Maniqueísmo cegador

El desprecio por todo aquello que es distinto ha dejado a lo largo de la historia innumerables muertos y ha negado la existencia de las minorías, signo irrefutable de la madurez democrática
Las personas hablando por celulares cada vez más sofisticados en cada rincón de las ciudades, autos con mejoras que solamente cabrían en una película futurista, una compleja red de comunicaciones que permite entrar en contacto con lugares remotos y la facilidad de tener noticias al instante sin que la distancia sea un obstáculo insalvable, son características asociadas a la vida moderna de la sociedad informática. Por fortuna, Colombia no está al margen de este caudal de artilugios que si bien agilizan y solucionan algunos inconvenientes cotidianos, no significan que el país esté en la carrera del siglo XXI. Persiste la peligrosa mentalidad egoísta, medieval y polarizada dentro de la sociedad, que no duda en estigmatizar aquello que asoma vestigios de crítica, disenso u oposición.
El desprecio por todo aquello que es distinto ha dejado a lo largo de la historia innumerables muertos y ha negado la existencia de las minorías, signo irrefutable de la madurez democrática. Es la negación –y posterior persecución hasta el exterminio- de aquél que encarna algo distinto, la exclusión humillante, degradante y asfixiante de esperanzas basada en criterios de raza, género, tendencia sexual, credo, ideología, la que sirve como filtro que decanta la esencia de la identidad colombiana: una innegable herencia de muerte, violencia y terror que marca el devenir del país.
A pesar de carecer del triste lastre de las dictaduras, como sucedió en el vecindario latinoamericano, Colombia es una democracia débil que todavía se halla en la disyuntiva de la consolidación o el fracaso. La violencia partidista, nacida a la mañana siguiente de la Independencia, que se extiende incólume a lo largo de la historia no parece tener un buen fin, y al contrario, generó –o degeneró, mejor- en conflictos que han corroído la sociedad. La violencia partidista espetó pesadillas como la Guerra de los Supremos, la de los Mil Días, la Violencia (que se inauguró con el asesinato de Gaitán), los bandoleros, las guerrillas campesinas, el narcotráfico, los paramilitares y las pirámides lavadoras de dinero. En los tiempos actuales se libra una guerra contra el “terrorismo”, término tan temido como amorfo, que al carecer de límites definidos es usado por para designar a cualquier opositor como “amigo de las FARC” o miembro de un bloque intelectual. Ya en las épocas de Rojas Pinilla se denominaba a Lleras Camargo como un “intelectual subversivo” por sus críticas a las arbitrariedades del régimen y la acérrima defensa del Estado de Derecho. Pocos años después, ése molesto crítico fue Presidente.
Dentro del clima de polarización hay una idiotez evidente e insoportable. Se ponderan los milagros de la Seguridad Democrática (LSD) pero la inseguridad en las ciudades preocupa a los habitantes. Hasta el hijo del Ministro de Defensa pasea por Anapoima con sus amigos en un helicóptero “Black Hawk”, destinado a misiones militares y la persecución a los guerrilleros –prevaricato a la vista-. Una gran paradoja del plan que devolvió la seguridad a las carreteras, cada vez más cercanas a convertirse en unas verdaderas “Autopistas al infierno”, aunque el nombre no le guste al Ministro de Transporte, miembro numerario de una secta católica.
Los bienes públicos manejados como propios por parte de los servidores públicos, se asemeja al terrateniente que manejaba su feudo como le viniera en gana, pues hasta la vida de sus siervos le pertenecían. Estas indelicadezas hacen evidente el arraigo medieval en la sociedad colombiana, pues la desigualdad solamente favorece a unos pocos a costa del sacrificio de muchos.
Pero seguirán retumbando los beneficios de LSD, sus seguidores, adormilados, defenderán lo indefendible, se organizarán marchas obvias y políticamente correctas para alinear las voluntades hacia la consolidación de un monarca que algunos ven desnudo. Seguirán sonando temas monorítmicos y tontos arropados bajo el tricolor y la idea del rescate de nuestros valores, con una fórmula facilista, repititiva y exageradamente mediática. El concepto de popular será usado como una manera aséptica de reconocer un pasado horroroso, del cual solamente nos salvará un líder capaz de continuar con la tarea que según se recuerda, solamente tardaría dos años: vencer el terrorismo. La paz no es la ausencia de guerrilla o paramilitares; tampoco de limita al silencia de los fusiles; se trata, también, de hacer que la equidad y la justicia sean una garantía para todos los ciudadanos de Colombia.
El pluralismo es un eufemismo usado para vender artesanías con un mensaje al estilo de Bennetton. Pero el país insiste en apostarle al tradicional radicalismo y al maniqueísmo cegador que solamente ve bandidos y patriotas. El mundo vive una profunda coyuntura económica que puede replantear la visión del mundo en las próximas décadas, mientras que la discusión local se ha centrado en buscar un digno sucesor del presidente, quien se precia de ser “frentero” pero nunca habla claro acerca de la re-reelección.
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