Archivo | febrero 2009

La inteligencia inútil

Resulta difícil de entender que las personas con la mejor educación universitaria, que han crecido rodeados de privilegios y rodeados de personas de un altísimo nivel –económico, educativo y social- sean los mismos que han defraudado a miles de personas en todo el mundo, aquellos personajes cuya grosera ostentación y lujo desmedido contrasta con la pobreza generalizada en cualquier rincón del mundo.

Fueron seis carros de lujo los que le decomisaron a David Murcia Guzmán en Panamá. Dichos automóviles fueron comprados con el dinero del negocio que captaba los ahorros de muchas personas en Colombia y, según la Fiscalía General, en gran parte como resultado de actividades de lavado de dinero. La firma DMG (megalómano sello de un “holding” empresarial salido de zonas influenciadas por el narcotráfico) se convirtió en una especie de Robin Hood, que con un estilo revanchista y un fundamento populista, enfrentó a la tiranía de los bancos colombianos. Así como Murcia, aparecieron personajes con una inusitada habilidad para los negocios. Madoff y Stanford en Estados Unidos y Andrés Piedrahita en España, brillaban en las altas esferas sociales, empresariales, bursátiles y bancarias del mundo; también llamaba la atención su ampuloso estilo de vida donde tenían aviones privados e incluso paraísos fiscales propios, pero la crisis reveló la verdadera dimensión de su negocio: embelesar ricos que aparte de ambiciosos eran incautos.
Los juguetes –como se conocen a estas extravagancias- de los millonarios despiertan el morbo de los demás ciudadanos de a pie, que estiran sus últimos centavos hasta que llega la paga mensual. Dicho estilo de vida tiene unos extremos enfermos: sea la colección de carros de lujo, aviones privados o cualquier locura que el dinero pueda pagar. En la década de los ochenta, el narcotraficante colombiano Carlos Ledher llegó a tener una isla privada en los cayos cercanos a Florida, que servía como lugar de descanso, refugio de la ley y última escala de las avionetas cargadas de la cocaína que se esnifa en las fiestas de los ricos de Manhattan.
Madoff era hasta hace pocos meses un admirado miembro de la rancia aristocracia norteamericana, cuyo yerno, Andrés Piedrahita, había penetrado en los más exclusivos círculos sociales de Europa. Dichos personajes tenía casas de lujo en los sectores más exclusivos, tenían una flota de aviones a su servicio y sobra suponer que no tenían problemas de salud, hambre, recreación ni educación. Dadas estas circunstancias, resulta difícil de entender que las personas con la mejor educación universitaria, que han crecido rodeados de privilegios y rodeados de personas de un altísimo nivel –económico, educativo y social- sean los mismos que han defraudado a miles de personas en todo el mundo, aquellos personajes cuya grosera ostentación y lujo desmedido contrasta con la pobreza generalizada en cualquier rincón del mundo.
El caso de Ledher y DMG simplemente revelan lo que en Colombia se denomina “inteligencia para hacer plata”, pues la otra es inútil. Se cree erróneamente que el narcotráfico apareció debido a que unos desperados desempleados encontraron en un milagroso –aunque ilegal- un negocio lucrativo la posibilidad de ascender en una sociedad tan cerrada y clasista. La “gente bien” –así se autodenominan- es la misma clase social mediocre y perniciosa que consintió la mágica aparición de narcotraficantes, políticos corruptos, parapolíticos en sus círculos sociales; esa “gente bien” es la misma que determina quién es parte de aquel círculo tan difuso como discriminador. La clase dirigente en Colombia ha sido mediocre y cómplice en los triste sucesos que han marcado la historia del país, solamente contempla el dinero como factor de prestigio sin importar de dónde venga, ya sea de la ilegalidad, la corrupción, la violencia, la herencia o el trabajo.
Este es un rasgo característico de la sociedad colombiana: el menosprecio del mundo intelectual, cultural, democrático y ético. La cultura es vista como una cosa de idealistas perniciosos, de afeminados o como la excusa de unos buenosparanada para justificar las peligrosas ideas que se consignan en sus libros, columnas, películas, canciones, pinturas, poemas, esculturas, fotografías y revistas con contenidos que ofuscan la cómoda moral de una sociedad tan pacata como mediocre, que usa la palabra “patria” con la ambigüedad de la que se habla de dios y tratan de no complicarse la vida pensando demasiado acerca de los problemas del mundo, pues los problemas parroquiales son tan aberrantes que el mundo queda relegado a los pocos que han vivido en el extranjero.
La riqueza que genera el país no ha servido para mejorar los niveles de educación, reducir el hambre o la pobreza, pues al desaparecer alguno de estos problemas, se acabará la mano de obra lista y preparada para la guerra, ya sea con el uniforme de las fuerzas legales o ilegales (o tradicional fórmula de las fuerzas armadas ilegales apoyadas por el estado). Los campos seguirán alimentando el círculo vicioso que se ha convertido la guerra colombiana, aquélla misma que ha servido a Uribe para perpetuarse en el poder.
Mientras que la riqueza en Europa impulsó el Renacimiento como el triunfo intelectual de la creciente clase burguesa -que vio crecer su poder debido a la llegada del oro del Nuevo Mundo- ante el poder religioso de la Europa medieval, Colombia vive una época oscurantista, que se hace evidente con la persecución a los críticos del gobierno. Mientras que ciudades como Florencia, Hamburgo, Turín, Venecia, Ámsterdam o Brujas se impulsaban las artes y los comerciantes buscaban la manera independizarse del poder ejercido por la iglesia romana, los magnates modernos solamente sacian su voracidad mediante la ostentación y la millonarias compras compulsivas que van desde yates de lujo hasta equipos de fútbol, pero son insignificantes los aportes a la investigaciones en medicina, agrotecnología, ecología y nuevos combustibles respetuosos del medio ambiente. Tal vez sea el exceso de pesimismo, pero solamente serán impulsadas estas investigaciones científicas si resultan tan rentables como para llegar a comprar el mundo y todo lo que hay en este planeta.

Maniqueísmo cegador

El desprecio por todo aquello que es distinto ha dejado a lo largo de la historia innumerables muertos y ha negado la existencia de las minorías, signo irrefutable de la madurez democrática
Las personas hablando por celulares cada vez más sofisticados en cada rincón de las ciudades, autos con mejoras que solamente cabrían en una película futurista, una compleja red de comunicaciones que permite entrar en contacto con lugares remotos y la facilidad de tener noticias al instante sin que la distancia sea un obstáculo insalvable, son características asociadas a la vida moderna de la sociedad informática. Por fortuna, Colombia no está al margen de este caudal de artilugios que si bien agilizan y solucionan algunos inconvenientes cotidianos, no significan que el país esté en la carrera del siglo XXI. Persiste la peligrosa mentalidad egoísta, medieval y polarizada dentro de la sociedad, que no duda en estigmatizar aquello que asoma vestigios de crítica, disenso u oposición.
El desprecio por todo aquello que es distinto ha dejado a lo largo de la historia innumerables muertos y ha negado la existencia de las minorías, signo irrefutable de la madurez democrática. Es la negación –y posterior persecución hasta el exterminio- de aquél que encarna algo distinto, la exclusión humillante, degradante y asfixiante de esperanzas basada en criterios de raza, género, tendencia sexual, credo, ideología, la que sirve como filtro que decanta la esencia de la identidad colombiana: una innegable herencia de muerte, violencia y terror que marca el devenir del país.
A pesar de carecer del triste lastre de las dictaduras, como sucedió en el vecindario latinoamericano, Colombia es una democracia débil que todavía se halla en la disyuntiva de la consolidación o el fracaso. La violencia partidista, nacida a la mañana siguiente de la Independencia, que se extiende incólume a lo largo de la historia no parece tener un buen fin, y al contrario, generó –o degeneró, mejor- en conflictos que han corroído la sociedad. La violencia partidista espetó pesadillas como la Guerra de los Supremos, la de los Mil Días, la Violencia (que se inauguró con el asesinato de Gaitán), los bandoleros, las guerrillas campesinas, el narcotráfico, los paramilitares y las pirámides lavadoras de dinero. En los tiempos actuales se libra una guerra contra el “terrorismo”, término tan temido como amorfo, que al carecer de límites definidos es usado por para designar a cualquier opositor como “amigo de las FARC” o miembro de un bloque intelectual. Ya en las épocas de Rojas Pinilla se denominaba a Lleras Camargo como un “intelectual subversivo” por sus críticas a las arbitrariedades del régimen y la acérrima defensa del Estado de Derecho. Pocos años después, ése molesto crítico fue Presidente.
Dentro del clima de polarización hay una idiotez evidente e insoportable. Se ponderan los milagros de la Seguridad Democrática (LSD) pero la inseguridad en las ciudades preocupa a los habitantes. Hasta el hijo del Ministro de Defensa pasea por Anapoima con sus amigos en un helicóptero “Black Hawk”, destinado a misiones militares y la persecución a los guerrilleros –prevaricato a la vista-. Una gran paradoja del plan que devolvió la seguridad a las carreteras, cada vez más cercanas a convertirse en unas verdaderas “Autopistas al infierno”, aunque el nombre no le guste al Ministro de Transporte, miembro numerario de una secta católica.
Los bienes públicos manejados como propios por parte de los servidores públicos, se asemeja al terrateniente que manejaba su feudo como le viniera en gana, pues hasta la vida de sus siervos le pertenecían. Estas indelicadezas hacen evidente el arraigo medieval en la sociedad colombiana, pues la desigualdad solamente favorece a unos pocos a costa del sacrificio de muchos.
Pero seguirán retumbando los beneficios de LSD, sus seguidores, adormilados, defenderán lo indefendible, se organizarán marchas obvias y políticamente correctas para alinear las voluntades hacia la consolidación de un monarca que algunos ven desnudo. Seguirán sonando temas monorítmicos y tontos arropados bajo el tricolor y la idea del rescate de nuestros valores, con una fórmula facilista, repititiva y exageradamente mediática. El concepto de popular será usado como una manera aséptica de reconocer un pasado horroroso, del cual solamente nos salvará un líder capaz de continuar con la tarea que según se recuerda, solamente tardaría dos años: vencer el terrorismo. La paz no es la ausencia de guerrilla o paramilitares; tampoco de limita al silencia de los fusiles; se trata, también, de hacer que la equidad y la justicia sean una garantía para todos los ciudadanos de Colombia.
El pluralismo es un eufemismo usado para vender artesanías con un mensaje al estilo de Bennetton. Pero el país insiste en apostarle al tradicional radicalismo y al maniqueísmo cegador que solamente ve bandidos y patriotas. El mundo vive una profunda coyuntura económica que puede replantear la visión del mundo en las próximas décadas, mientras que la discusión local se ha centrado en buscar un digno sucesor del presidente, quien se precia de ser “frentero” pero nunca habla claro acerca de la re-reelección.

Esquivando los polos

Y así avanza la estampida noticiosa, entre notas periodísticas sin análisis ni contexto, sin preguntas ni profundidad, donde el periodista ha sido deshonrado con la cómoda misión de cargar micrófonos y ser un altavoz de las declaraciones oficiales

Dudo de que las letras puedan cambian la historia en momentos donde internet, la televisión, la radio y la globalización sumergen a la humanidad en un afán artificial, una cotidianidad supersónica que acelera las vidas y las ideas se esfuman por la imperceptible rapidez de los tiempos actuales. Cuando se trata de pensar en un escrito, aparecen miles de temas solitarios que se van entretejiendo hasta hacerse tediosamente complejos; otras veces, aparece el fantasma que aterra al escritor: la hoja en blanco que evidencia la ausencia de ideas, sea por desinterés del mundo, atorado en una masa de sucesos que saturan cualquier mente o porque los temas, con el tiempo, se hacen repetitivos y predecibles.
Colombia se mueve en un esquema secreto, que no es el resultado de alguna conspiración, sino que hace parte de la historia, de ese entramado de corrupción, violencia, desidia estatal y tropicalismo pernicioso que ha moldeado, no solo las páginas de la historia, sino el talante de quienes habitamos en ella. Dicho esquema se compone de violencia, (masacres, asesinatos selectivos, amenazas y todo lo relacionado con ese enfermo culto a la muerte colombiano) corrupción, (desde la época de la independencia, Zea ya había vendido a los ingleses la soberanía con unos créditos leoninos) y esa desidia oficial que desaparece en épocas electorales.
Los medios de comunicación tienen un libreto establecido para cada temporada. En los primeros meses se habla del alza en el costo de la vida, el viacrucis que significa estudiar –cuando se supone que éste es un derecho fundamental y gratuito- y el inicio del mediocre campeonato de fútbol. Algún suceso extraordinario estará sujeto al interés megalómano de algún gobernante regional o a la locura de los presidentes del vecindario latinoamericano. Siempre estarán listos los analistas para pontificar acerca de temas coyunturales, con opiniones previsibles que se santifican por ser académicos que posan de independientes. Luego aparece la opinión de los transeúntes despistados o los oyentes que patentaron la muletilla “julito no me cuelgue” dentro de los libretos radiales, con ideas que oscilan entre la desvariación y la provocación. Los columnistas de opinión, al hacerse repetitivos, recurren desesperadamente a la provocación como fórmula mágica para cobrar vigencia al menos por una semana, empleando ideas descabelladas sin argumentación sólida que evite ocultar la precariedad de sus procesos deductivos y mentales. Y así avanza la estampida noticiosa, entre notas periodísticas sin análisis ni contexto, sin preguntas ni profundidad, donde el periodista ha sido deshonrado con la cómoda misión de cargar micrófonos y ser un altavoz de las declaraciones oficiales. Y de ahí se pasa al culto a la silicona y la bobería farandulera.
Los periodistas escribimos como si todos los habitantes nos leyeran, el ego se infla con el solitario placer que significa imaginar las discusiones que surgirán por nuestras ideas, la polvareda que agitará la sociedad y la sensación de superioridad que nos será otorgada por poner un tema durante la semana. Más allá de reconocimiento social, supongo que no se sabe que más habrá, – una embajada o una silla en la CNTV son premios otorgados por los dioses que agradecen los panegíricos inanes y la hagiografía paisa como agradecimiento por los servicios prestados a la patria- el vacío o la incertidumbre aparecen como dos fantasmas que no admiten excusas, que llagan finalmente a la almohada tras huirles todos el día.
Resta, entonces, ser fiel a las propias convicciones e ideales, luchar incansablemente por los sueños que se alejan tan rápido cuando de toma respiro. Escribir aparece como una manera para canalizar los ideas ordenadamente, como un ejercicio de civilidad, autocrítica y tolerancia, para colocar en unas cuantas letras el alma, el intelecto y hasta el corazón. El reto de escribir no admite límites, exige cada vez más, no solo creatividad sino análisis y equilibrio, tal vez porque es bajo estas características que se enmarca mi vida, porque no soy capaz de plasmar algo en lo que no creo o tengo serias dudas. Se trata de tener más agilidad para evitar los lugares comunes, la trinchera de la creatividad, huír de las polarizaciones que limitan el conocimiento; en fin, se trata de ser una acróbata que esquiva los radicalismos y sectarismos, no por comodidad sino por que considero que son una malsana costumbre que va anquilosando el entendimiento y el análisis.
Mientras que se trata de encontrar temas de los cuales escribir, desde una perspectiva diferente, evitando la repetición, ni el país ni el mundo se atreven a romper los esquemas entre los que vive, tal vez porque la costumbre otorga una sensación de seguridad que me parece peligrosa, pues con el tiempo no serán toleradas otras voces o estilos de vida.

Los pensamientos perecederos

Probablemente, en una semana estas reflexiones hayan perdido vigencia o simplemente ya sea un capítulo cerrado.
El ciclón de sucesos agita los miles de pensamientos que aparecen cada rato en la mente de quien se dedica a escribir, ya sea por afición, pasión o aflicción. La claridad en la mente se asemeja al espejismo de un sediento en medio del desierto, es un deseo que se persigue sin descanso, del que se sabe que la casualidad no otorga ni siquiera a quien lo merece; la búsqueda se complica ante la incansable marea de acontecimientos.
A cada instante se busca una reflexión en medio de lo cotidiano, que en Colombia no distingue entre la tragedia, la crueldad y la euforia; se hacen conexiones análogas para tratar de entender la compleja realidad del país y sus múltiples variaciones; se huye del lugar común que en la actualidad pondera un nacionalismo etéreo, vacuo, amorfo e insípido, mientras la razón huye de las ideas preconcebidas que proclaman las bondades de esta tierra, colmada de ternura y motosierra, de arepas, dulces, frutas, coca, traquetos, siliconas y la fastidiosa opulencia del nuevo rico, que se hace más insoportable al ver como se posiciona como paradigma social para las nuevas generaciones de jóvenes. Las reflexiones personales de tipo trascendental quieren ser las protagonistas, tal vez el ego reclama su lugar en medio de un talento que no sirve para alimentarse de ese aire de superioridad mística que destilan aquellos que posan de escribir.
El riesgo de que lo escrito deje su vaho novedoso es alto. En una semana aparecen las reflexiones acerca de la llegada de un afroamericano a la Casa Blanca, pero deja de ser novedoso para dejar ver la pobredumbre de la clase dirigente de Colombia, apresurados por sentirse designados por el Presidente como el sucesor de las políticas de los seis años anteriores. Las ideas se cruzan, es imposible razonar con tranquilidad o colocarlas juntas en un solo escrito, el análisis, que se diluye en medio de la barahúnda informativa, se hace un elemento indispensable en una sociedad idiotizada por unos medios perezosos y con un afán protagónico impropio del periodista.
Dicho afán ha construido un pésimo esquema mediático cuando se cubre una noticia que despierta la solidaridad nacional. La liberación de los secuestrados cae en el insufrible esquema de los detalles acerca de cómo va a ser la bienvenida del secuestrado, la típica declaración por parte de cualquier funcionario gubernamental, los llantos de los familiares y todos los elementos relacionados con la grosera intromisión dentro del círculo íntimo de una familia que ha sufrido y luego estalla en júbilo. El menú de la comida de bienvenida, las canciones que le gustan, el arreglo de las mascotas y los detalles de su pasado son esculcados sin recato ni criterio periodístico. Ninguna de dichas notas pone en contexto el drama del secuestro, la intransigencia de las partes en conflicto, la necesidad de una acuerdo político, ni mucho menos hay un análisis histórico de las situaciones que desencadena un secuestro.
Las últimas liberaciones tienen varios elementos que hay que destacar: La activa participación de la sociedad civil en la mediación que trajo la felicidad a seis familias, el innegable papel de la senadora Piedad Córdoba –centro de polémica un año atrás y objeto de toda clase de insultos y agresiones-, las turbias explicaciones del Comisionado Restrepo y el Ministro Santos acerca de los vuelos militares durante la operación de rescate, la ayuda del gobierno de Brasil en detrimento de la exhibición mediática de otros vecinos y la vehemencia de los civiles liberados por un canje humanitario. Las FARC vuelven a tener un aire político al quedarse solamente con los militares secuestrados y abre la posibilidad de perseguir nuevamente el anhelado estatus de beligerancia, que le daría un reconocimiento como fuerza insurgente con las ventajas de tener representación internacional, pero los obligaría también a acogerse a las reglas del DIH (Derecho Internacional Humanitario) y todos los protocolos que humanizan la guerra- si de verdad existe dicha expresión-
Probablemente, en una semana estas reflexiones hayan perdido vigencia o simplemente ya sea un capítulo cerrado. Se espera con tranquilidad el próximo escándalo, la próxima captura de algún congresista, la nueva pataleta dentro de la “Casa de Nari”, la renuncia de los ministros que aspiran a heredar el Olimpo del mesiánico, el evidente desgobierno en Bogotá o algún dramático suceso que será adjudicado a las fuerzas terroristas, mientras que algunos escuchan con escepticismo las explicaciones insulsas del funcionario de turno. Muchos pensamientos se quedarán en la agenda de notas inconclusos, mutilados o a mitad de camino; mientras que otras ideas desarrolladas, analíticas y colmadas de agudeza se marchitarán antes de llegar ante el teclado del computador; serán ideas marchitas, que venían con fecha de vencimiento. Eran unas simples ideas perecederas.