Desviaciones del ego

Existe una necesidad de compartir y estar junto a otra persona. Hace falta una compañía para complementar, criticar y sugerir. De poco serviría una relación si no aporta elementos positivos, evidentes en sentirse una mejor persona. Ante esta situación, la soledad no es una equivocación ni un castigo.
Aunque podría ser fácilmente confundida con el miedo o el egoísmo exacerbado, no es fácil mantenerse fiel a sí mismo durante tanto tiempo. Diariamente hay confrontaciones internas entre lo aprendido y las realidades que a diario trae la rutina, reconocer las equivocaciones y los errores, para luego repararlos y descubrir las fallas internas.
Uno de los aspectos fundamentales consiste en tener claras las metas para construir un camino hacia ellas. Sin embargo, no es una línea rígida, sino que admite variantes y nuevos elementos que enriquecen la jornada.
Aparece la flexibilidad como gran lección, como aquella herramienta que se caracteriza por la capacidad para comprender adecuadamente lo que ocurre, analizarlo y tomas decisiones adecuadas para seguir adelante.
En el diario vivir no existe la información perfecta ni completa, lo que haría de la vida una aburridísima cadena de certezas que no permite enfrentarla, crearla y moldearla al capricho de cada quien. Tenía razón aquel escritor que decía que cada hombre nacía de nuevo cuando aprendía de los golpes del destino.
Es importante tener una hoja de ruta, mas no hay que olvidar vivir el presente. Atrás han quedado el miedo y la desconfianza en la humanidad, siempre abierto a los nuevos horizontes y dispuesto a descubrir la aventura que significa vivir cada día con tranquilidad, honestidad y alegría.
El amor asoma como el Santo Grial de la felicidad instantánea en un mundo saturado de artilugios tecnológicos que desconectan al hombre de sus vecinos, pero que le otorgan aquella sensación virtual de sentirse ciudadano del mundo al navegar por una pantalla. El miedo es instinto básico de la humanidad actual, que sólo puede ser exorcizada en el exceso y el vértigo de la autodestrucción. Pero el temor más grande está en la cabeza, aquella vocecita interior que trata de llamarnos a la cordura y la mesura, que busca ser acallada con las drogas, el licor o los audífonos al máximo volumen.
Aparece la soberbia famélica, en la que cualquier persona se agarra de cualquier argumento para sentirse un ser superior, quien ve a la sociedad como un lastimoso rebaño, a la vez que atiza su vértigo en una absurda carrera hacia la autodestrucción.
Fieles a la tradición cristiana, estas personas se martirizan en su propio dolor para encontrar un milagro en lo más profundo del pozo. ¿Cuántos mártires potenciales puede estar incubando el mundo actual? La etapa final de este frenético está en el fanatismo, entendido como la única manera de comprender una idea, donde el disenso, la oposición y la crítica están prohibidos; un proceso pernicioso que acepta un dogma una única verdad.
El mundo es muy amplio como para creer que existe una visión unitaria. Si bien es vital tener bases y principios fuertes, también hay que reconocer que en cada persona existe una chispa divina que nos complementa para que brillemos unidos en un panorama colmado de oscuridad, ignorancia y egoísmo.
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