Archivo | enero 2010

Lagartería, oportunismo y grosería

Hay ideas que rondan la cabeza con insistencia en la mente de quien escribe constantemente, caracterizada por una incansable crítica a los hechos que lo rodean. Las ideas persisten en tomar forma, crecer y hacerse críticas, en buscar un adecuado equilibrio cuando el país padece del peligroso renacimiento del radicalismo, en apartarse de amores y odios. Mientras estas ideas toman forma, otras personas han publicado su opinión y se adelantan, condenando las ideas propias en el mundo del plagio.
Recientemente pasó algo similar con el reciente terremoto que azotó Haití la semana anterior. Mientras veía la regordeta figura del Ministro Fabio Valencia Cossio en visita al país que ocupa la tercera parte de la isla La Española, pensaba en la falta de sensibilidad y el oportunismo político que podría ser la avanzada del presidente Uribe. Pensaba en la inutilidad de la visita de un presidente y en los recursos que serían desperdiciados en atender la visita de un mandatario: equipo de prensa, seguridad y miembros de la Cancillería, quienes usurparían el lugar de un equipo profesional de rescate, médicos especialistas, enfermeras, más útiles que los oportunistas.
Sin embargo, Antonio Caballero se adelantó a mi escrito en la pasada edición de la revista Semana. Su magistral escrito coincide con muchas ideas que horadaban el pensamiento, pero creo que no puedo reversar muchas de las consideraciones propias.
No se trata de la visita a un país devastado desde hace mucho tiempo, ya sea por la familia Duvalier que gobernó por más de 30 años la isla y la condenó al atraso que genera la corrupción: precarias condiciones de vida por la falta de adecuados servicios públicos, pobre infraestructura que concentra las personas en los centros urbanos, pocas condiciones socio económicas para desarrollar un proyecto de vida digno y la generalización del mesianismo como única posibilidad legítima dentro del estado democrático, inexistentes servicios de salud y educación. Incluso los extremistas religiosos, aquellos que creen enarbolar las banderas de lo moralmente correcto –desde Osama Bin Laden hasta el telepredicador norteamericano Pat Robertson-, relacionaron la tragedia con el justo castigo de dios a una nación de ritos paganos.
El panorama que encuentra Uribe en Haití es el perfecto escenario para una hecatombe hecha a la medida de sus megalómanas ambiciones, que a falta de un enemigo interno y una amenaza externa, tiene en la pobreza, la precariedad y la corrupción como trágicos males que han marcado el desastroso devenir de esta nación. Ojalá sea útil esta visita para reconocer que los personalismos atascan seriamente el adecuado desarrollo de una sociedad, que como la colombiana no conoce una alternativa distinta para tener esperanzas que descargar la responsabilidad en un líder paternalista, pacato y montañero. En su desesperación por tener alguna aprobación internacional a su tercer mandato, Uribe acude al centro de atención mundial para posar de humanista, defensor de los más débiles y gran demócrata, mientras que olvida con ligereza que hay regiones de Colombia con similares condiciones a las de Haití que sufren del olvido estatal mientras que se otorgan subsidios a los ricos agricultores. Ganaderos y tradicionales latifundistas (sin olvidar la reina de belleza).
Como cualquier lagarto de coctel cachaco, repartirá agradecimientos y lisonjas, reirá de todos los chistes malos de cualquier diplomático gringo –Mr. Brownfield lo ha adiestrado adecuadamente- y asentará la cabeza ante cualquier europeo con la profunda convicción de quien necesita desesperadamente de la aprobación, el aplauso y las encuestas de favorabilidad. Apenas llegue volverá al tonito de capataz del Ubérrimo, que no tolera el disenso ni la menor crítica.
La situación que sufre Haití justifica las donaciones, hasta el punto de sentirse agradecido por el trancón que se genera en la Cruz Roja de Bogotá, pero no hay que olvidar que es necesario atender en el largo plazo los problemas estructurales que impiden el adecuado desarrollo de esta nación. Es una deuda que muchas naciones tienen con esta azotada nación, sin importar las ideologías ni los intereses geopolíticos. Se trata de anteponer los intereses comunes sobre los personales y particulares, una buena moraleja para la grosera visita de Uribe.

El dios de los justos

La Plaza de Bolívar, en el centro de Bogotá, es como cualquiera en el centro de alguna ciudad del mundo, pues en cada calle se erige algún edificio que representa el poder. En el norte está el Palacio de Justicia, al sur está el Congreso, al occidente la sede de la Alcaldía de la ciudad y el frente está la Catedral Primada del país, rezago de la presencia de la fe en la construcción del Estado moderno en Latinoamérica. A pocos metros está la casa presidencial, sitio donde su inquilino se encuentra en lo que ha denominado una “encrucijada del alma”.
Es contradictorio que una persona que se jacta siempre de “hablar de frente”- porque según él mismo “fue criado como gamín”-, no haya sido claro frente al tema de la re-reelección y ahora recurra a la invocación de dios para que dilucide su angustia existencial.
No es una costumbre nueva en los gobernantes la de invocar al celestial protagonista. No hace mucho el desastroso George W. Bush solicitó la ayuda divina para apoderarse de las reservas de petróleo de Irak, mientras la mentira de las armas de destrucción masiva fortaleció la idea paranoide de acabar con el enemigo y de paso creó la ideología de un “Eje del Mal”, que establecía a Corea del Norte e Irán como los próximo enemigos de la nación del Bien. La historia ofrece muchos y variopintos ejemplos: desde el poder que le fue otorgado al dictador Leonidas Trujillo para calmar los huracanes caribeños o el nombramiento del Nazareno como “Comandante Celestial” de las tropas independentistas de Antonio Nariño, que enfrentarían al reino más católico de Europa. Hasta el mismo Osama Bin Laden invoca a dios para cometer muchos de sus actos terroristas con la promesa de un paraíso colmado de fanáticos y suficientes mujeres para cada suicida. Cosas del fanatismo religioso que renace en esta época.
Es un preocupante retorno a la época del Medioevo, cuando el dogma prevalecía sobre la ley. Dichos dictámenes celestiales emanaban de la mente del Papa romano, quien ejercía un inmenso poder en los nacientes estados monárquicos europeos, por lo que sus consejos espirituales muchas veces eran políticos y eran una parte de alguna conspiración que favorecía algún rey. Para muchos norteamericanos es importantísima la religión que profese el Presidente en ejercicio, mientras que por esos lares la mística de Uribe parece camaleónica, al tiempo que desconoce las leyes para escuchar los designios superiores –sean de dios o del pueblo-.
Aparece en un Congreso Cristiano pidiendo que se “aplace en gustico” a la vez que nombra a algún pastor evangélico como embajador, mientras que envía un seguidor de Escrivá de Balaguer como representante ante el vaticano, quien es investigado por oscuros manejos para que fuera aprobada la primera reelección, pero fue sabiamente absuelto por otro iluminado de dios: Alejandro Ordóñez Maldonado, encargado de impartir justicia a la medida del Gobierno de Uribe.
El Procurador ha olvidado las bases del Estado laico que proclama la Constitución de 1991 para devolver la nación a las épocas del Concordato. Muchos opinan que la crisis del país es fruto de la degradación moral de un Estado que le dio la espalda a dios; amnésicos e ignorantes de tristes episodios como la Guerra de los Mil Días, la pérdida de Panamá o la violencia partidista– sangrienta época en la que muchos jerarcas católicos como Ezequiel Moreno o Miguel Ángel Builes denostaban del Liberalismo desde el púlpito- que contradicen aquel axioma sesgado y confuso. Dios es una excusa para justificar matar, robar, violar y regodearse en la miseria de los demás, para legitimar muchas afrentas y acomodar la verdad de lado que más favorece a quienes lo invocan.
Aquellos que se apartan del rebaño sagrado son objeto de severas burlas, persecuciones y discriminaciones: homosexuales, mujeres que se oponen al tradicional papel impuesto por generaciones a su género, minorías étnicas y todo aquel que se aparta del buen camino por seguir el propio. No soy de los que aplaude el desenfreno sexual pero considero que el aborto o la planificación son opciones de vida frente a un desalentador porvenir, ¿qué destino le esperaba a la bebé que apareció muerta en la calle con apenas tres horas de vida? Además, soy tan gazmoño que con dos cervezas siento que estoy borracho pero defiendo el derecho que tiene una persona a rumbear con lo que quiera –marihuana, cocaína, éxtasis, agua de floreros o veneno de ranas- sin que esto afecte la vida de las demás personas.
Mientras más cerca se sienten las personas de dios, más lejos estamos de las bases del Estado Moderno, que deja de ser un padre que cuida de sus hijitos para convertirse en una figura de autoridad que es necesario respetar y ayudar a construir todos los días con civismo, valor y justicia.
Bonus track: Este es un ejemplo de lo peligroso que puede llegar a ser el radicalismo religioso y su influencia en las decisiones políticas de un país: