Archivo | agosto 2011

Adolescentes obsoletos

Crecí con la palabra nerd alojada en mi listado de miedos, pues la sociedad valora más el talento que la dedicación y la constancia. Me rebelo y confieso que me gustan las bibliotecas, esa paz casi religiosa que se siente en cada una de las estanterías es un ecosistema favorable para las ideas, la autocrítica y la reflexión; siempre recibí el comentario compasivo y sardónico de quienes se enteran que soy socio de la Biblioteca Luis Ángel Arango, mientras presumen por  conocer los bares de moda y salir en efímeras publicaciones juveniles.
Ahora, despojado de temores, admito que sé moverme entre los catálogos y las estanterías, disfruto del olor de las hojas de un ejemplar nuevo y hasta aprendí a manejar las máquinas fotocopiadoras; aunque también he dado el paso tecnológico con el kindle, que me parece más discreto que la tabletas –demasiado ruido por un juguete que tiene de todo pero que no sirve para nada-, pues desconfío de la alharaca mediática que crea la manzanita tecnológica, que monta una película para lanzar una aplicación nueva que no dista mucho de su antecesora.
Casi que desafiante, admito que no he visto las películas del Hombre araña, ni siquiera cuando las pasan por televisión, sospecho de las oleadas cinematográficas que hechizan niños que saltan a la adolescencia y perduran en ese estado hasta que aparecen las primeras canas -si no es que el pelo ha comenzado a desalojar la cabeza-; tampoco me entusiasman las películas basadas en tiras cómicas, no me dejo tentar fácilmente por las bandas sonoras ni los efectos especiales.
Sospecho que esta generación se estacó en el eterno adolescente, quien una vez graduado de la universidad, trabaja y tiene un buen nivel de vida pero se resiste a admitir el paso del tiempo, que trae una dosis de la experiencia que calma el soberbio ímpetu de conocer el mundo sin salir de su casa. Es incompresible que una persona se ufane al volver de Barcelona sin saber quien fue Gaudí o Cruyff, tan patéticos como aquellos que tras pasar unas pocas semanas en Buenos Aires llegan con el vos en los labios y hasta saludan a los hombres con un beso en la mejilla. Me resisto a ser juzgado por el portero del bar de moda, a pagar por un trago como si fuera un jeque árabe y aguantar una orinada porque hay una pareja esnifando cocaína en el baño.
Como buen adolescente, este tipo de personas no toleran que se les cuestione ni critique, opinan con un falso tono de sabiduría y el egoísmo les impide encontrar algo más allá de su propio placer. Tampoco admiten sus culpas, pues la única manera en que bajan su mirada es cuando revisan sus BlackBerry, mientras su pareja hace lo mismo cuando están cenando. Siempre se están quejando de la soledad y de lo fatuo de las demás personas, porque no son el centro de atención de sus iguales.
Las grandes compañías de entretenimiento se han dado cuenta de esta tendencia generacional: no es coincidencia que tras el estreno de una película llegue la arremetida comercial para niños y adultos. Lucas Films, productora de las películas de La guerra de las galaxias, se asoció con la marca deportiva Adidas para sacar una nueva colección inspirada en la película; los precios astronómicos de las prendas solamente las podían pagar los fanáticos de la serie con un buen nivel salarial, mientras que otros todavía aguardamos que saquen las imitaciones a un precio modesto en el madrugón de San Victorino.
Tampoco es extraño ver mujeres que se acercan a los 40 años ataviadas como una vitrina ambulante de Hello Kitty, quienes aún buscan los años que parecen perdidos en la cédula, aún actúan con la arrogancia de las adolescentes bendecidas por la naturaleza con belleza, mientras sus hijas coquetean con los hijos de sus novios.
Estos adolescentes rancios, preservados por el marketing, los avances de la medicina estética y el milagroso viagra, se desviven por la tecnología ante el temor de sentirse desactualizados –primer paso hacia la obsolescencia-. El miedo con el que asumen el paso de  los años es evidente en aquellos que ven en las jovencitas ebrias las potenciales víctimas para recobrar la energía perdida.
Al final ganan las corporaciones que venden la ilusión de seguir siendo niños, sea por medio de video juegos, juguetes, películas de superhéroes, pornografía con adolescentes, reguetón o camisetas de Messi.
He optado por no teñir las canas ni buscar tratamientos para evitar la caída del cabello, dejé de buscar mi ropa en las tiendas de moda, ni volví a hacer fila para entrar a un bar. Reconozco –sin desafíos ni arrogancia- que soy anodino y muy pacato, pues saber y aceptar quién soy es la prueba de que he crecido, tal vez luego llegue la terquedad, alguna noche no tenga la erección adecuada y una mañana me levante con la preocupación de someterme al examen de la próstata. Desde hace mucho tiempo no me soporto los comentarios sobrados de muchos amigos que retan al mundo con sus axiomas de libertad, tratando de imitar a sus ídolos roqueros mientras tratan de llegar a final de mes sin terminar ahogados por las deudas y las preocupaciones.
Abandoné la búsqueda de la perfección en mi pareja porque la imperfección y la contradicción son inherentes al ser humano, no creo en los idilios eternos ni en la melosería dicotómica (como la que aplica el agresor que dice amar a su mujer mientras la golpea); del mismo modo, soy testigo de la manera en que las mujeres que pasan los 30 años reducen notablemente el rigor con el que buscan un hombre: no exigen que sea un buen bailador ni un émulo avejentado de Ricky Martin, solo quieren alguien con quien charlar, salir sin evitar los comentarios que advierten que pronto dejará de ser atractiva, están dispuestas a consentir y a dar el primer paso, conceder una noche de sexo desenfrenado como terapia para sacar la tensión sin remordimientos y amar a quien las respete y quiera francamente. No juzgan, pues saben que el pasado el pertenece a cada uno, y hasta llegan a ser buenas cómplices y confidentes cuando se pasa por una encrucijada o un enredo amoroso; también sirven como guías y consejeras  cuando llega la hora de enfrentar la vida sin nostalgias ni pataletas.
El miedo a afrontar las responsabilidades fue el nicho que encontró Steve Jobs –gurú geek– para generar más ganancias y hacer de Apple una de las compañías más exitosas de la actualidad. Nada más mírenlo, con su barba y su camiseta negra es el ícono de aquellos que denuestan de la corbata y los zapatos; es un juguetero tecnológico que creó una religión a partir de generar necesidades. La revisar la funcionalidad del i-pad uno termina decepcionado, pero el sinsabor se agudiza cuando tienes que pagar por cada una de las aplicaciones y contenidos para hacer de este artilugio una herramienta tan útil como eficaz. Sin embargo, las demás compañías tecnológicas no se quieren quedar fuera de la fiesta y desarrollaron sus propias versiones. El Patriarca cool (término de Naomi Klein) renunció a la dirección de Apple para enfrentar el cáncer que padece. Los adolescentes también se mueren.

“No te metas en mi vida”

La presión social es una compilación de maneras que la humanidad ha creado para que muchos se entrometan en vidas ajenas. Amparadas en buenas intensiones, opinan acerca de la situación de alguien con frases sutiles que no dejan de ser inoportunas y molestas. Los escenarios más propicios para estas invasiones al desarrollo autónomo que cada quien hace de su vida están en eventos sociales que desparraman felicidad y alegría, como matrimonios, shower (aquél festival que surte al recién casado, al recién nacido y muy pronto recién divorciado), bautizos, confirmaciones, quiceañeros, grados, despedidas, bienvenidas y demás celebraciones.

En Colombia todos los eventos sociales están ligados al licor, que cumple con su primera función de desinhibidor y diurético, luego vendrá la fase depresiva y al día siguiente la resaca que se alivia con más cerveza. Una vez se ha roto el hielo y han pasado las preguntas de cortesía, que indagan por el estado de salud de la familia y la situación laboral, inevitablemente llega el interrogatorio de rigor:
       Y usted, ¿por qué no se ha casado?
       No es el momento.
       ¿Le tiene miedo a las mujeres?
       Simplemente es que soy una persona muy compleja que ha creado un mundo para sí mismo en el que difícilmente entra alguien.
       Mijo, hay que ceder un poco, nadie es perfecto.
       Por esa misma razón, llevo mucho tiempo construyendo mi vida sin la necesidad de tener alguien al lado. No es fácil que alguien llegue a criticar todo lo que hago sin saber las razones por las que las hago.
       Y cuando tiene muchas ganas de carne (mientras hace el gesto colombiano que indica sexo: palma hacia abajo con movimiento adelante y atrás), ¿cómo le hace?
       Hago el amor con la persona que más amo en este mundo. Me masturbo: sexo rápido, sin compromiso ni riesgos de enfermedad, sea gonorrea, sífilis, sida, encoñamiento o la peor de todas, amor.
Tras esta respuesta, que es una manera cordial de decir “no te metas en mi vida”, el interlocutor se aleja o me cambia el tema de inmediato, que suele ser el fútbol. Sí, soy un odioso total cuando me lo propongo, pero no tolero estas preguntas en ambientes sociales, que sirven como burladero para la impertinencia.
Tal vez muchas personas piensen que soy un amargado que odia la humanidad, un misógino que tiene un trauma terrible con las mujeres o un homosexual que teme salir del clóset. No confirmo ni tampoco niego estas versiones, pues las justificaciones suelen ser tomadas como un intento fallido por quedar bien con las personas.
Cuando tienes más de  30 años –en mi caso son 34- y un trabajo estable, el libreto de la sociedad dicta que el siguiente capítulo llegará el matrimonio, no sin antes avergonzarte de tus tatuajes, olvidar aretes y ropa de anarquista esnob, renegar del rock y adoptar un credo para el resto de la vida. Una patética rendición con aires de redención.
Me resisto a seguir el guión que la sociedad impone a todos desde pequeños. Todas las series de televisión alaban aquel personaje que abjura de su vida y se rinde a los preceptos sociales: afeitada diaria, corte de cabello mensual, novia bonita, camisa entre el pantalón, teléfono de moda, carro, consejero espiritual, otro carro para evadir el pico y placa, apartamento y un labrador que corre a recibirme tras una jornada de trabajo. Estamos entrenados desde los Picapiedra hasta llegar a Homero Simpson. No es coincidencia que el final de las películas de Hollywood y las novelas latinas terminen en una última escena colmada de felicidad, sea un matrimonio o un simple beso, el mensaje es unánime: el amor siempre ganará –púdrete Julia Roberts-.
Mi felicidad no está en las demás personas, sé que está en mí y ser feliz solamente depende de mí. Esa es la idea fundamental por la que soy feliz a pesar de ser soltero. Muchos critican la idea de vivir aún con mis papás, pero claro, miopes y primarios como lo son los colombianos, son incapaces de comprender que no ha sido fácil tener una estabilidad laboral, lo que dificulta acceder a un crédito hipotecario – un sueño muy costoso para mis ingresos ocasionales- y elaborar un presupuesto de gastos mayor a un año. Además, no tengo una relación tensa con ellos, son unas magníficas personas que son felices con la sencillez, sin ambiciones excesivas ni enferma opulencia. Ha sido maravilloso comprender el mundo el que vive mi mamá, sorprenderme con su sentido del ahorro sin caer en una vida menesterosa, asumir sus responsabilidades de ama de casa con dignidad y abnegación, llevar un ritmo de vids tranquilo mas no despreocupado, y saber que el cariño es algo muy distinto a la melosería. Sintonizar con mi papá, aunque arduo, ha sido una bonita experiencia, pues ya pensionado y cercano a cumplir 70 años, asume esta nueva etapa de su vida sin quejas, frases lastimeras ni ataques de nostalgia. Al parecer, tampoco son problemas de convivencia, pues he aprendido mucho de respeto con quienes convivo. Con orgullo soy un “hijo de papi”.
Me identifico plenamente con  los indignados de Europa, jóvenes adultos que han estudiado pero que no tienen un trabajo, quienes sienten el peso de las críticas que los señalan como parásitos, acomodados e inmaduros, mientras que viven con la desesperación de ver cómo sus sueños se desvanecen con el paso de los días. Sin trabajo es difícil concertar
La desesperación me llevó a buscar métodos para alejarme de la desesperanza: comencé a correr en las mañanas, devoro libros con un apetito insaciable, busco información en internet sobre demás rincones del mundo, exploro nuevos sonidos cada día, veo películas que nunca aparecieron en la cartelera comercial, ocasionalmente escribo para desfogar el desespero en este blog, nado dos veces por semana, recorro muchas partes de la ciudad en bicicleta, mis habilidades culinarias han mejorado deliciosamente, las clases de yoga tienen un efecto precioso en mi espíritu, aprendí cómo dejar una ventana impecable, no necesito ayuda para reemplazar una toma eléctrica ni un interruptor, desarrollé habilidades de bricolaje y demás reparaciones locativas, descubrí que mis mejores reflexiones la hago cuando aseo mi cuarto y que la mejor manera de disfrutar la ciclovía es antes de las nueve de la mañana.
La soledad no ha sido desesperante, pues he aprendido a conocerme mejor, reconocer mis errores sin fatalismos y mis aciertos sin triunfalismos. En fin, he construido mi vida con tranquilidad día tras día, aunque ha sido difícil dominar el desespero, pues por más actividades que haga, al final del día el fantasma llega hasta mi almohada, pero hemos aprendido a convivir. Espero que las personas dejaran de fijarse tanto en la vida de los demás, para dedicarse a crear la suya: cultivar el jardín interior.