Lagartería, oportunismo y grosería

Hay ideas que rondan la cabeza con insistencia en la mente de quien escribe constantemente, caracterizada por una incansable crítica a los hechos que lo rodean. Las ideas persisten en tomar forma, crecer y hacerse críticas, en buscar un adecuado equilibrio cuando el país padece del peligroso renacimiento del radicalismo, en apartarse de amores y odios. Mientras estas ideas toman forma, otras personas han publicado su opinión y se adelantan, condenando las ideas propias en el mundo del plagio.
Recientemente pasó algo similar con el reciente terremoto que azotó Haití la semana anterior. Mientras veía la regordeta figura del Ministro Fabio Valencia Cossio en visita al país que ocupa la tercera parte de la isla La Española, pensaba en la falta de sensibilidad y el oportunismo político que podría ser la avanzada del presidente Uribe. Pensaba en la inutilidad de la visita de un presidente y en los recursos que serían desperdiciados en atender la visita de un mandatario: equipo de prensa, seguridad y miembros de la Cancillería, quienes usurparían el lugar de un equipo profesional de rescate, médicos especialistas, enfermeras, más útiles que los oportunistas.
Sin embargo, Antonio Caballero se adelantó a mi escrito en la pasada edición de la revista Semana. Su magistral escrito coincide con muchas ideas que horadaban el pensamiento, pero creo que no puedo reversar muchas de las consideraciones propias.
No se trata de la visita a un país devastado desde hace mucho tiempo, ya sea por la familia Duvalier que gobernó por más de 30 años la isla y la condenó al atraso que genera la corrupción: precarias condiciones de vida por la falta de adecuados servicios públicos, pobre infraestructura que concentra las personas en los centros urbanos, pocas condiciones socio económicas para desarrollar un proyecto de vida digno y la generalización del mesianismo como única posibilidad legítima dentro del estado democrático, inexistentes servicios de salud y educación. Incluso los extremistas religiosos, aquellos que creen enarbolar las banderas de lo moralmente correcto –desde Osama Bin Laden hasta el telepredicador norteamericano Pat Robertson-, relacionaron la tragedia con el justo castigo de dios a una nación de ritos paganos.
El panorama que encuentra Uribe en Haití es el perfecto escenario para una hecatombe hecha a la medida de sus megalómanas ambiciones, que a falta de un enemigo interno y una amenaza externa, tiene en la pobreza, la precariedad y la corrupción como trágicos males que han marcado el desastroso devenir de esta nación. Ojalá sea útil esta visita para reconocer que los personalismos atascan seriamente el adecuado desarrollo de una sociedad, que como la colombiana no conoce una alternativa distinta para tener esperanzas que descargar la responsabilidad en un líder paternalista, pacato y montañero. En su desesperación por tener alguna aprobación internacional a su tercer mandato, Uribe acude al centro de atención mundial para posar de humanista, defensor de los más débiles y gran demócrata, mientras que olvida con ligereza que hay regiones de Colombia con similares condiciones a las de Haití que sufren del olvido estatal mientras que se otorgan subsidios a los ricos agricultores. Ganaderos y tradicionales latifundistas (sin olvidar la reina de belleza).
Como cualquier lagarto de coctel cachaco, repartirá agradecimientos y lisonjas, reirá de todos los chistes malos de cualquier diplomático gringo –Mr. Brownfield lo ha adiestrado adecuadamente- y asentará la cabeza ante cualquier europeo con la profunda convicción de quien necesita desesperadamente de la aprobación, el aplauso y las encuestas de favorabilidad. Apenas llegue volverá al tonito de capataz del Ubérrimo, que no tolera el disenso ni la menor crítica.
La situación que sufre Haití justifica las donaciones, hasta el punto de sentirse agradecido por el trancón que se genera en la Cruz Roja de Bogotá, pero no hay que olvidar que es necesario atender en el largo plazo los problemas estructurales que impiden el adecuado desarrollo de esta nación. Es una deuda que muchas naciones tienen con esta azotada nación, sin importar las ideologías ni los intereses geopolíticos. Se trata de anteponer los intereses comunes sobre los personales y particulares, una buena moraleja para la grosera visita de Uribe.
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