Amores que matan

Al emplear una moral flexible para los hombres y una rígida para las mujeres, la sociedad está impulsando el machismo, sucio nido donde se incuba el maltrato.

El ejercicio de escribir demanda un alto compromiso de responsabilidad, equilibrio y objetividad, características inherentes al oficio periodístico que forman parte vital de su razón de ser por estar al servicio de la sociedad. Infortunadamente, este escrito rompe dichas directrices éticas con un descaro justificado, pues el maltrato a las mujeres es un tema en el cual me declaro en oposición radical, ciega, dogmática e inquisidora. En días pasados fue asesinada a golpes una mujer –colombiana residente en España- a manos de su esposo. El deplorable hecho llama la atención por haber ocurrido en un país europeo, donde los derechos y la modernidad son estandartes de la civilización.
Este tipo de noticias lleva mi sangre más allá del umbral de la ebullición, ya que dichos actos manifiestan un oscuro pasado irracional, primario e instintivo de una ralea de perturbados y disminuidos mentales que condensan el nadir de mi cenit de valores humanos. Es detestable, además de un bajo rasgo de bellaquería, tratar de justificar dichas agresiones, sean de tipo físico, psicológico, sexual o emocional.
Tampoco cabe en mi mente ninguna razón para maltratar la mujer que se ama; pero, paradójicamente, es el amor excesivo la justificación para tan deleznable acto. Todo se justifica en nombre del amor. El escritor Amós Oz manifiesta en su libro Contra el Fanatismo que en esencia todo tipo de acto radical y ciego se justifica en nombre de amor, sin importar que dichos actos sean de tipo terrorista ni que dejen una estela de muerte y desolación, pues para las mentes enfermas, estos actos utilizan al amor como mampara cotidiana. Con frialdad aquellos que maltratan manifiestan que “lo hice por que la amaba, porque era mía”.
La mujer sigue siendo considerada como un objeto propiedad del hombre a quien decide entregar sus sentimientos, una parte de su intimidad y su vida; mientras que el hombre que se sabe poseedor de su vida, se siente con el poder para controlar y decidir acerca de los mínimos detalles –cuando el universo femenino está formado por esas pequeñas pinceladas- de su existencia.
Para luchar contra esta enfermedad social que afecta al círculo familiar, en especial a los más débiles y pequeños, es necesario identificar los factores que desencadenan este tipo de situaciones, conocer las características de los agresores, difundir las políticas e instituciones que protegen a la mujer agredida y rechazar firmemente este tipo de agresores. Por mi parte, he dejado de hablarle a aquellos que ha agredido a sus esposas, compañeras o mujeres.
Existe un profundo factor de tipo cultural que subordina la mujer a los designios del hombre. Aquellas mujeres que manifiestan una abierta independencia, ofenden a muchas mentes anquilosadas que no vacilan en etiquetar dichas personas como proclives a la lascivia o con un amplio acervo amatorio que no se limita tan solo a la cama. La independencia emocional las hace “solteronas a las que las está dejando la vida” o la autonomía económica las convierte en unas “descaradas materialistas”. Al emplear una moral flexible para los hombres y una rígida para las mujeres, la sociedad está impulsando el machismo, sucio nido donde se incuba el maltrato. Existen otro tipo de presiones sociales sobre la mujer, como el miedo al fracaso y los juicios que de allí se desprenden, la dependencia económica que otorga el rol dominante al hombre, el tradicional papel de la mujer que la doblega al hombre que mantiene el hogar, quien por el hecho de trabajar debe ser atendido en la mesa y la cama.
Los oficios domésticos son vistos como algo inherente al hombre trabajador que ha conseguido una mujer. Las labores del ama de casa son considerados como un oficio sin valor económico, tal vez por la sobrevaloración de las labores que requieren gran esfuerzo físico o aquellas asociadas al poder de la testosterona, como el abuso de bebidas alcohólicas y frecuentes episodios de drogadicción que sirven como excusa para justificar este abominable acto. Todo vale en el mundo masculino cuando hay episodios de “lagunas mentales”, que olvidan convenientemente el maltrato.
En un altísimo porcentaje estos episodios violentos ocurren en el círculo familiar, que al ser una institución cerrada –escenario propicio para agresiones repetitivas-, las víctimas se sienten incapaces de escapar de sus agresores al estar sujetas por una fuerza física, dependencia emocional, aislamiento social, dependencia económica, legal o estabilidad social.
Las mujeres maltratadas se hallan frente al futuro incierto, las críticas sociales y personales, y la inseguridad de enfrentar el mundo, mas si han sido víctimas de frecuentes humillaciones que desgastan su autoestima. Las manifestaciones de maltrato psicológico, como desvaloraciones constantes, críticas corrosivas y humillaciones, posturas amenazantes por parte del hombre, imposición de conductas degradantes, excesivo control y restricción – control de amistades, dinero, salidas de casa-, la culpabilización de la mujer o actitudes violentas como romper cosas o golpear paredes, van minando la salud mental y física de la mujer al sentirse en un ambiente hostil. Al romperse el límite del respeto, una agresión es inminente.
El agresor se caracteriza por ser un celoso excesivo, posesivo que se irrita fácilmente al ponerle límites, no controla los impulsos, bebe en exceso, culpa a otros de sus problemas, tiene problemas de comunicación para manifestar sus sentimientos, bruscos cambios de humor, comete actos de violencia, historial de maltrato, baja autoestima (que lo lleva a valorar situaciones como amenazantes), carencia para solucionar conflictos y cree en la subordinación de las mujeres. Este tipo de señales son una alerta roja para las mujeres, debido a que el 74% de los individuos violentos, también lo son en su hogar.
La sociedad deber unirse para evitar este tipo de conductas, dejar a un lado la moral facilista que pregona que “la ropa sucia se lava en casa” y evitar los reproches que ponen en duda a la víctima, mientras que justifican al agresor por las fallas de la mujer. Es necesario desarrollar desde el hogar –gran y verdadera escuela de la vida- actitudes que fomenten la comunicación y la igualdad de géneros. Hay que difundir las ventajas de denunciar al agresor para que la mujer recupere el control de su propia vida, adquiera confianza y respeto, rescate a los hijos de una ambiente violento, se relacione con otras personas, ponga fin al abuso y la humillación, tome distancia del miedo y el peligro, y advierta al maltratador que el asunto va en serio.
Finalmente, también debe rechazar cualquier tipo de acto violento que exponga a las mujeres a cualquier tipo de agresión, mas en un país en conflicto donde ellas se convierten en un botín de guerra o una población extremadamente vulnerable al asecho de los grupos armados que intervienen en el conflicto.
Es imperativo que los hombres abandonemos actitudes que ven a la mujer como un objeto doméstico, una esclava o sirvienta, un trofeo para mostrar ante los demás machos, un escudo para evadir responsabilidades propias de cada etapa de la vida o una excusa para enfrentar los propios problemas y defectos. Bienvenida la mujer compañera y crítica, la mujer complemento al universo masculino, la mujer que, como Virgilio, sirve de guía por un mundo colmado de trampas y decepciones, la mujer amiga y solidaria que sirve al hombre para ser cada día mejor y ser digno de su compañía, y de esta manera asumir el bello reto de comprender el universo femenino, su visión de vida y aquel sentir tan distante de la predominante testosterona.
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