No es la última palabra

Tras una dolorosa ausencia, causada por la enorme responsabilidad que significa asumir los errores y pereza de otras personas con quienes trabajo, vuelvo para la última parte del campeonato de fútbol de Suráfrica. Reitero lo dicho en las entradas anteriores: ha sido un mundial soso y ruidoso.
La pobreza futbolística está justificada en selecciones que no aportan nada más de una férrea defensa y pescar un gol en un contragolpe o un balón detenido. Claro que llama la atención la eliminación de Italia y Francia en primera ronda, el fútbol mostrado por los equipos suramericanos y el repunte de los equipos europeos en las rondas definitivas.
Siempre hay equipos que ganan simpatizantes por su juego o la entrega que ponen en cada partido. De España 82 recuerdo a Brasil, eliminada en un vibrante partido por la Italia de Paolo Rossi; en México 86, Bélgica fue mi favorita –cómo olvidar las atajadas de Jean Marie Pfaff-, en Italia 90 por fin ganó una selección que me gustaba, mientras que en el 94 cayó eliminada por el talento de Stoichkov. Ya en el 98 me simpatizaba Holanda, en el 2002 el equipo turco era una muestra de velocidad y entrega –eliminada por el campeón-, y para el 2006 lo más memorable del equipo que me simpatizaba fue el cabezazo que le costó la expulsión al capitán en plena final.
En este campeonato me he identificado con la entrega y lucha que tienen uruguayos y paraguayos. Si fuera paisano de alguno de esos jugadores me sentiría bien representado. Los jugadores mediáticos, impulsados por las grandes marcas deportivas, languidecieron en cada partido –tal vez agotados por una temporada que les impone cerca de 70 partidos en un año, sin contar los tiempos de desplazamiento y recuperación- y dejaron la decepción flotando en el ambiente.
También queda claro que los equipos no ganan de camiseta y que cualquiera puede ganar, sin que importe el orden económico o a qué continente pertenezcan; así, Ghana eliminó a Estados Unidos y Uruguay obligó a Holanda y Alemania a defenderse hasta el último minuto.
Tan opaco ha sido este mundial que el corresponsal de Davivienda y un pulpo serán los personajes más recordados. Queda Alemania abierta a un buen futuro con jugadores jóvenes, mientras que al ver el nivel del fútbol suramericano, los colombianos la verán dura para llegar a jugar el mundial de Brasil.
Respecto al pulpo que funge como oráculos para los apostadores, es la muestra más clara de que la mediocridad del periodismo deportivo no conoce límites ni fronteras. Frente al tiempo de espera que hay entre los partidos y la incapacidad de hacer un análisis o buscar una noticia, se recurren a estas improvisadas estrategias que se quedan en lo anecdótico.
Mañana será la final. Afortunadamente no ganó ese fútbol rígido, esquemático y timorato que se vio en primera ronda. Me gustan las dos selecciones, aunque me gustaría que ganara España, porque representa un trabajo que ha venido cosechando campeonatos desde la Eurocopa de hace dos años.
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