Más allá de las rosas

La historia de las sociedades modernas tiene un innegable dominio patriarcal, que hace del hombre el protagonista de la historia, mientras que las mujeres parecen relegadas a datos anecdóticos, más cercanos al chisme. En la Biblia, Eva es la encargada de tentar a Adán -aún convaleciente por la costilla ausente-, Dalila corta la cabellera de Sansón para debilitarlo, y aún no es claro el papel de María Magdalena en los Evangelios.
La tradición ha modelado una mujer sumisa, abnegada y complaciente, quien debe estar siempre a disposición de los caprichos del hombre. A pesar de los notables avances sociales, laborales y educativos alcanzados por ellas, estas metas solamente se dieron desde los inicios del siglo XX. Resulta paradójica la anécdota francesa de 1789, cuando la sociedad de la Revolución proclamaba los principios de libertad, igualdad y fraternidad –las guillotinas tenían gran poder de convicción-, solo hasta mediados del siglo XX, Charles de Gaulle instauró el voto femenino.
El desarrollo de las sociedades industriales, junto con las ideas liberales, abrieron un espacio para que las mujeres fueran protagonistas en escenarios reservados para los hombres. Las sociedades rurales predominaron durante gran parte de la historia, hecho que estableció claramente los roles en las tareas del hogar: mientras el hombre trabajaba la tierra, la mujer velaría por el bienestar de la familia. La Revolución Industrial cambió la perspectiva, porque ahora el trabajo estaba en las fábricas de las ciudades, las migraciones hicieron crecer los centros urbanos, donde solicitaban mano de obra. El frenético crecimiento llevó a que muchos empresarios emplearan mujeres, quienes al tener un salario acumularon riqueza, mas se estrellaron con las restricciones para adquirir una propiedad, que les impedía ser dueñas.
La educación tradicional era otro obstáculo para su desarrollo intelectual, debido a que estaba diseñada para servir a un futuro esposo, a quien debían todo tipo de atenciones y, en ocasiones, el silencio cómplice que debía detentar “la señora”. Con la apertura social llegó el voto, la educación mixta, en las oficinas se sentía el incansable taconeo durante ocho horas y los salones de clase eran un espacio abierto para el debate, la argumentación, el cruce de miradas y el coqueteo.
Luego llegó el feminismo con la firme intención de derrocar el patriarcado. La píldora garantizaba el placer sin atarse a un hombre y las mujeres reclamaron su cuerpo como un territorio propio. Sin embargo, el fatal paradigma de la “machita”, quien juzga severamente cualquier asomo de ternura, cariño o solidaridad con su pareja, resultó en una polarización sexista que se torna aburrida.
Son comunes los chistes sexistas, hasta el punto que algunas han llegado a montar toda una industria del humor, basado en incansables y vacuas comparaciones. Provocadoras, estas mujeres no pasan la frontera de la anécdota para proponer ni construir, lo que dificulta la creación de acuerdos claros entre igualdad y respeto, fundamentos de una sociedad progresista.
El hombre actual enfrenta una mujer independiente, con deseos de estudiar, viajar y amar, quien no sucumbe con facilidad a coqueteos impulsados por el licor, ni regala la sonrisa fácil. El reto está en crear espacios de respeto e igualdad, donde nadie se sienta intimidado ni cohibido.
La sociedad actual necesita de una mujer inteligente, capaz, valiente y solidaria, que sabe reclamar su lugar en el mundo masculino sin renunciar a su naturaleza femenina; pues son un complemento importantísimo en cada una de las actividades diarias. De nada valen las flores si no existe conciencia y fortaleza para seguir adelante. Más allá de las rosas, la mujer exige algo más que cariño, necesitan de equidad y respeto por parte de la sociedad. Nunca será tarde para dar el primer paso y convivir adecuadamente.
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