Reflexión oportunista

“Claro, a éste le queda fácil opinar después de que el partido ha terminado. Será una labor muy fácil, sin ningún reto profesional, loar al campeón, criticar al vencido y alimentar sus ideas con lo que otros colegas publican en internet. Típico analista que se cree General después de que la batalla ha terminado, quien en su mediocridad sólo cree en una única verdad”. Las anteriores son las incesantes palabras de mi voz interior antes de sentarme a escribir este texto.
Pero ¿qué podría descubrir o decir? Afloran los análisis, las fotos, las anécdotas y toda esa avalancha informática que atosiga la creatividad y cercena la intensión de hacer un análisis. Tampoco quiero hablar del pulpo oráculo, las trompetas que ensordecieron a los jugadores o el fiasco de algunos jugadores, quienes, al estar patrocinados por Nike, se olvidaron que en el fútbol ganan los equipos y que para escribir la historia es necesario renunciar a los personalismos para entregarse a un grupo humano que respalda cada una de las acciones en la cancha. De nada valdría el gol de Andrés Iniesta sin las atajadas de Casillas en momentos determinantes o el trabajo invisible e incansable de Sergio Busquets.
El fútbol lo juegan dos equipos de once jugadores. Es una norma tan básica que penetra fácilmente los terrenos de la idiotez, pero algunos elementos que participaron en el Mundial olvidaron este pequeño detalle. La figura de Maradona no dejó que Messi eclipsara su odioso reinado en una nación donde los barras-bravas de Boca Juniors determinan lo que se debe decir o callar del patético dios de Villa Fiorito. Dunga tampoco se apartó de sus épocas de jugador y capitán, llevó a Suráfrica un equipo brasileño tedioso y espeso. Portugal nunca encontró el camino del juego colectivo por allanar el camino de la consagración a su figura mediática –que hace rato no cuaja una buena actuación-, Drogba saltó a la cancha motivado por una figuración comercial, Rooney no encontró el juego que se le conoce en el Manchester United, ni Kaká se vio cómodo en una cancha dispuesta para el simple hecho de lograr un gol mecanizado.
Si bien el fútbol pasa por los jugadores y el técnico debe enfrentar el hecho de pensar un esquema táctico a la medida del factor humano que posee (jugadores, estados de ánimo, talentos, sacrificados), no puede ser el centro de atención. No suda, no corre, no se calienta con una patada, pero sí puede gritar, insultar o determinar la salida de un jugador. La verdad me parece injusto que sea el técnico quien se lleve la atención de las cámaras y las ovaciones de la tribuna. Por la búsqueda del reconocimiento público es que Messi se mete como un diablillo entre las defensas, Rooney pelea cada balón y Julio César arriesga su integridad en cada balón dividido.
No desconozco lo que fue Maradona como jugador, pero como técnico da grima. Las reflexiones son duras si se sabe que el próximo fin de semana inicia el campeonato de fútbol profesional en Colombia: volveré a ver una camilla, la furibunda discusión con el árbitro por un saque de banda o la simulación agonística de un leve rose con los brazos. Extrañaré la producción, el respeto por el espectador que paga una boleta y desea ver un espectáculo bien organizado y sobretodo, al corresponsal de Davivienda.
Celebro la victoria de España a pesar del concierto de patadas que dio Holanda con la aquiescencia del árbitro –cuyo nombre omito voluntariamente-. Da gusto ver un equipo que decide jugar al fútbol, atacar y proponer, un afrenta a la defensiva grosera que llevó a Mourihno a ser campeón de Europa con el Inter de Milán. La camada que incubó el Barcelona ha dado los frutos, sin impaciencia ni arrogancia ha levantado todas las copas disputadas. La Liga española tiene en el Barcelona a la mejor muestra del legado de Cruyff, orgulloso estandarte de lo que fue la verdadera “Naranja Mecánica”, que no ganó un Mundial pero enamoró con su estilo y respeto a la pelota.
Bonus track: Yo hubiera hecho lo mismo que Íker Casillas, tanto por la emoción como por la belleza de mujer.
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