Archivo | abril 2009

La mujer jamás besada

Susan Boyle, desempleada inglesa de 47 años que ocupa su tiempo libre como voluntaria en una iglesia y quien comparte su casa con un gato, es una de las figuras más carismáticas del “reality show” The British got talent (Los británicos tiene talento). Esta mujer carece de atractivo, su sobrepeso es evidente e incluso afirma sin temores que nunca ha sido besada.
A pesar de que se puede comparar con el primer ganador de este concurso –Paul Potts- y que las similitudes podrían despertar sospechas de manipulación, existe una evidencia innegable tras ver el ejemplo de estas dos personas: cada ser humano tiene un valiosísimo potencial humano. Al ver la primera audición de Susan Boyle, el público, acostumbrado a las figuras juveniles y bien cuidados por asesores de imagen (a pesar de que no canten muy bien o sus composiciones evidencien una lírica prosaica y facilista), tenía engatillada la risa burlona con la que sería ejecutada aquella mujer de cejas pobladas y vestido de domingo. Incluso los jurados no disimulaban el escepticismo que suscitaba la apariencia de miss Boyle. Pero ella conmovió todo el auditorio desde la primera nota, su transformación fue evidente e incluso confirmó que la música posee un poder inconmensurable, cercano a la magia o el milagro.
Paul Potts, primer ganador del concurso, tiene un perfil parecido. Abnegado vendedor de teléfonos celulares, encontraba en la música la única ventana que iluminaba su vida gris y plana. No importaba que le faltaran varios dientes o que sufriera de sobrepeso, la ópera se constituía en su vehículo para llegar a un espacio interior donde era plenamente feliz y libre, donde no importaban los conceptos estéticos modernos ni el rigor de la báscula. Su primera audición tenía un latente ambiente de burla, pues ¿Qué podría ofrecer estas persona sin ángel ni presencia física? Con su talento no sólo conmovió al auditorio, pues hasta lágrimas se vieron en los rostros de los estrictos –y arrogantes- jurados.
En un mundo dominado por la imagen, la proyección de seguridad total y donde la prosperidad se convirtió en una obligación social, existen ciertas personas que son excluidas por no seguir estos mandamientos modernos. Condenados a la opacidad, su mejor alternativa es camuflarse, pasar desapercibidos o resignarse a ser fantasmas de carne y hueso. Exiliados por la tiranía de la belleza y la perfección, se enfrentan a la soledad que los obliga a refugiarse en un mundo propio donde sen plenos y libres. En ese plano íntimo se gestan una serie de talentos maravillosos, una búsqueda intensa por encontrar un refugio de la inhumanidad de las personas.
Cada uno de nosotros puede desarrollar cualquier tipo de talento, enfrentar las propias limitaciones, vencer la ignorancia y elevarse sobra cualquier obstáculo. Dentro de cada uno existe un Paul o una Susan que espera salir de la intimidad para exponer toda su inmensidad y hermosura ante los demás. Al vencer el miedo se logra un mejor conocimiento de sí mismo, eje fundamental de la sabiduría según estaba escrito en el oráculo griego de Delfos, y se potencian todos los talentos con lo que nace cada persona. Los sueños se hacen realidad mediante constancia, disciplina y esfuerzo.
Enfrentar los miedos, la pereza o la mediocridad es la gran moraleja que dejan estos dos personajes, ya que la otra alternativa consiste en incubar miedo, odio y resentimiento que desconoce el límite.
Sound track: Vídeo acerca de Paul Potts: http://www.youtube.com/watch?v=woAUSJpHHuI

Memorias de una apóstata

Frente a la curiosa amalgama de misticismo y turistas, rezos y bronceadores, piedad y festividad vacacional, es difícil apartar la mente de temas ascéticos. Si bien soy ateo declarado, defendería con feracidad el derecho de cada persona para manifestar y practicar su fe; además, por el profundo respeto que me merece la espiritualidad de cada quien y los beneficios que pudiera tener la religión para la salud mental de las personas, no tomo una posición radical e irreconciliable con las manifestaciones de fe.
Nunca hubieran aparecido sobre la tierra los magníficos frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, las sinfonías de Handel, Beethoven o los versos de Sor Juana Inés de la Cruz de no haber mediado el poder de la iglesia católica; así como tampoco se hubieran erigido pirámides, templos ni estatuas por una motivación espiritual en diversas partes del mundo. Sin embargo, los motivos por los cuales hago mi declaración de apostasía son tan válidos como los ideales que dominan el dogma religioso.
El problema fundamental es el uso mercenario que se le ha dado a la fe como elemento de control social que irrumpe abruptamente en la intimidad de una persona, el cual emplea el miedo como arma para domar la mente ignorante y temerosa de lo desconocido. El concepto de dios nace cuando el hombre se vuelve sedentario, debido al anhelo de seguridad ante un entorno inhóspito, impredecible y hostil. Al descubrir la ganadería y la agricultura, los primeros hombres que abandonaron el nomadismo se dieron cuenta de que no podían dominar ciertos fenómenos naturales como la lluvia o el sol –elementos claves para los cultivos- o controlar la mortalidad del ganado –ya fuera por enfermedad, depredadores o desastres naturales-. Frente a este mundo salvaje fue necesario reconocer que habían fuerzas superiores al hombre, entre ellas el dios que daba la vida y explicaba lo inexplicable. Dios aparece como un hermano mayor que cuida de sus pequeños hombrecillos.
Junto a la eterna compañía de dios, el hombre vencería la muerte y sería inmortal como aquel que creó el mundo, trascendería el tiempo y el espacio para llegar a ser incorruptible, perfecto y alejado de cualquier asomo de dolor o sufrimiento. Pero el camino para llegar allí sería duro, difícil y requeriría de una vida completa para reclamar un lugar en dicho paraíso. La promesa de felicidad eterna es el primer mito de la fábula religiosa del cual se desencadenan varias tragedias. Así, se imponen determinadas maneras de actuar y pensar que enmarcan la moral de cada persona, dictadas por personas que detentan el “poder” de interpretación de las palabras de los dioses.
Investidos por un poder cuestionado desde un punto de vista social pero favorable para sus intereses de control colectivo, los lineamientos morales impiden la felicidad de las personas al mismo tiempo que siembran un miedo que ha sido una tradicional fuente de miseria para los hombres. No es coincidencia que las normas musulmanas sean tan rígidas para las mujeres y excesivamente permisivas para los hombres, pues en estas sociedades la mujer es considerada como un ser al servicio del hombre, como los camellos o las cabras, lo que evidencia que la moral se fundamenta en el rechazo y el dolor. El tradicional papel de la mujer está asociado a la tentación y todos los males de la humanidad, en ellas se relacionan varios conceptos de pecado e impureza y son la fuente de toda tentación, razón por la que los sacerdotes católicos calman sus impulsos carnales por medio de la pedofilia, tal vez por el parecido de los niños con los ángeles se sentirán en intimidad con dios –¿el celibato tolera esta excepción?-.
Otro camino para ganar un puesto eterno en el paraíso es el dolor que evidencia un soterrado sadismo aceptado socialmente. Los pecados son absueltos con el látigo, el ayuno y artilugios como el cilicio, mientras que se espera un milagro que restaure la torpeza humana: “cura a mi hijo de esta enfermedad, ayúdanos a que mueran los impíos, permite que mi marido deje sus andanzas nocturnas” y miles de plegarias más se escuchan.
Un verdadero milagro sería que rebrotara la pierna amputada, que el autista abandonara aquella situación o que desapareciera la pobreza extrema, pero para los miserables la religión es el único consuelo que calma sus existencias. La religión aparece en su verdadera dimensión ante la pobreza como instrumento de castración mental que aconseja a las personas aceptarla todo con resignación y orgullo, ya que la recompensa llegará al final de los días, mientras otorga la vaga seguridad de sentirse parte de un privilegiado ejército espiritual predestinado a la gloria eterna que, tras la derrota del enemigo, iniciará una nueva época de perfección.
Frente a la dominación mental, aparecerán personas inquietas que preguntan y cuestionan, que se resisten a obedecer ciegamente unos designios aberrantes y unas normas exageradas, que no creen en la sabiduría colectiva como sustituto de la inteligencia. Este tipo de individuos serán catalogados con todo tipo de etiquetas malévolas y discriminativas, considerados como herejes, impuros y amantes del mal, mientras que son apartados o discriminados, si antes no mueren lapidados, en las hogueras de la inquisición o ante un tribunal de ulemas. La libertad crítica es mal vista por todo tipo de radicalismos que no admiten dudas o cuestionamientos a la verdad rígida y absoluta que se transforma en un dogma.
Cuando el raciocinio se transforma en dogma, las ideas se comienzan a anquilosar, pierden vigencia y rápidamente hieden a una cómoda pernicia mental. El pragmatismo ventila las mentes, permite analizar la actualidad y convivir con las nuevas tendencias sin renunciar a los principios fundamentales; pero corre el riesgo de confundirse con el eclecticismo facilista que olvida el análisis, sólo para ignorar a aquellos que se muestran distintos. Aparecen polémicas vacuas cuando no hay interés en la religión simultáneamente con decisiones apresuradas que ofrecen al hombre moderno, inmerso en una sociedad individualista, un sustituto de familia y lazos de fraternidad artificiales.
El hombre busca refugio de un mundo que se presenta cercano al fin, próximo al cataclismo que depurará los infieles mientras que los puros vivirán en un nuevo mundo donde la paz y la abundancia perdurarán eternamente. Varias y variadas son las voces que pregonan el fin de los tiempos, desde las profecías mayas que anuncias el final con asombrosa exactitud, pasando por peculiares sectas extraterrestres, hasta llegar a los nacionalismos que llaman a unir fuerzas contra un gran enemigo –sea “el eje del mal” o el “gran satán-. Lo preocupante de este extenso “menú salvacionista” es que cobran fuerza las palabras de G.K Chesterton: “cuando la gente deja de creer en algo, no es que no crea en nada, sino que cree cualquier cosa.
No es que los ateos carezcan de moral, es sólo que no está fundamentada en un libro o en unas rancios preceptos. La moral se da en virtud de la integridad intelectual, de la coherencia existencial o de la sinceridad. Las reglas morales que justifican actitudes sociales, son independientes de la religión y el dogma que representa.

Más allá del porro

La marcha a favor de mantener la dosis personal no fue más allá de un mitin psicotrópico que olvidó el espíritu liberal del respeto al libre desarrollo de la personalidad. Un “conglomerado colino” que piensa solamente en la férrea defensa de su hábito y que olvida los principios liberales fundamentales para cualquier democracia.

La marcha por la dosis de dignidad realizada en días pasados en Bogotá tenía como fundamento la oposición a la penalización de la dosis personal, declarada como ajustada a la Constitución por la sentencia C-221 de 1994. El Gobierno actual radica por cuarta vez la penalización de dicha dosis, más como una estrategia populista que por una preocupación gubernamental, pues el narcotráfico ronda por el palacio presidencial hace mucho tiempo. Si embargo, la marcha a favor de mantener la dosis personal no fue más allá de un mitin psicotrópico que olvidó el espíritu liberal del respeto al libre desarrollo de la personalidad. Un “conglomerado colino” que piensa solamente en la férrea defensa de su hábito y olvida los principios liberales fundamentales para cualquier democracia.
Más allá de las innecesarias consideraciones moralistas y las innumerables justificaciones médicas que previenen acerca de los perjuicios que causan ciertas sustancias para el cuerpo humano –legales como el cigarrillo o el alcohol, sin contar las comidas que afectan la adecuada nutrición-, creo que es una lucha por la madurez social y democrática del país. Es la lucha por la defensa de que cada persona sea libre para elegir lo que mejor convenga la desarrollo de su existencia, siempre y cuando respete la integridad de los demás miembros.
Amparados tras la excusa de que se debe buscar lo mejor para la sociedad, sería proscrita la prostitución por calmar el desenfreno sexual de los hombres –solteros y casados- que transmite el SIDA o prohibido el alcohol por ser una de las principales causas de muertes violentas en el país, debido a que los borrachos resuelven sus disputas con sangre o deciden conducir en este estado, exponiendo la vida de los demás transeúntes y conductores.
El miedo a la autoderminación de los individuos es una de las excusas características de los regímenes totalitarios, que justifican sus excesos con el concepto del bienestar colectivo, cuando una democracia garantiza los derechos de las minorías. Nada más basta recordar lo que ocurrió con judíos, gitanos, homosexuales o cualquier asomo de inconformidad en gobiernos como los de Hitler, Stalin, Pol Pot, Mao o Castro, quienes pretendían crear una sociedad ajustada al único concepto ajustado a la medida de unos pocos.
Cuando el individuo no está sometido a una estricta vigilancia o control, se cree que éste correrá hacia los excesos, el desaforo y el insaciable culto al libertinaje; por dichas razones el Estado debe mantener una figura paternal que corrija al ciudadano como un pequeño que no sabe distinguir lo mejor para su vida y que le entrega todo el poder al padre. Tal actitud desafía un inteligencia mediana y es una afrenta para cualquiera que crea en el librepensamiento, mientras que la realidad demuestra que el estado moderno, que debría promover el bienestar del individuo, controla cada aspecto del individuo, incluidos sus pensamientos e intimidad.
El ciudadano de hoy tiene unas preocupaciones diarias como las deudas, la educación de sus hijos, la violencia, el fleteo, las eliminatorias al mundial, el pico y placa y una serie de problemas que no pienso etiquetar como vacuos o intrascendentes, pues cada quien es libre de tener sus prioridades. Ante todas estas preocupaciones le resulta fácil aplaudir todas las actuaciones del Presidente antes que analizar lo que ocurre en la realidad, sentirse orgulloso por el éxito de cualquier artista colombiano, ponerse la camiseta en una marcha en contra de cualquier causa nacional, rechazar a Chávez y soñar con la modelo que despide el noticiero. Resulta preocupante que pase de todo en Colombia mientras que se le entrega al gobierno la capacidad de decidir acerca de los asuntos personales –ya sea fumarse un “bareto” o anticipar el “gustico”- y los medios aprovechan para moldear una opinión pública que apenas balbucea.
Troqueladas las voluntades y opiniones, es fácil atacar el narcotráfico mientras que se escuchan más voces que promueven la legalización de dichas sustancias. La prohibición impulsa el narcotráfico, una guerra que se está perdiendo por la misma naturaleza mafiosa del enemigo y por la profunda penetración que dicho negocio ha tenido en la sociedad colombiana, a los que hay que sumar los muertos, el terror y desolación que ha dejado en estas tierras.
La obstinación del Gobierno por desmontar la Constitución del 91 va más allá de meter a la cárcel al marihuanero o al jíbaro, o la “modificación del articulito”; es el desprecio por la libertad del individuo del régimen civil que pretende perpetuarse por cualquier camino. Este tipo de cruzadas morales buscan el empoderamiento positivo de la imagen del gobierno, maltrecha por los repetidos escándalos e incapaz de enfrentar crisis económica mundial, de la cual Colombia no estaba blindada, como lo aseguró el gobierno hace dos meses.
La lucha de la dosis personal no es solamente la defensa legítima a la “traba” o la borrachera, se trata de la defensa de los derechos ciudadanos y la capacidad de decidir sin que interfiera en la intimidad la figura estatal, de fortalecer la democracia y el respeto entre las distintas expresiones de libertad que existen en Colombia.