Lucho, el Jardinerito anónimo

El pasado domingo la Vuelta a España llegó a los míticos Altos de Covadonga, meta que tiene una serie de significados para el deporte nacional y para mí. En mayo de 1987 Luis Alberto Herrera coronó aquella etapa en medio de una espesa neblina, lo que significó un gran paso para que luego se coronara como campeón de la Vuelta –una de las tres carreras de mayor prestigio en el mundo ciclístico-.



Campeón de la Vuelta a España en 1987.



No faltó el himno colombiano en Madrid, la verborrea característica de los periodistas deportivos (adiestrados en loas inmarcesibles e hipérboles perniciosas), los vítores, la transmisión en vivo y la visita al Presidente, con intercambio de camisetas incluido. Sin embargo, hay un detalle que siempre me ha llamado la atención: la introspección de aquel muchacho de Fusagasugá, quien parecía atemorizado ante tanto bullicio, si no fuera por su hazaña, sería posible pensar que se trataba de un curioso más en medio de los festejos que a su honor se hacían.



Siempre he admirado en Lucho esa timidez que lo hizo medido en sus palabras y declaraciones, quien no se dejó obnubilar por esa cáfila de personajes que se asoman cuando llega el éxito, la fortuna, los triunfos y el dinero, que nunca hizo de su vida una descarada exhibición de podredumbre o derroche, nunca se amparó en su origen humilde para generar lástima, proclamar revanchas clasistas o justificar cualquier violación a la ley, ni mucho menos aprovechó su grandeza para hacer peticiones que encontraron varias promesas en los políticos de siempre, que nunca cumplen nada.
Su grandeza estriba en que no se hizo un filósofo al bajarse de la bicicleta, ni siquiera tuvo visos de sociólogo cuando tenía un micrófono cerca, ni mucho menos espetó frases que pasarían a la historia. El Lucho Herrera que siempre he admirado ha sido tímido, discreto y fiel a su esencia. Nunca pidió una escuela para su pueblo ni caminos pavimentados. La única vez que se supo algo de él fuera del mundo deportivo fue la vez que lo secuestraron –algo tristemente demasiado común para una sociedad como la colombiana-. Su retiro fue como un ocaso lento, que llega a inspirar sentimientos de grandeza tras una jornada de arduo trabajo y nos lleva a esperar un amanecer para continuar la faena semanal que significa llegar al viernes sin preocupaciones y con el único objetivo de descansar.
Lucho Herrera me gusta porque encarna lo que son las persona normales, en un mundo donde buscamos con desesperación ser irrepetibles –casi extraordinarios-. El “Jardinerito” –así, en diminutivo- fue el rótulo que le colocó el periodismo deportivo, sin exageraciones ni emulaciones extranjeras, que por norma resultan ser tan grandilocuentes como falsas.
Una de las cosas que más agradezco a Lucho Herrera fue que demostró a una generación que creció entre narcotráfico, sicarios, magnicidios, bombazos, masacres, Animalandia, toma de Palacio, avalanchas de lodo, don Chinche, reinados de belleza infiltrados por evidentes dineros mafiosos, Escobares, Gachas, Ledheres, Campo Elías Delgado, Pacheco, Uzis, corrupción, desplazamientos forzados y que se resignaba a ver el mundial de fútbol por televisión –el de 1962 era tan lejano que parecía prehistórico-, que habían colombianos buenos, trabajadores e incansables ante la adversidad, que sólo querían un mejor futuro para su familia sin la necesidad de tomar el camino de la delincuencia. Lucho Herrera nos demostró que el más humilde puede ser el más grande, sin arrogancia ni vanidad.
Admiro a Lucho porque nunca ha estado en medio de un escándalo, no mendiga el tratamiento de estrella decadente, capaz de traspasar sin pudor los límites del amor propio para ganar unos cuantos aplausos y billetes, quien hace de la tragedia su nuevo estilo de vida, sustentado en una postración pedigüeña. Tampoco reclama un mejor trato de la sociedad, cuando en las épocas de esplendor, el desenfreno pontificaba que no existían los límites y cualquier desaforo era consentido por el círculo de hienas que buscan arroparse a la luz del ídolo de multitudes. La arrogancia, propia de los vencedores, no ha encontrado en Luis Alberto Herrera un espacio para proclamar la victoria.



Descenso a Saint Éttiene, con la cara
ensagrentada tras una caída



Tal fue el encanto que causó en mí aquel ciclista de piernas delgadas y potente pedaleo, que llegué a fingir enfermedades o dolencias para poder ver las etapas en directo.  La llegada a los Altos de Covadonga fue tan valiosa como la simulación de mis síntomas, tan convincente que logró pasar la prueba más fuerte de todas: el escepticismo de mi mamá, avezada en detectar mentiras y falsedades (un final perfecto podría ser la aquiescencia de una mujer cómplice con su hijo, quien aún sueña con ser ciclista, coronar el Alpe de Huez y correr con su bicicleta los Campos Elíseos).



Herrera no es un ídolo decadente –tipo Pambelé o Maradona-, sino es un ser humano que no se hizo adicto a la fama, que sabe cuándo es el final de una etapa. Supongo que el retiro fue un descanso sin melancolías ni el azote de glorias pasadas, supo que tenía que afrontar un nuevo destino como hombre de familia, comenzar a pensar en el futuro cuando las piernas sentían el paso de los años, las carreteras y las caídas.



Su cara ensangrentada tras una caída durante una etapa que llegaría a Saint Ettiene es una de las imágenes que más han marcado mi infancia: allí estaba mi héroe dando una muestra de coraje, valor y entrega. Enfundado en una camiseta que siempre será suya, las pepas rojas me recuerdan que hay personas humildes que tienen más sabiduría que el más estudioso, que aquel que renuncia a su esencia está condenado a imitar un estilo de vida con el que no se siente cómodo y que no es necesario el bullicio cuando se logra la victoria.
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