Más allá del porro

La marcha a favor de mantener la dosis personal no fue más allá de un mitin psicotrópico que olvidó el espíritu liberal del respeto al libre desarrollo de la personalidad. Un “conglomerado colino” que piensa solamente en la férrea defensa de su hábito y que olvida los principios liberales fundamentales para cualquier democracia.

La marcha por la dosis de dignidad realizada en días pasados en Bogotá tenía como fundamento la oposición a la penalización de la dosis personal, declarada como ajustada a la Constitución por la sentencia C-221 de 1994. El Gobierno actual radica por cuarta vez la penalización de dicha dosis, más como una estrategia populista que por una preocupación gubernamental, pues el narcotráfico ronda por el palacio presidencial hace mucho tiempo. Si embargo, la marcha a favor de mantener la dosis personal no fue más allá de un mitin psicotrópico que olvidó el espíritu liberal del respeto al libre desarrollo de la personalidad. Un “conglomerado colino” que piensa solamente en la férrea defensa de su hábito y olvida los principios liberales fundamentales para cualquier democracia.
Más allá de las innecesarias consideraciones moralistas y las innumerables justificaciones médicas que previenen acerca de los perjuicios que causan ciertas sustancias para el cuerpo humano –legales como el cigarrillo o el alcohol, sin contar las comidas que afectan la adecuada nutrición-, creo que es una lucha por la madurez social y democrática del país. Es la lucha por la defensa de que cada persona sea libre para elegir lo que mejor convenga la desarrollo de su existencia, siempre y cuando respete la integridad de los demás miembros.
Amparados tras la excusa de que se debe buscar lo mejor para la sociedad, sería proscrita la prostitución por calmar el desenfreno sexual de los hombres –solteros y casados- que transmite el SIDA o prohibido el alcohol por ser una de las principales causas de muertes violentas en el país, debido a que los borrachos resuelven sus disputas con sangre o deciden conducir en este estado, exponiendo la vida de los demás transeúntes y conductores.
El miedo a la autoderminación de los individuos es una de las excusas características de los regímenes totalitarios, que justifican sus excesos con el concepto del bienestar colectivo, cuando una democracia garantiza los derechos de las minorías. Nada más basta recordar lo que ocurrió con judíos, gitanos, homosexuales o cualquier asomo de inconformidad en gobiernos como los de Hitler, Stalin, Pol Pot, Mao o Castro, quienes pretendían crear una sociedad ajustada al único concepto ajustado a la medida de unos pocos.
Cuando el individuo no está sometido a una estricta vigilancia o control, se cree que éste correrá hacia los excesos, el desaforo y el insaciable culto al libertinaje; por dichas razones el Estado debe mantener una figura paternal que corrija al ciudadano como un pequeño que no sabe distinguir lo mejor para su vida y que le entrega todo el poder al padre. Tal actitud desafía un inteligencia mediana y es una afrenta para cualquiera que crea en el librepensamiento, mientras que la realidad demuestra que el estado moderno, que debría promover el bienestar del individuo, controla cada aspecto del individuo, incluidos sus pensamientos e intimidad.
El ciudadano de hoy tiene unas preocupaciones diarias como las deudas, la educación de sus hijos, la violencia, el fleteo, las eliminatorias al mundial, el pico y placa y una serie de problemas que no pienso etiquetar como vacuos o intrascendentes, pues cada quien es libre de tener sus prioridades. Ante todas estas preocupaciones le resulta fácil aplaudir todas las actuaciones del Presidente antes que analizar lo que ocurre en la realidad, sentirse orgulloso por el éxito de cualquier artista colombiano, ponerse la camiseta en una marcha en contra de cualquier causa nacional, rechazar a Chávez y soñar con la modelo que despide el noticiero. Resulta preocupante que pase de todo en Colombia mientras que se le entrega al gobierno la capacidad de decidir acerca de los asuntos personales –ya sea fumarse un “bareto” o anticipar el “gustico”- y los medios aprovechan para moldear una opinión pública que apenas balbucea.
Troqueladas las voluntades y opiniones, es fácil atacar el narcotráfico mientras que se escuchan más voces que promueven la legalización de dichas sustancias. La prohibición impulsa el narcotráfico, una guerra que se está perdiendo por la misma naturaleza mafiosa del enemigo y por la profunda penetración que dicho negocio ha tenido en la sociedad colombiana, a los que hay que sumar los muertos, el terror y desolación que ha dejado en estas tierras.
La obstinación del Gobierno por desmontar la Constitución del 91 va más allá de meter a la cárcel al marihuanero o al jíbaro, o la “modificación del articulito”; es el desprecio por la libertad del individuo del régimen civil que pretende perpetuarse por cualquier camino. Este tipo de cruzadas morales buscan el empoderamiento positivo de la imagen del gobierno, maltrecha por los repetidos escándalos e incapaz de enfrentar crisis económica mundial, de la cual Colombia no estaba blindada, como lo aseguró el gobierno hace dos meses.
La lucha de la dosis personal no es solamente la defensa legítima a la “traba” o la borrachera, se trata de la defensa de los derechos ciudadanos y la capacidad de decidir sin que interfiera en la intimidad la figura estatal, de fortalecer la democracia y el respeto entre las distintas expresiones de libertad que existen en Colombia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s