Archivo | febrero 2010

Diatriba conta el "justismo"

En días pasados, Blanca Inés Durán, alcaldesa de la localidad de Chapinero, en Bogotá, se defendió de las críticas que le hacía un periodista metido en política con un argumento paranoico: que tras el proselitismo disfrazado de denuncia –carácter innato del periodismo- existía una motivación homofóbica, pues ella es lesbiana. Antes que explicar a los habitantes que viven, trabajan o estudian en Chapinero, lo mismos que que buscan restaurantes o los bares de la zona –que reportan una dinámica económica las 24 horas-, la funcionaria opta por hacerse la mártir para evadir su responsabilidad frente a varios temas que afectan la seguridad de una de las zonas más transitadas de la ciudad.
En diciembre de 2008 fue asesinado un joven periodista en las inmediaciones del parque de la 85 con 15. Sólo hasta ese momento, las autoridades se percataron de las violaciones a las normas que prohíben el funcionamiento de los bares hasta las tres de la mañana o el consumo de bebidas embriagantes en la calle –muchos de ellos menores de edad, quienes no pueden ingresar a un bar-, lo que genera riñas callejeras, venta de drogas y aquellas situaciones típicas de la noche. De repente, la funcionaria apareció sellando bares, haciendo redadas con la policía, recogiendo jóvenes borrachos para que sus padres se comprometieran a hacer valer una autoridad perdida y haciéndole sentir a la ciudadanía que estaba haciendo una heróica labor. Pero ella solamente estaba cumpliendo con un mandato consignado en la ley que conocen muy bien los dueños de la rumba, quienes se agarran de cualquier resquicio leguleyo para poder violar la ley.
La señora Durán tiene una característica propia de los colombianos: el “justismo”, que consiste en creer que cumplir con lo necesario es un hecho dignísimo. Al parecer la mediocridad se escuda en hacer estrictamente lo suficiente –y si fuera posible, un poco menos-. Cualquier esfuerzo de más es etiquetado como un amuestra de lambonería o deslealtad con el grupo, mientras que el talento es castrado por un ilógico sentido gregario.
Tal sentido del conformismo hace que los directores, jefes, gerentes o superiores sean reacios a reconocer los talentos, felicitarlos y estimularlos para que sigan adelante. La exaltación de los valores es una práctica en desuso dentro de la dinámica del trabajo en equipo, que opaca los liderazgos y siembra la semilla del conformismo, eje fundamental de lo que el Gobierno llama la “cohesión social”, que se traduce en jornaleros de cultivos de palma africana, labriegos a destajo y soldaditos para cuidar las carreteras en vacaciones.
Esta extraña filosofía nacional parece adherida a la genética de lo que Colombia es como nación. Desde las épocas de la conquista, los españoles designaban al cacique como el jefe de un grupo de indígenas que trabajaban para sus tierras en condiciones de servidumbre en una figura llamada encomienda. Cuando se necesitaba la mano de obra en otra región, los indígenas eran destinados a esa labor por designio del patrón, que se conoce como mita. Los conquistadores descubrieron que si respetaban el sistema de castas indígena, la dominación social estaba garantizada.
Probablemente es en este escenario donde se incuba la figura del capataz mandón y gritón, de quien hay que obedecer sus órdenes sin chistar. Tampoco hay que descuidar la vasta influencia religiosa que tuvieron los indígenas, evangelizados con una moral que proscribía toda su cosmovisión, mientras que las hogueras de la Inquisición estaban trabajando a su máxima capacidad paranoica. Los curitas despreciaban cualquier forma de placer de los sentidos, al tiempo que menospreciaban cualquier forma de trabajo físico para privilegiar la virtud y el sufrimiento.
La guerra hay que darla cada día con la excelencia, con la crítica y haciendo sentir la voz no sólo con un tono alto, sino con ideas y argumentación. Tras casi seis décadas de una guerra atroz, sanguinaria y perdida de toda ideología, se hace necesario que Colombia actue como sociedad, sin importar quién sea el presidente, pues los pueblos siempre estarán sobre los intereses de sus líderes.

Un pragmatismo peligroso

Desde hace un año el ejército mexicano asumió el control de Ciudad Juárez, una fronteriza ciudad del norte que se ha transformado en el nuevo escenario de la guerra contra el narcotráfico, que ha degenerado en un dantesco escenario de muerte e intimidación. El panorama que deja la violencia generalizada es devastador: masacres con armas de largo alcance que buscan la intimidación de la sociedad –el miedo es un aliado incondicional donde el silencio se hace obligatorio para conservar la vida-, asesinatos selectivos con un inusitado despliegue de sevicia (como derretir cuerpos humanos en canecas con ácido), además de la tradicional infiltración en las estructuras de poder.
Las mafias saben que la mejor manera de ejercer el poder es tras bambalinas, sea con balas o con billetes, porque el delito nunca da la cara, prefiere el anonimato y esa sensación de omnipotencia de conservar un anonimato les otorga una sensación de dioses ante un rebaño atemorizado y arrodillado. En una monstruosa versión del Contrato Social todos aceptan que el delito exista, siempre que deje beneficios para la sociedad.
Es célebre la propuesta de Carlos Ledher en la década de los ochenta de pagar la Deuda Externa del país a cambio de legitimarse como un “Robin Hood” del trópico. En la memoria visual de muchos permanecen las imágenes de Gonzalo Rodríguez Gacha repartiendo dinero a los damnificados del terremoto del Popayán en 1982, sin contar con el programa de vivienda popular impulsado por Pablo Escobar llamado “Medellín sin tugurios”, al que se acercaron almas piadosas como la del Arzobispo Alfonso López Trujillo o Alberto Santofimio Botero.
Los representantes de la sociedad aceptan la presencia del narcotráfico hasta que su poder se desborda por la ostentación y los episodios de locura que genera tener tanto dinero y poder acumulado, sin contar con la satanización que emana del gobierno de Washington. Sonrojados ante la posibilidad de perder la visa (una especie de talanquera que distingue a los “colombianos de bien” de la gleba). Algunos delirantes decentes, para quienes es inaceptable que un estado moderno caiga en las manos de una banda de maleantes y criminales, son alabados en público mientras que lamentan con anticipación su muerte. Cabe hacer una pausa para recordar la valentía de Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán Sarmiento, Enrique Parejo, Jorge Enrique Pulido o Waldermar Franklin Quintero, quienes enfrentaron esa cáfila que, como la Medusa, renace con nuevos bríos para delinquir.
De vuelta a México, comienza a elevarse la voz de aquellos que critican la estrategia del presidente Felipe Calderón de enfrentar las mafias, pues ha desatado una violencia cruel e incontenible. “Deje así…” parece ser la consigna de una curiosa aberración del pragmatismo político que legitima el delito en beneficio del mantenimiento del tradicional “statu quo”, mientras que en la frontera norte siguen enriqueciéndose los vendedores de armas, amparados en una enmienda constitucional que legaliza el hecho de poder armarse hasta donde sus bolsillos y paranoia lo permitan.
Abierta la polémica surgen una serie de factores interesantes que podrían servir de ejemplo a Colombia: en 1993 entró en vigencia el TLC que atacó seriamente el poder adquisitivo de los mexicanos, las maquilas se trasladaron a las ciudades fronterizas para aprovechar la mano de obra barata y hacerles sentir la proximidad del Sueño Americano, mientras que los intermediarios de los cargamentos de droga que provenían de Suramérica se dieron cuenta del poder que tenían al controlar los canales de distribución, hecho que coincidió con la desarticulación de los grandes carteles de Colombia. Varios jóvenes deslumbrados por la posibilidad de acceder rápidamente a las motos, los carros, las pintas, las armas y las fiestas que sólo veían por la televisión, vendieron sus servicios a los narcotraficantes, posteriormente estos muchachos crecieron y conocieron los detalles del negocio y diseminaron el narcotráfico en pequeños carteles. Si bien ya no hay un gran capo, hay muchos narcos que conocen del poder que tienen y se terminan legitimando como comandantes paramilitares o enviados de dios.
Algunos, como los paramilitares, terminan extraditados; mientras que otros negocian bajo la mesa con el Gobierno de turno. Así lo hicieron los “Pepes” para acabar con Pablo Escobar, legalizar sus dudosas fortunas y aparecer de repente como ciudadanos trabajadores y pujantes. Ahora, un grupo de “Notables” de Medellín hace un pacto con un par de herederos de aquellos narco-paramilitares extraditados para disminuir las escandalosas cifras de asesinato en la ciudad, pues se acercan los Juegos Panamericanos y varios candidatos en las elecciones presidenciales podrían incomodarse con algunas preguntas.
El peligroso pragmatismo de mirar para otro lado cuando el crimen es evidente, ha colocado al Estado en desventaja frente a una delincuencia fortalecida por su poder corruptor y legitimado como una manera de conseguir lo que la sociedad niega a la mayoría de los ciudadanos.
Bonus track: ¿Alguien encuentra alguna diferencia entre la censura de prensa en Venezuela y Colombia? Imagen de Bacteria

Verdades Peligrosas

La guillotina es una triste protagonista de la Revolución Francesa de 1789. Este macabro artilugio tenía como propósito fundamental la eficacia en el proceso de depuración de los partícipes del antiguo régimen monárquico, encabezado (y luego descabezado) por Luis XVI y su esposa María Antonieta; sin embargo, bajo el filo de su cuchilla también cayeron personas tan relevantes como Robespierre. Tal fue el grado de fanatismo que generó la nueva República en Francia que cualquier asomo de oposición era visto como una seria amenaza a la estabilidad de la patria y una traición a la sociedad entera.
Resulta paradójico que una Revolución que promulga los principios de igualdad y libertad termine restringiendo las libertades de expresión y pensamiento. Recientemente el gobierno de Álvaro Uribe ha propuesto crear redes de informantes en los centros educativos de las ciudades para detectar posibles elementos revolucionarios. La idea evidencia una continuada improvisación que se extiende desde hace siete años y que ha dejado varios episodios teñidos de sangre, muerte, terror y dolor para muchas personas en Colombia, verbigracia las capturas masivas de personas que eran señaladas de pertenecer a los grupos guerrilleros, quienes eran dejadas en libertad por falta de pruebas contundentes y regresaban a sus comunidades con un rótulo difícil de retirar (en poblaciones como Quinchía, Risaralda, o muchas del departamento de Sucre este antecedente aún está vivo en las comunidades afectadas), que sumado a los “falsos positivos” deja serias dudas acerca de los métodos usados por la campaña de Uribe en el 2002: la derrota o rendición de las FARC.
Crear una red de informantes en las universidades añade más tensiones al tradicional clima de beligerancia que existe en estos sitios desde hace más de tres décadas. Inevitablemente se verían afectadas las libertades de expresión, cátedra y pensamiento de cada uno de los miembros de la comunidad educativa, además del clima de extrema vigilancia y un ambiente paranoico que adivina un enemigo en cada esquina. Las universidades son los centros donde se forma el pensamiento de las próximas generaciones, una especie de inversión a largo plazo que representará inmejorables réditos para el desarrollo del país, pero estas ideas dificultan el objetivo fundamental de una universidad: educar seres humanos que respondan ante los retos y los problemas de la nación.
Todas estas estrategias están fundamentadas en una extraña creencia de sentirse el poseedor de la verdad única, revelada e irreprochable. Todos dicen defender la legitimidad en una guerra que ha diluido las fronteras de la ideología y el narcotráfico, donde cualquier método se valida ante la justificación de atacar un enemigo impío, peligroso y degenerado. Basta con revisar el lenguaje que cada bando utiliza para sentir una campaña propagandística que ataca la ideología. Así, ya no se hablan de frentes guerrilleros sino de cuadrillas, no se habla de subversivo sino de narcoterrorista, no se habla de bandas de sicarios sino de “combos”, una retórica que no sirve para solucionar los problemas fundamentales que tienen al país sumergido en el borde del abismo –una hecatombe hecha a la medida de los intereses de Uribe Vélez-.
Mientras que el vecino de la República Bolivariana persiste en un discurso radical y fundamentalista y el mandatario local se postra a los intereses extranjeros –eufemismo conocido como “confianza inversionista”-, se cuelan modificaciones a cualquier “articulito” de la constitución, emergencias sociales, jugosos aumentos de salario para políticos de provincia y demás leguleyadas, fieles a la tradicional corrupción y politiquería a las que Uribe prometió luchar cuando era candidato.
No se trata tampoco de caer en el eclecticismo pernicioso que asume todo lo que llega como una verdad, que no pregunta ni cuestiona, sino tratar de comprender las razones que mueven las cosas que rodean a cualquier persona. Los principios que defendieron los revolucionarios franceses se desdibujaron entre la pureza, las pasiones y el afán personalista, mientras iban cayendo uno a uno los que criticaban los excesos y la ebriedad del poder. Colombia debe sentirse en la capacidad de seguir adelante sin la presencia de Uribe, de reconocer que ningún exceso justifica la derrota de las FARC o el exterminio del narcotráfico – perenne lastre para la sociedad-, de criticarse y poder reconstruirse sin caer en el extremismo ni el victimismo.

Bonus track: Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales, de Philipp Blom.