Verdades Peligrosas

La guillotina es una triste protagonista de la Revolución Francesa de 1789. Este macabro artilugio tenía como propósito fundamental la eficacia en el proceso de depuración de los partícipes del antiguo régimen monárquico, encabezado (y luego descabezado) por Luis XVI y su esposa María Antonieta; sin embargo, bajo el filo de su cuchilla también cayeron personas tan relevantes como Robespierre. Tal fue el grado de fanatismo que generó la nueva República en Francia que cualquier asomo de oposición era visto como una seria amenaza a la estabilidad de la patria y una traición a la sociedad entera.
Resulta paradójico que una Revolución que promulga los principios de igualdad y libertad termine restringiendo las libertades de expresión y pensamiento. Recientemente el gobierno de Álvaro Uribe ha propuesto crear redes de informantes en los centros educativos de las ciudades para detectar posibles elementos revolucionarios. La idea evidencia una continuada improvisación que se extiende desde hace siete años y que ha dejado varios episodios teñidos de sangre, muerte, terror y dolor para muchas personas en Colombia, verbigracia las capturas masivas de personas que eran señaladas de pertenecer a los grupos guerrilleros, quienes eran dejadas en libertad por falta de pruebas contundentes y regresaban a sus comunidades con un rótulo difícil de retirar (en poblaciones como Quinchía, Risaralda, o muchas del departamento de Sucre este antecedente aún está vivo en las comunidades afectadas), que sumado a los “falsos positivos” deja serias dudas acerca de los métodos usados por la campaña de Uribe en el 2002: la derrota o rendición de las FARC.
Crear una red de informantes en las universidades añade más tensiones al tradicional clima de beligerancia que existe en estos sitios desde hace más de tres décadas. Inevitablemente se verían afectadas las libertades de expresión, cátedra y pensamiento de cada uno de los miembros de la comunidad educativa, además del clima de extrema vigilancia y un ambiente paranoico que adivina un enemigo en cada esquina. Las universidades son los centros donde se forma el pensamiento de las próximas generaciones, una especie de inversión a largo plazo que representará inmejorables réditos para el desarrollo del país, pero estas ideas dificultan el objetivo fundamental de una universidad: educar seres humanos que respondan ante los retos y los problemas de la nación.
Todas estas estrategias están fundamentadas en una extraña creencia de sentirse el poseedor de la verdad única, revelada e irreprochable. Todos dicen defender la legitimidad en una guerra que ha diluido las fronteras de la ideología y el narcotráfico, donde cualquier método se valida ante la justificación de atacar un enemigo impío, peligroso y degenerado. Basta con revisar el lenguaje que cada bando utiliza para sentir una campaña propagandística que ataca la ideología. Así, ya no se hablan de frentes guerrilleros sino de cuadrillas, no se habla de subversivo sino de narcoterrorista, no se habla de bandas de sicarios sino de “combos”, una retórica que no sirve para solucionar los problemas fundamentales que tienen al país sumergido en el borde del abismo –una hecatombe hecha a la medida de los intereses de Uribe Vélez-.
Mientras que el vecino de la República Bolivariana persiste en un discurso radical y fundamentalista y el mandatario local se postra a los intereses extranjeros –eufemismo conocido como “confianza inversionista”-, se cuelan modificaciones a cualquier “articulito” de la constitución, emergencias sociales, jugosos aumentos de salario para políticos de provincia y demás leguleyadas, fieles a la tradicional corrupción y politiquería a las que Uribe prometió luchar cuando era candidato.
No se trata tampoco de caer en el eclecticismo pernicioso que asume todo lo que llega como una verdad, que no pregunta ni cuestiona, sino tratar de comprender las razones que mueven las cosas que rodean a cualquier persona. Los principios que defendieron los revolucionarios franceses se desdibujaron entre la pureza, las pasiones y el afán personalista, mientras iban cayendo uno a uno los que criticaban los excesos y la ebriedad del poder. Colombia debe sentirse en la capacidad de seguir adelante sin la presencia de Uribe, de reconocer que ningún exceso justifica la derrota de las FARC o el exterminio del narcotráfico – perenne lastre para la sociedad-, de criticarse y poder reconstruirse sin caer en el extremismo ni el victimismo.

Bonus track: Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales, de Philipp Blom.

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