Archivo | febrero 2011

Movilidad, un problema de todos

Ha pasado una jornada más del llamado Día sin carro en Bogotá, que eufemísticamente ha mutado a día del aire. Es la oportunidad para que expertos analistas formulen sus propuestas –unas audaces, otras con halo oportunista en año electoral-, faranduleros y políticos posan ante las cámaras ataviados de casco sobre la bicicleta y ocasionales ciclistas aprovechan para hacer un poco de ejercicio; mientras que los periodistas llenan noticieros y hojas con lugares tan comunes que no vale la pena mencionarlos.

Desde la primera vez que se hizo esta jornada, durante la administración Peñalosa –luego institucionalizada por votación popular-, se hacen varias reflexiones que llegan a la misma conclusión: el problema de la movilidad en Bogotá necesita una solución. Aparecen todo tipo de propuestas que parecen legitimarse más en el concepto ecológico que en el práctico, pero no ha bastado Transmilenio, motos ni la sobreoferta de taxis para que las personas desistan del uso del carro particular, objetivo fundamental que inspira las jornadas del primer jueves de febrero.

El problema de los trancones es que afectan directamente la calidad de vida de las personas, más si los centros de estudio o trabajo están lejos de la casa. Una mujer cabeza de familia que vive en Usme y trabaja en Usaquén puede estar tres horas diarias en un bus, tiempo que podría dedicar a estar con sus hijos, revisar tareas y velar para que no anden mucho tiempo en las calles. Tal vez si los buses que transitan por Usme emplearan un combustible de mejor calidad, sus hijos no serían reconocidos por los pediatras del hospital de Meissen cuando se asoman por las constantes infecciones respiratorias que también atacan a los ancianos de la localidad, ni vería con preocupación la nube café que levita sobre la ciudad en las mañanas.

El transporte público es manejado por sectores privados que se benefician de la llamada Guerra del centavo, en la que un conductor afronta jornadas de más de 14 horas para lograr no solamente su beneficio, sino la rentabilidad para el dueño del bus. Tan grande es su poder que siempre financian campañas electorales con la condición de no ser molestados en su negocio, bajo la amenaza de paralizar la ciudad. Sin duda es un comportamiento mafioso.

Los buses en Bogotá prestan un servicio costoso, ineficaz e inseguro. Comparativamente con otras ciudades del continente, los bogotanos tenemos que pagar un precio alto por unos buses atiborrados, manejados por despreocupados que hablan por teléfono y reciben dinero mientras los pasajeros ruegan para que no ocurra un accidente y puedan llegar ilesos a su destino –aunque la autoestima y el civismo resultan severamente afectados-. Los atracos en los buses crecen del mismo modo que lo hacen las ventas de automóviles y motos, debido a que muchos prefieren estar en el trancón con un poco más de seguridad, comodidad o rapidez. (En un próximo artículo comentaré la experiencia de medir 1.90 mts. y enfrentar el hecho de montarse en un colectivo).

Lo que apareció como la solución milagrosa al problema del tráfico, con el tiempo se convirtió en un dolor de cabeza para los usuarios. Transmilenio incursionó como un monopolio que cobraría una tarifa más costosa, pero muchos se “tragaron el sapo” con la convicción de que terminarían los afanes diarios de abordar un destartalado bus. Las constantes protestas de usuarios insatisfechos, buses atiborrados de personas, estaciones caóticas y un servicio precario que hace mucho tiempo desbordó su capacidad, son muestras de las deficiencias del sistema.

Los taxis son más un obstáculo que parte de la solución, quienes se han tomado las calles y establecen unas conductas peligrosas para conductores, pasajeros, peatones, motociclistas, ciclistas y demás usuarios del espacio público de la ciudad. Faltarían hojas para describir las violaciones al código de tránsito. Las que incluyen falta de sentido común ocuparían otro capítulo. No es un secreto su agresividad y codicia, pero hace falta tener la certeza de la cantidad de carros amarillos que ruedan en Bogotá para que los muchachos de Uldarico Peña se unan en la movilidad.

Los pasajeros son parte integral del problema, pues no hay respeto por los paraderos ni por las normas de uso del transporte público, pues he sido testigo de muchas personas que se resisten a caminar diez metros con la excusa de que ellos pagaron por bajarse donde quieran. Las campañas de pedagogía vial solo hacen parte del recuerdo que aquellos políticos que vuelven a sacarlos cuando están frente a una campaña política.

Sin dudas, Bogotá recuperar el ritmo que traía desde la década de los noventa. El nieto de Gurropín ha sido capaz de devolver la ciudad a los tiempos caóticos, donde el desorden y la corrupción han sido el malévolo sello de calidad. Difícilmente la Procuraduría encontrará pruebas suficientes para sancionar o destituir a Samuel Moreno Rojas, mas lo ciudadanos sufren a diario el costo de su desidia, ineficiencia y abulia administrativa para controlar efectivamente a los contratistas encargados de las obras en la ciudad. No es posible que existan tantas obras en la ciudad simultáneamente, sin siquiera un estudio de impacto en el tráfico.

Las elecciones de octubre parecen lejanas, pero no se escuchan propuestas sensatas y concretas para enfrentar el problema de la movilidad, uno más en la maraña que deja el actual Gobierno distrital. Los partidos, antes que proponer y formular ideas, están ocupados en tejer alianzas burocráticas, hacer declaraciones grandilocuentes, añorar la presencia de los viudos del poder en el Palacio Liévano o pensar que una ciudad del tamaño de Bogotá no necesita Metro.