Baja la temperatura

La ausencia de estos días no ha sido grata, a la espera de un toque mágico, una jugada traída de otra galaxia o un partido de aquellos en los que los dos equipos dejan el alma en el sudor de la camiseta, las palabras y las ideas se desvanecen al descubrir que estamos viendo el peor mundial de fútbol.
Muchos creían que el Mundial de Estados Unidos del 94 fue aburrido hasta el asco, pero al menos se veían las tribunas llenas en ese verano que fundía los jugadores en la cancha. La FIFA, tan hábil para los negocios como irrespetuosa con los aficionados al fútbol, no pensó en las consecuencias de llevar el campeonato a una tierra ignota, tristemente recordada por el “Apartheid” y salvada por la imagen de Nelson Mandela. Aparte del campeón, nada más será recordado en este Mundial.
Las críticas sobre el insufrible sonido de las corneticas sin ninguna tradición histórica –otra mentira para el rosario de falacias de Blatter- no han hecho mella en la soberbia de la FIFA, como tampoco prestará atención a las críticas que se hacen al balón. (Comienzo a sospechar que la palabra “Jabulani” significa aburrimiento en alguna lengua).
El panorama es el mismo: un equipo pequeño sale a la cancha a defenderse con nueve jugadores y apuesta al gol en una maniobra rápida, lograda más por la desesperación del contrario que por mérito propio. Son pocas las selecciones que no han sucumbido ante este desgraciado sino: Brasil, que comienza a engranar, Chile, fiel reflejo de la impronta de Marcelo Bielsa –que dolor por la oportunidad que perdió Colombia de contratarlo-, Paraguay, que bajo la égida de Martino ha mejorado notablemente su juego histórico y México, que combina el amor a la camiseta con una actitud paciente e inteligente.
Las sorpresas ya desinflaron al más entusiasta de los hinchas. Inglaterra no levanta, España defrauda y pide a gritos un Messi, Alemania sucumbe ante su propia incapacidad, Fracia está fragmentada e Italia se siente el paso de los años. La lógica de los mercados se hace evidente en el fútbol, pues Suramérica alimenta con jugadores talentosos las ligas con más dinero, mientras que sus selecciones se diluyen entre la incapacidad y la táctica rígida. Basta con recordar al campeón de la Liga de Campeones: El Inter de Milán sólo tuvo un jugador durante la final del pasado 22 de mayo (quien incluso entró cuando restaban 10 minutos para terminar el partido).
Una vez seleccionados los finalistas, el campeonato comienza en verdad. Adiós a los equipos intrascendentes, cuyos nombres sólo sirven para una rápida clase de geografía y para mantener a Blatter a la cabeza de la FIFA. Razón tenía Mr. David Yallop en su libro “Cómo nos robaron la copa”.
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