Diatriba conta el "justismo"

En días pasados, Blanca Inés Durán, alcaldesa de la localidad de Chapinero, en Bogotá, se defendió de las críticas que le hacía un periodista metido en política con un argumento paranoico: que tras el proselitismo disfrazado de denuncia –carácter innato del periodismo- existía una motivación homofóbica, pues ella es lesbiana. Antes que explicar a los habitantes que viven, trabajan o estudian en Chapinero, lo mismos que que buscan restaurantes o los bares de la zona –que reportan una dinámica económica las 24 horas-, la funcionaria opta por hacerse la mártir para evadir su responsabilidad frente a varios temas que afectan la seguridad de una de las zonas más transitadas de la ciudad.
En diciembre de 2008 fue asesinado un joven periodista en las inmediaciones del parque de la 85 con 15. Sólo hasta ese momento, las autoridades se percataron de las violaciones a las normas que prohíben el funcionamiento de los bares hasta las tres de la mañana o el consumo de bebidas embriagantes en la calle –muchos de ellos menores de edad, quienes no pueden ingresar a un bar-, lo que genera riñas callejeras, venta de drogas y aquellas situaciones típicas de la noche. De repente, la funcionaria apareció sellando bares, haciendo redadas con la policía, recogiendo jóvenes borrachos para que sus padres se comprometieran a hacer valer una autoridad perdida y haciéndole sentir a la ciudadanía que estaba haciendo una heróica labor. Pero ella solamente estaba cumpliendo con un mandato consignado en la ley que conocen muy bien los dueños de la rumba, quienes se agarran de cualquier resquicio leguleyo para poder violar la ley.
La señora Durán tiene una característica propia de los colombianos: el “justismo”, que consiste en creer que cumplir con lo necesario es un hecho dignísimo. Al parecer la mediocridad se escuda en hacer estrictamente lo suficiente –y si fuera posible, un poco menos-. Cualquier esfuerzo de más es etiquetado como un amuestra de lambonería o deslealtad con el grupo, mientras que el talento es castrado por un ilógico sentido gregario.
Tal sentido del conformismo hace que los directores, jefes, gerentes o superiores sean reacios a reconocer los talentos, felicitarlos y estimularlos para que sigan adelante. La exaltación de los valores es una práctica en desuso dentro de la dinámica del trabajo en equipo, que opaca los liderazgos y siembra la semilla del conformismo, eje fundamental de lo que el Gobierno llama la “cohesión social”, que se traduce en jornaleros de cultivos de palma africana, labriegos a destajo y soldaditos para cuidar las carreteras en vacaciones.
Esta extraña filosofía nacional parece adherida a la genética de lo que Colombia es como nación. Desde las épocas de la conquista, los españoles designaban al cacique como el jefe de un grupo de indígenas que trabajaban para sus tierras en condiciones de servidumbre en una figura llamada encomienda. Cuando se necesitaba la mano de obra en otra región, los indígenas eran destinados a esa labor por designio del patrón, que se conoce como mita. Los conquistadores descubrieron que si respetaban el sistema de castas indígena, la dominación social estaba garantizada.
Probablemente es en este escenario donde se incuba la figura del capataz mandón y gritón, de quien hay que obedecer sus órdenes sin chistar. Tampoco hay que descuidar la vasta influencia religiosa que tuvieron los indígenas, evangelizados con una moral que proscribía toda su cosmovisión, mientras que las hogueras de la Inquisición estaban trabajando a su máxima capacidad paranoica. Los curitas despreciaban cualquier forma de placer de los sentidos, al tiempo que menospreciaban cualquier forma de trabajo físico para privilegiar la virtud y el sufrimiento.
La guerra hay que darla cada día con la excelencia, con la crítica y haciendo sentir la voz no sólo con un tono alto, sino con ideas y argumentación. Tras casi seis décadas de una guerra atroz, sanguinaria y perdida de toda ideología, se hace necesario que Colombia actue como sociedad, sin importar quién sea el presidente, pues los pueblos siempre estarán sobre los intereses de sus líderes.
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