ser un aliciente para un grupo social, es un elemento de salud mental pública y una respetable parte de cada persona; pero lo que parece intolerable es que el odio esté fundamentado en la teología de un pueblo elegido y uno rechazado, los puros contra los impíos, los santos contra los pecadores, blancos contra negros.
Las justificaciones para la matanza que se está dando en la Franja de Gaza no se justifican desde ninguna religión sensata, pero usar las neuronas es algo que a lo que los radicales no están acostumbrados. Bien decía Antonio Machado: “es propio de mentes estrechas atacar todo aquello que no les cabe en la mente”. Tal vez por esta razón es que no sean suficientes los muertos que ha dejado la incursión israelí en el territorio palestino, ni que los poco que ha informado la prensa –maniatada, censurada, intimidada- causa indignación humana. El macabro conteo de muertos, las imágenes de niños muertos bajo los escombros, los ataques a las misiones humanitarias de la ONU evidencian lo demencial de esta guerra.
Israel está en todo derecho de defender en su territorio, pero desconocer el Derecho Internacional Humanitario (DIH) que reprueba los ataques preventivos, los ataques a civiles y corta las posibilidades de ayuda a los damnificados, tendrá un efecto devastador en el futuro, pues los odios se harán más profundos en tiempos donde la radicalización musulmana crece debido a las desastrosas campañas norteamericanas en Afganistán e Irak. En la región, Israel es visto como el gran aliado de EU, lo que lo convierte en un objetivo primario dentro del complicado conflicto que lleva casi cinco décadas.
Del lado de Gaza existen unas graves fallas que desencadenaron la actual situación. Si bien el Gobierno local está manejado por el grupo Hamas (elegido democráticamente), éste perdió la oportunidad de dar una batalla política y diplomática, para así crear espacios internacionales y exponer la grave situación a la que los somete Israel mediante el acoso sistemático a sus derechos básicos. Al hacerse los de la vista gorda con los cohetes que lanzaba Hamas, Palestina perdió la oportunidad de mostrar que tras las manifestaciones de ira y rechazo a lo que ellos llaman despectivamente “la entidad sionista”, existe un proyecto político serio que busca la reivindicación de los derechos humanos de los territorios palestinos.
Lo más reprobable son los réditos políticos que tendrá esta guerra en Israel, que tendrá elecciones el próximo mes. El partido de gobierno impulsará la candidata Livni, pero el camino no está allanado para la actual Canciller, pues la incursión se está alargando y desgasta la imagen de Israel en el exterior, lo que va en contravía de sus funciones diplomáticas.
Asumo cada una de las frase e ideas de este escrito con la conciencia de que recibiré críticas de los dos bandos, radicalizados en sus odios. Solamente espero que en medio de la crueldad aparezca la luz de la razón, aquella misma que afloró en Arabia en remotas épocas de Averroes y Avicena, aquél territorio donde salió el álgebra y donde la ciencia afloraba mientras que el oscurantismo anquilosaba la Europa medieval; la misma razón que se sintió acongojada cuando se divulgaron los testimonios de los campos de concentración, y profundamente apenada por la máquina de muerte que se creó para el exterminio de un pueblo, cuyo único delito fue vivir diferente.
La comunidad internacional se pronuncia con vehemencia, Naciones Unidas presta su labor humanitaria, solamente hacen falta las voluntades para encontrar un atisbo de paz ante de que el genocidio se consume.