Memorias de una apóstata

Frente a la curiosa amalgama de misticismo y turistas, rezos y bronceadores, piedad y festividad vacacional, es difícil apartar la mente de temas ascéticos. Si bien soy ateo declarado, defendería con feracidad el derecho de cada persona para manifestar y practicar su fe; además, por el profundo respeto que me merece la espiritualidad de cada quien y los beneficios que pudiera tener la religión para la salud mental de las personas, no tomo una posición radical e irreconciliable con las manifestaciones de fe.
Nunca hubieran aparecido sobre la tierra los magníficos frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, las sinfonías de Handel, Beethoven o los versos de Sor Juana Inés de la Cruz de no haber mediado el poder de la iglesia católica; así como tampoco se hubieran erigido pirámides, templos ni estatuas por una motivación espiritual en diversas partes del mundo. Sin embargo, los motivos por los cuales hago mi declaración de apostasía son tan válidos como los ideales que dominan el dogma religioso.
El problema fundamental es el uso mercenario que se le ha dado a la fe como elemento de control social que irrumpe abruptamente en la intimidad de una persona, el cual emplea el miedo como arma para domar la mente ignorante y temerosa de lo desconocido. El concepto de dios nace cuando el hombre se vuelve sedentario, debido al anhelo de seguridad ante un entorno inhóspito, impredecible y hostil. Al descubrir la ganadería y la agricultura, los primeros hombres que abandonaron el nomadismo se dieron cuenta de que no podían dominar ciertos fenómenos naturales como la lluvia o el sol –elementos claves para los cultivos- o controlar la mortalidad del ganado –ya fuera por enfermedad, depredadores o desastres naturales-. Frente a este mundo salvaje fue necesario reconocer que habían fuerzas superiores al hombre, entre ellas el dios que daba la vida y explicaba lo inexplicable. Dios aparece como un hermano mayor que cuida de sus pequeños hombrecillos.
Junto a la eterna compañía de dios, el hombre vencería la muerte y sería inmortal como aquel que creó el mundo, trascendería el tiempo y el espacio para llegar a ser incorruptible, perfecto y alejado de cualquier asomo de dolor o sufrimiento. Pero el camino para llegar allí sería duro, difícil y requeriría de una vida completa para reclamar un lugar en dicho paraíso. La promesa de felicidad eterna es el primer mito de la fábula religiosa del cual se desencadenan varias tragedias. Así, se imponen determinadas maneras de actuar y pensar que enmarcan la moral de cada persona, dictadas por personas que detentan el “poder” de interpretación de las palabras de los dioses.
Investidos por un poder cuestionado desde un punto de vista social pero favorable para sus intereses de control colectivo, los lineamientos morales impiden la felicidad de las personas al mismo tiempo que siembran un miedo que ha sido una tradicional fuente de miseria para los hombres. No es coincidencia que las normas musulmanas sean tan rígidas para las mujeres y excesivamente permisivas para los hombres, pues en estas sociedades la mujer es considerada como un ser al servicio del hombre, como los camellos o las cabras, lo que evidencia que la moral se fundamenta en el rechazo y el dolor. El tradicional papel de la mujer está asociado a la tentación y todos los males de la humanidad, en ellas se relacionan varios conceptos de pecado e impureza y son la fuente de toda tentación, razón por la que los sacerdotes católicos calman sus impulsos carnales por medio de la pedofilia, tal vez por el parecido de los niños con los ángeles se sentirán en intimidad con dios –¿el celibato tolera esta excepción?-.
Otro camino para ganar un puesto eterno en el paraíso es el dolor que evidencia un soterrado sadismo aceptado socialmente. Los pecados son absueltos con el látigo, el ayuno y artilugios como el cilicio, mientras que se espera un milagro que restaure la torpeza humana: “cura a mi hijo de esta enfermedad, ayúdanos a que mueran los impíos, permite que mi marido deje sus andanzas nocturnas” y miles de plegarias más se escuchan.
Un verdadero milagro sería que rebrotara la pierna amputada, que el autista abandonara aquella situación o que desapareciera la pobreza extrema, pero para los miserables la religión es el único consuelo que calma sus existencias. La religión aparece en su verdadera dimensión ante la pobreza como instrumento de castración mental que aconseja a las personas aceptarla todo con resignación y orgullo, ya que la recompensa llegará al final de los días, mientras otorga la vaga seguridad de sentirse parte de un privilegiado ejército espiritual predestinado a la gloria eterna que, tras la derrota del enemigo, iniciará una nueva época de perfección.
Frente a la dominación mental, aparecerán personas inquietas que preguntan y cuestionan, que se resisten a obedecer ciegamente unos designios aberrantes y unas normas exageradas, que no creen en la sabiduría colectiva como sustituto de la inteligencia. Este tipo de individuos serán catalogados con todo tipo de etiquetas malévolas y discriminativas, considerados como herejes, impuros y amantes del mal, mientras que son apartados o discriminados, si antes no mueren lapidados, en las hogueras de la inquisición o ante un tribunal de ulemas. La libertad crítica es mal vista por todo tipo de radicalismos que no admiten dudas o cuestionamientos a la verdad rígida y absoluta que se transforma en un dogma.
Cuando el raciocinio se transforma en dogma, las ideas se comienzan a anquilosar, pierden vigencia y rápidamente hieden a una cómoda pernicia mental. El pragmatismo ventila las mentes, permite analizar la actualidad y convivir con las nuevas tendencias sin renunciar a los principios fundamentales; pero corre el riesgo de confundirse con el eclecticismo facilista que olvida el análisis, sólo para ignorar a aquellos que se muestran distintos. Aparecen polémicas vacuas cuando no hay interés en la religión simultáneamente con decisiones apresuradas que ofrecen al hombre moderno, inmerso en una sociedad individualista, un sustituto de familia y lazos de fraternidad artificiales.
El hombre busca refugio de un mundo que se presenta cercano al fin, próximo al cataclismo que depurará los infieles mientras que los puros vivirán en un nuevo mundo donde la paz y la abundancia perdurarán eternamente. Varias y variadas son las voces que pregonan el fin de los tiempos, desde las profecías mayas que anuncias el final con asombrosa exactitud, pasando por peculiares sectas extraterrestres, hasta llegar a los nacionalismos que llaman a unir fuerzas contra un gran enemigo –sea “el eje del mal” o el “gran satán-. Lo preocupante de este extenso “menú salvacionista” es que cobran fuerza las palabras de G.K Chesterton: “cuando la gente deja de creer en algo, no es que no crea en nada, sino que cree cualquier cosa.
No es que los ateos carezcan de moral, es sólo que no está fundamentada en un libro o en unas rancios preceptos. La moral se da en virtud de la integridad intelectual, de la coherencia existencial o de la sinceridad. Las reglas morales que justifican actitudes sociales, son independientes de la religión y el dogma que representa.
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