Archivo | julio 2011

¿Se estancó Rock al parque?

Corría el año 1997 y un nuevo mundo se abría ante mí: terminaba el periplo como primíparo sin mucho ruido, la entrada al universo joven me abrió caminos a nuevos sonidos –apartados de la bulliciosa Súper Estación 88.9 y el sonsonete repetitivo de Carlos Vives, junto con sus pésimos imitadores- y gozaba de los primeros pesos en trabajos de medios tiempo. Uno de ellos me llevó a vivir un Rock al Parque desde sus entrañas, ataviado con la camiseta de Fuerza de Paz.
Fueron cuatro días de Rock (este año no fue la primera vez el Festival arrancó un viernes en la Media Torta) donde conocí las caras de una muchedumbre que pedía sonidos fuertes y letras contestatarias en un ambiente de respeto y tolerancia, la misma que año tras año se humilla ante requisas incómodas e intimidantes, aguanta sed y hambre por los precios de los vendedores autorizados, salta, brinca y oye canciones que tal vez ni han oído ni volverán a escuchar. Empapados por ese espíritu de guerrero urbano, muchos exigen el sacrificio de quien se atreve a criticar los errores del Festival. Andrés Durán levantó su voz para criticar a César Pagano, quien osó hacer sus observaciones a un festival que apenas estaba en gestación.
Han corrido 17 ediciones del “festival más grande de Latinoamérica”, etiqueta que vengo escuchando desde hace más de una década; pero algo va de ser el más concurrido al más grande. La grandeza tiene que ver más con la calidad que con la cantidad, que el profesionalismo prevalezca sobre la improvisación  y que tras 17 ediciones, Rock al Parque haga valer su experiencia. El más reciente Festival aún no madura, se parece el adulto que teme asumir las riendas de su destino por el miedo a alejarse de las despreocupaciones de la juventud y enfrentar las responsabilidades de la vida diaria (servicios, tarjetas de crédito, facturas, deudas, etc.)
Periódicamente Rock al Parque cambia de dirección y concepto artístico, lo que explicaría la ausencia de continuidad en ciertas ediciones, que terminan por crear una temática a partir de las bandas invitadas. La moraleja es clara: primero el billete y luego veremos cómo hacemos el festival. Recuerdo con tristeza aquella edición que fue vendida como el gran homenaje al rock nacional, pero no fue más que la excusa para hacer un Festival barato e improvisado, donde las grandes bandas bogotanas abrían a la una de la tarde.
Es oportuno preguntar si los promotores del Festival también fungen como empresarios de las bandas internacionales, pues no hallo otra explicación para los desaciertos que ya hacen un oprobioso collar de desatinos.
Contraria a la tolerancia y el respeto, lo único que he visto crecer en Rock al Parque es la zona VIP, destinada para atender la prensa internacional y los personajillos de la farándula que embellecen un festival y matizan la rudeza con la que tradicionalmente el rock ha sido rotulado. Un espacio de 40 metros desde la tarima hasta el público daría para pensar que el Festival es cubierto por la BBC o la NHK de Japón, mas no veo la menor reseña en las ediciones digitales de los periódicos del vecindario. Otros defenderán que los músicos necesitan ver las presentaciones de los demás artistas –en especial los internacionales- para enriquecer su puesta en escena, pero los errores persisten.
¿Será posible tener un sonido que suene bien? Los oídos de quienes asistimos se exponen a una constante “totacera” de acorde que uno trata de diferenciar a partir de la experiencia de los festivales anteriores. Las luces y las pantallas en el escenario son algo más que elementos decorativos de corte tecnológico que nos hacen sentir en el primer mundo, son recursos que complementan la presentación para un público que siempre ha sido multimedia. Lamentablemente son pocas las agrupaciones que hacen un buen uso de estos elementos, lo que pone en duda los criterios de selección para cada Festival.
Ya es hora de buscar un gran artista que en verdad haga sentir grande el Festival, pues cada año hay que padecer las sorpresas reservadas para el último día. Sin desconocer la trayectoria  que tiene Andrés Calamaro o Choquibtown, el “festival más grande de Latinoamérica” merece un artista de recorrido y reconocimiento mundial. Internet significó un gran cambio para la industria discográfica, por lo que los artistas tuvieron que ampliar las fechas y lugares de sus presentaciones, pues la digitalización, junto con los aparatos de reproducción portátiles, democratizó el acceso de los jóvenes a la música, de allí el éxito de myspace y demás medios digitales. No se trata de exigir a U2 o Metallica, ni conformarse con la llegada de bandas decadentes (el caso de los Toreros muertos, cuyo último trabajo fue grabado en 1992, francamente es patético) e incompletas. The National, Editors, Interpol, Artic Monkeys, Gogol Bordello, Lamb of god o MGMT, son algunos nombres que llegan a mi cabeza tras un poco de sensatez. Si bien MTV dejó de ser un punto de referencia musical, existen cientos de grupos en el mundo que tienen propuestas interesantes y profesionales, que servirían para que el rock criollo despegue de una buena vez, aunque hay que reconocer que los grupos internacionales tienen otras prioridades en verano.
Ya basta de grupos criollos que suben a improvisar y explicar cada canción, pues las líricas no lo logran, para quienes el proyecto desaparece una vez bajan del escenario, pues uno se queda con ganas de verlos en otros escenarios, al tiempo que gestionan y conocen los detalles del desarrollo de la industria cultural e intelectual. ¿Rock al parque ha desarrollado un movimiento musical fuerte en Bogotá? Anochece un sábado cualquiera, el llamado rockero se escuda en buscar una cerveza para escuchar una propuesta seria, profesional y consolidada, pero la oferta es pobre y uno termina en el mismo bar, encontrándose con personas que tienen ese mismo sinsabor que se resume en la pregunta: …y después de Rock al parque, ¿qué?
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